Durante décadas, la universidad fue el ascensor social por excelencia. Para muchas familias, especialmente las menos acomodadas, acceder a la educación superior equivalía a romper el techo de cristal: aseguraba mayores ingresos, movilidad y mejores oportunidades. En la narrativa del sueño americano ?y de muchas otras sociedades?, el título universitario era garantía de éxito. Sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX, esa promesa se ha ido desvaneciendo, sobre todo para quienes más la necesitan.
Diversos estudios han demostrado un fenómeno inquietante: desde 1960, la ventaja económica de estudiar en la universidad se ha reducido a la mitad para los estudiantes pobres en Estados Unidos. Esta tendencia lleva un nombre: regresividad universitaria. Y sus implicaciones son profundas, porque la universidad ya no cumple igual su antigua función de reducir la desigualdad; más bien, está empezando a reforzarla.
¿Por qué ocurre esto?
La regresividad universitaria es resultado de varios factores interrelacionados:
- Menos recursos, menores beneficios: Las universidades públicas centradas en la enseñanza, a las que mayoritariamente asisten los estudiantes de familias de bajos ingresos, han visto recortes de financiación que se traducen en peores tasas de éxito y menores recompensas económicas tras graduarse.
- El auge de instituciones de baja calidad: Desde los años 80 y 90, muchos estudiantes desfavorecidos acaban en community colleges o universidades con fines de lucro, instituciones que entregan títulos con menos peso en el mercado laboral.
- Cambios en las elecciones de las élites: Las familias acomodadas ahora apuestan por carreras más rentables ?principalmente en campos tecnológicos? y se benefician del mayor valor económico de esos títulos, reforzando así su ventaja intergeneracional.
Curiosamente, otros factores como la decisión de quién va o no a la universidad o el tipo de carrera elegida tienen hoy mucho menos peso que la calidad de la institución y el contexto socioeconómico de origen.
Paradojas globales en la educación
La regresividad universitaria se produce en paralelo a otras paradojas educativas. En países en desarrollo y sociedades menos igualitarias, muchas mujeres eligen carreras técnicas, no por vocación, sino como una estrategia de supervivencia ante la falta de oportunidades: la ingeniería, la informática o la tecnología ofrecen las pocas chances reales de independencia económica. En contraste, en sociedades avanzadas, incluso los jóvenes de familias acomodadas eligen carreras STEM, no por necesidad, sino por maximizar el retorno de inversión educativa y asegurar su prestigio y relevancia en un mundo digitalizado.
El nuevo juego del estatus
Donde antes el prestigio se asociaba a las humanidades y el pensamiento crítico, hoy lo técnico es lo simbólico. La influencia y el poder ya no pasan tanto por la cultura clásica o la elocuencia, sino por la capacidad de escribir algoritmos, crear empresas disruptivas o innovar tecnológicamente.
Esto no solo modifica el terreno del mérito, sino el propio perfil de quienes triunfan y son admirados. Las sociedades han empezado a favorecer (y a reproducir) determinados perfiles cognitivos, aquellos más afines a los entornos sistematizados, abstractos y competitivos que dominan las nuevas élites. Así, la selección social se adapta a los requisitos del mercado.
¿Y mañana?
La paradoja final es que, si la inteligencia artificial comienza a sustituir a estos perfiles hoy premiados, el ciclo de prestigio volverá a girar. Quizá retornarán al centro competencias más emocionales, creativas o comunicativas. En educación y estatus, lo útil hoy puede ser irrelevante mañana: la única certeza es el cambio.
La educación superior, lejos de ser un terreno neutral, responde a lógicas estructurales, sociales y culturales que escapan al individuo. Hoy, más que nunca, es fundamental reconocer que no todos jugamos con las mismas cartas, ni siquiera cursando la misma carrera. La universidad ya no es el simple “igualador social”; en muchos casos, se ha convertido en reproductor de privilegios y desigualdades.
Reconocer y debatir esta regresividad es un primer paso para imaginar una educación superior más equitativa y transformadora.
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