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Los forenses no son detectives

Todo el mundo sabe que a los ahorcados se les queda la lengua fuera. Pero sólo los forenses saben que también presentan una pigmentación de puntitos rojos en la cara. Estos profesionales conocen además que un cadáver vestido y de complexión normal se enfría a razón de un grado por hora. De estos y otros detalles trata la exposición Del lugar del crimen al laboratorio, abierta la semana pasada en el Museo de Historia de la Medicina del Hospital de la Charité, en Berlín.

Ya la exposición permanente, con las conservas en formol del patólogo prusiano Rudolf Virchow (1821-1902), no es apta para sensibles. Pulmones consumidos por el cáncer y fetos malformados pueblan las vitrinas. Pero para la nueva muestra temporal, abierta hasta el 13 de septiembre, el museo ha tomado precauciones. Sólo pueden entrar los mayores de 16 años, y los vigilantes han hecho un cursillo de primeros auxilios por si a algún visitante le da un vahído.

Sin embargo, la muestra no es un alarde de morbo gratuito, sino una defensa de la dignidad de una profesión que tiene poco que ver con la imagen de fascinación que transmiten de ella muchas películas y series de televisión. Así lo entiende el nuevo director del Instituto de Medicina Forense. Michael Tsokos, de 42 años, practicó autopsias en Bosnia para el Tribunal de La Haya, trabajó para las autoridades alemanas en Kosovo y en Tailandia tras el tsunami de 2004. «En condiciones normales, la colaboración internacional entre forenses es muy buena y, en caso de catástrofes, aún mejor», explica.

Sin alta tecnología

Para este forense, el oficio es metódico y preciso, sin conexión con las historias de detectives. Los forenses no tocan el timbre de las casas de las víctimas para pergeñar luego teorías sobre las causas de una muerte. Tampoco disponen de sofisticados programas informáticos capaces de hacer un análisis de ADN en minutos.

Tsokos acaba de publicar el libro Dem tod auf der spur (Tras la huella de la muerte, en alemán), en el que narra 12 casos espectaculares de la medicina forense de los que se ha ocupado a lo largo de su carrera. Aunque trata misteriosos suicidios, cabezas sin cuerpo y cadáveres en el agua, el libro tiene ánimo documental y, como la exposición de la Charité, alumbra los entresijos de una profesión muy diferente de la que muestran el cine y las series de televisión.

La realidad de los forenses alemanes es más rústica. Siempre son dos los que examinan un cadáver. Dictan sus observaciones a una grabadora y las pasan luego a limpio. En el laboratorio, aparte de realizar análisis de ADN, la realidad no tiene nada que ver con la alta tecnología. Al cadáver le abren la cabeza, el tórax y el abdomen, tomando muestras de sangre, pelo y tejido cerebral.

La exposición desmitifica una profesión que es poco aventurera. En la primera sala se acumulan armas de crímenes confiscadas por la Policía: cuchillos de todo tamaño, adorno y curvatura, un pesado cenicero ensangrentado, bates de béisbol o herramientas de jardinería. La segunda sala documenta nueve tipos de muerte violenta: ahorcados, quemados, envenenados, atragantados. En la sección de ahogados, la foto de un cadáver sacado de un río viene acompañada de un pequeño insectario con los animalitos que lo fueron royendo bajo el agua. En total, son 400 metros de exposición con el morbo mínimo para contar todo esto.

Fuente: Público.es

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