En octubre de 2020, Polonia vivió un terremoto social sin precedentes desde la caída del Muro de Berlín. El Tribunal Constitucional declaró ilegal el aborto en casos de malformación fetal grave, reduciendo casi a cero las posibilidades legales de interrumpir un embarazo. La sentencia encendió las calles: cientos de miles de personas protestaron durante semanas, agrupando desde movimientos feministas hasta colectivos ciudadanos que reclamaban laico?democracia frente a un Estado cada vez más influido por sectores ultraconservadores.
En medio de esa crispación, el antropólogo Harvey Whitehouse, catedrático de la Universidad de Oxford y director del Centro de Estudios para la Cohesión Social (CSSC), unió fuerzas con investigadores polacos para adoptar una perspectiva inusual: examinar no tanto los argumentos políticos o religiosos, sino las intuiciones morales que impulsaban la postura de cada bando.
Las siete reglas universales de la cooperación
El equipo partió de la hipótesis de que existen siete pilares morales compartidos universalmente, producto de la evolución humana y de la necesidad de cohesión social. Estas “siete reglas” son:
- Ayudar a los familiares (solidaridad con los más próximos).
- Mostrar lealtad al grupo.
- Corresponder favores.
- Ser valiente.
- Respetar a los superiores.
- Compartir con justicia.
- Respetar la propiedad ajena.
Todas ellas suelen considerarse virtudes en cualquier sociedad conocida, si bien pueden articularse de modo distinto según contextos culturales y políticos.
Una encuesta para visibilizar intuiciones
La investigación utilizó una muestra de más de quinientos ciudadanos, elaborando una batería de preguntas destinadas a identificar cómo estas reglas morales universales se activaban en el marco del debate sobre el aborto. El objetivo era observar si las diferencias irreconciliables entre partidarios y detractores procedían de valores éticos distintos o, por el contrario, de una aplicación divergente de los mismos principios compartidos.
Morales compartidas, interpretaciones opuestas
El hallazgo central sorprendió incluso a los propios investigadores: tanto quienes defendían el derecho al aborto como quienes lo rechazaban se apoyaban en las mismas intuiciones básicas, pero las interpretaban en direcciones opuestas.
- Lealtad y respeto a la autoridad: para los sectores antiaborto, significaban fidelidad a la Iglesia y obediencia a la ley interpretada como emanación de una autoridad superior. Para los proaborto, esas mismas reglas se traducían en lealtad a las mujeres y a su autonomía, y respeto a los derechos humanos internacionales por encima de legislaciones restrictivas.
- Ayuda a los familiares y compartir con justicia: los detractores del aborto veían en estas virtudes la obligación de proteger la vida del feto, concebido como miembro de la familia y parte de la justicia natural. Los defensores, en cambio, entendían la justicia como garantizar igualdad de condiciones a las mujeres para decidir sobre su maternidad.
- Valentía y reciprocidad: en el ala conservadora, valentía significaba resistir la presión de Europa y “defender la vida” a toda costa. Desde el campo progresista, la valentía era salir a la calle, desafiar la presión social y exigir un futuro de reciprocidad entre géneros.
En síntesis, el mismo repertorio de valores morales universales estaba presente en ambos lados, pero orientado hacia sujetos y fines distintos.
Un espejo del conflicto cultural
Este estudio ayudó a explicar por qué el debate resultaba tan irreductible en Polonia. No era una mera confrontación entre valores completamente divergentes, sino entre interpretaciones incompatibles de los mismos principios fundacionales de la moralidad humana. Allí radicaba la intensidad emocional de las protestas y el carácter identitario del conflicto: se trataba de decidir qué significaba, en última instancia, ser justo, leal o valiente.
Una lección más allá de Polonia
El caso polaco, más allá de su singularidad, arroja una reflexión útil para cualquier democracia contemporánea tensionada por dilemas morales. Conflictos sobre aborto, eutanasia, migración o derechos LGTBI rara vez se reducen a diferencias de valores absolutos. Más bien, muestran cómo las mismas normas universales que cimentan la cooperación humana pueden entrar en colisión según qué sujetos se consideren dignos de protección o qué instituciones se reconozcan como legítimas.
En palabras del propio Whitehouse, lo impactante no es que estemos enfrentados en valores fundamentales, sino que todos defendemos esos principios universales mientras los dirigimos hacia diferentes fines. Desde esa perspectiva, entender los debates morales como “choques de interpretaciones” —y no como una fractura total de valores— podría allanar vías de negociación y respeto mutuo, incluso en sociedades polarizadas.
Polonia, en 2020, se convirtió así en un laboratorio natural de una verdad más amplia: las pasiones colectivas que movilizan multitudes no nacen de universos éticos incompatibles, sino de un mismo sustrato humano compartido que, en circunstancias críticas, puede separarnos tanto como unirnos.
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