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Puerto Berrío: la ciudad colombiana donde se adoptan los muertos

Noticias criminología. Puerto Berrío: la ciudad colombiana donde se adoptan los muertos. Marisol Collazos Soto

La diminuta localidad se llama Puerto Berrío (Colombia), un municipio de escasas calles, gente sencilla y constantes ofrecimientos amables a la orilla del río Magdalena. Resulta que a veces, por pura casualidad, uno se encuentra con las historias más curiosas e inverosímiles de un viaje. Posiblemente la única ciudad del mundo donde los muertos tienen padres adoptivos.

Colombia es un país agradable de visitar. Eso no quita para que el forastero perciba a simple vista los cuatro elementos inalienables que esta nación posee acuñados en su ADN: naturaleza, folclore, profunda fe cristiana y un doloroso conflicto armado que ya supera los 50 años de realidad. Digamos que Puerto Berrío es el paradigma de esa carga genética.

Muchos de los cadáveres que son arrojados por sus verdugos (violencia de paramilitares, guerrilla, sicarios y cuerpos armados) a lo largo del transcurso de este río, quedan atascados en los remolinos que las aguas generan frente a la ribera de Puerto Berrío. Fallecidos a menudo inidentificados. N.N. (Ningún Nombre), les dicen aquí. Tan comunes, que acabaron por convertirse en parte del folclore cultural, místico y tradicional de estos porteños de religiosidad profunda.

La situación, habitual en la ciudad desde los años 60, es sin duda macabra. La consecuencia que ha generado, sin embargo, parece destilada de una novela de realismo mágico. Una secuela casi romántica que sorprende al visitante y que es propia tan solo en esta villa ribereña de Antioquia.

Resulta que estos anónimos cuerpos errantes del Magdalena, una vez levantados de las aguas, se reconvierten en cotizados santos que los oriundos de Puerto Berrío se disputan por adoptar. “Almas de purgatorio” sin atención ni reclamo. Supuestos intercesores celestiales que estos lugareños acogen, velan, rebautizan y apelan en pro de su propia fortuna.

Francisco Luis Mesa, un hombre de piel morena, pelo cano y devoción inquebrantable lo sabe todo sobre esta costumbre. Él es el propietario de la funeraria San Judas de Puerto Berrío. A sus 62 años lleva 25 de ellos dedicado a recoger del río, encofrar y dar sepultura a estos difuntos flotantes que se encallan en esta parte del cauce.

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