Durante gran parte del siglo XX, una corriente influyente en la antropología cultural sostuvo que el amor romántico, entendido como un vínculo que combina pasión, intimidad y compromiso, era una invención reciente y específicamente occidental. Según esta perspectiva, su origen se situaba en la literatura cortesana medieval, el auge del individualismo y las transformaciones económicas propias del capitalismo moderno. Bajo este marco, las uniones afectivas en otras sociedades se interpretaban como meramente funcionales: alianzas políticas, convenios familiares o mecanismos para garantizar la reproducción social.
Sin embargo, esta lectura etnocéntrica ha ido perdiendo fuerza. En las últimas décadas, un creciente conjunto de investigaciones ha puesto de manifiesto que el amor romántico no es un capricho cultural de la Europa burguesa, sino una constante profundamente enraizada en la experiencia humana.
Un estudio reciente, basado en datos de 937 personas pertenecientes a nueve sociedades no occidentales, no industrializadas y no incluidas en el grupo WEIRD (Western, Educated, Industrialized, Rich, and Democratic), reveló niveles notablemente altos de pasión, intimidad y compromiso en contextos culturales muy distintos entre sí. Estos hallazgos indican que el amor no se limita a un patrón cultural particular, sino que se manifiesta de manera robusta incluso en entornos alejados de los valores y estructuras sociales occidentales.
Esta convergencia de evidencias apunta a que el amor romántico podría ser, más que una invención cultural, una adaptación evolutiva. Sus raíces neurobiológicas universales habrían favorecido la cooperación prolongada entre miembros de una pareja y la crianza coordinada de la descendencia, aumentando así las posibilidades de supervivencia y éxito reproductivo.
En definitiva, el amor no parece ser un producto de moda histórica ni una sofisticación literaria, sino una estrategia biológica que, bajo múltiples formas culturales, ha acompañado a la humanidad desde tiempos inmemoriales.
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