La prueba Ordinary Science Intelligence (OSI) es un instrumento desarrollado para medir la alfabetización científica básica de las personas, es decir, su comprensión de conceptos fundamentales de la ciencia tal y como se enseñan en educación secundaria: la estructura de los átomos, la composición atmosférica de la Tierra, los principios de la evolución o el cambio climático. Los resultados de esta prueba presentan una correlación clara y positiva entre el conocimiento científico y la precisión en las creencias de los individuos —pero solo cuando los temas no están politizados.
En cuestiones desideologizadas, como determinar si los electrones son más pequeños que los átomos o identificar cuál es el gas más abundante en la atmósfera, los participantes con puntuaciones altas en OSI (mayor alfabetización científica) tienden a dar respuestas correctas en mucha mayor proporción. Esta relación parece directa y refleja la eficacia de la educación científica para transmitir conocimientos básicos. Sin embargo, la correlación entre OSI y la precisión de las creencias se rompe abruptamente cuando se trata de preguntas sobre temas cargados de polarización ideológica, como el cambio climático y la evolución biológica.
Estudios recientes muestran que, en temas conflictivos social o políticamente, como la teoría de la evolución o el consenso científico sobre el cambio climático, los encuestados que se identifican como liberales continúan mostrando la correlación positiva: mayores conocimientos predicen mayor aceptación de la ciencia. Pero entre los individuos de derecha política y los de religiosidad elevada, este vínculo desaparece. Por ejemplo, entender los mecanismos de la selección natural no predice la aceptación de la evolución entre los religiosos, ni saber qué dicen los científicos sobre el cambio climático predice el reconocimiento del consenso científico en los más conservadores.
Neil Levy, filósofo y autor del libro Bad Beliefs, sostiene que el rechazo de la ciencia en estos colectivos no se debe —como muchas veces se supone— a la ignorancia o la desinformación. Por el contrario, las evidencias sugieren que el proceso causal es inverso: las personas no buscan información científica relevante porque la perciben como irrelevante o engañosa, especialmente cuando entra en conflicto con su identidad ideológica o religiosa. Así, el acceso a información científica no basta para corregir las malas creencias, pues estas funcionan como un marcador de identidad y pertenencia grupal, y no como un simple resultado del desconocimiento.
Esta realidad es preocupante porque revela los límites de la educación científica en un mundo cada vez más polarizado. El conocimiento por sí solo no garantiza la aceptación de los hechos científicos en campos controvertidos. El efecto de la ideología puede sesgar la interpretación de la evidencia o incentivar el rechazo frontal a los consensos científicos, no por falta de instrucción, sino por motivos de identidad y motivación grupal. Numerosos estudios de psicología cognitiva confirman que los individuos tienden a buscar, seleccionar e interpretar información que refuerce sus creencias previas (sesgo de confirmación), ignorando o desestimando todo aquello que las contradice, especialmente cuando se asocia a la pertenencia política, religiosa o cultural.
Por tanto, abordar la formación de creencias científicas exige mucho más que mejorar la alfabetización; requiere un análisis profundo de las motivaciones y valores que condicionan el acceso y la aceptación del conocimiento. Es necesario abrir espacios para el diálogo interdisciplinar, la promoción de la tolerancia epistémica y el diseño de estrategias de comunicación que respeten las diferencias sin renunciar al rigor científico.
El debate actual sobre OSI y las creencias políticas y religiosas destapa un reto central para las democracias modernas: cómo lograr que la ciencia sea aceptada como parte del bien común sin ignorar la diversidad de identidades y la complejidad emocional y social de la formación de creencias. En última instancia, la respuesta podría estar más en la psicología social que en los libros de texto.
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