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Análisis desde la Psicología Social sobre una de las creencias más arraigadas y menos cuestionadas

El «sentido común» ocupa un lugar privilegiado en nuestro vocabulario diario. Lo invocamos para resolver disputas, justificar decisiones y validar verdades aparentemente inmutables. Sin embargo, cuando este concepto se somete al escrutinio de la Psicología Social, su consistencia se desmorona. No es una operación de la lógica pura, sino algo mucho más contingente y menos universal de lo que imaginamos: un sentido que solo es común a un grupo específico, teñido por la cultura, los sesgos cognitivos y la comodidad del pensamiento automático.

¿Qué es realmente el sentido común?

El filósofo y sociólogo francés Pierre Bourdieu definía el sentido común como el «sistema de esquemas de percepción y apreciación» compartido por un grupo social. No es un producto de la razón universal, sino el resultado invisible de nuestra socialización: el conjunto de creencias, juicios y percepciones que nos parecen naturales porque hemos crecido rodeados por ellos. Como bien señalan las palabras del usuario: es una explicación que se vuelve común solo dentro de un contexto particular.

Este fenómeno se explica a través del pluralismo epistémico: la idea de que diferentes grupos construyen realidades distintas según sus experiencias, valores e intereses. Lo que es «obvio» para un científico puede ser incomprensible para un teólogo; lo que es «evidente» para una comunidad urbanita puede ser absurdo para una rural. El sentido común, entonces, no es un terreno neutral de encuentro, sino un escenario de disputa cultural donde las creencias dominantes se presentan como universales.

Los sesgos que habitan en la «caja llamada común»

Cuando abrimos esa caja, como sugiere el texto original, encontramos no verdades objetivas, sino una constelación de sesgos cognitivos que la neurociencia y la psicología conductual han documentado exhaustivamente. La consultora The Decision Lab, referencia internacional en sesgos cognitivos, ofrece un catálogo que ilustra perfectamente este fenómeno.

1. El sesgo del «nosotros vs. ellos»

También conocido como sesgo de favoritismo endogrupal, nos lleva a percibir a nuestro grupo (cultural, político, religioso) como superior y más moral que los «otros». Lo que «nosotros» creemos se vuelve, por ese mero hecho, más racional y válido. El sentido común se convierte así en una herramienta de delimitación social: define quién pertenece y quién está excluido del círculo de la «razón compartida».

2. El sesgo de afinidad

Este sesgo nos hace creer que quienes se nos parecen (en apariencia, creencias o origen) tienen más probabilidad de tener razón. Es el mecanismo psicológico que explica por qué damos más crédito a la opinión de un conocido que a la de un experto en la materia, siempre que el primero comparta nuestro «sentido común». La homofilia (atracción hacia lo similar) no solo modela nuestras amistades, sino también nuestras creencias sobre qué constituye una explicación válida.

3. El sesgo de disponibilidad

«La proximidad hace aparecer el problema solo con la información más a la mano», como señala acertadamente el texto. Este sesgo nos lleva a sobreestimar la importancia de la información inmediatamente disponible en nuestra memoria. Si acabamos de ver un reportaje sobre un accidente aéreo, consideramos que volar es más peligroso, ignorando las estadísticas reales. El sentido común se alimenta de los ejemplos vividos y recientes, no de evidencia sistemática.

4. El sesgo de confirmación: «mi favorito»

Quizás el más poderoso y peligroso de todos. Es la tendencia humana a buscar, interpretar y recordar información que confirma nuestras creencias preexistentes, mientras descartamos o minimizamos la evidencia contradictoria. Una vez que una idea se instala en nuestro «sentido común», nuestro cerebro se convierte en un detective parcial que solo busca pistas que culpen al sospechoso que ya hemos condenado mentalmente.

Estudios de la Universidad de Stanford demuestran que incluso cuando se presenta evidencia concluyente en contra de una creencia arraigada, las personas no solo la rechazan, sino que refuerzan su posición original. El sentido común, lejos de ser flexible, es resistente a la evidencia.

¿Por qué prevalece el sentido común sobre el pensamiento crítico?

La respuesta es simple pero profunda: el sentido común es cómodo; el pensamiento crítico es incómodo.

El cerebro humano consume aproximadamente el 20% de la energía corporal total, a pesar de representar solo el 2% del peso corporal. Para preservar recursos, evolucionó hacia la eficiencia cognitiva: prefiere atajos mentales (heurísticas) que análisis exhaustivos. El sentido común es el atajo por excelencia: nos proporciona respuestas rápidas sin esfuerzo de pensamiento.

El pensamiento crítico, por el contrario, exige:

  • Duda sistemática: Cuestionar lo que damos por sentado produce ansiedad cognitiva.
  • Procesamiento de información contradictoria: Requiere mantener en la mente múltiples perspectivas simultáneamente, lo que consume recursos mentales.
  • Aceptación de incertidumbre: El pensamiento crítico nos obliga a convivir con la complejidad y la ambigüedad, mientras que el sentido común ofrece certezas falsas pero reconfortantes.

Como señala Daniel Kahneman en su obra Pensar rápido, pensar despacio, nuestro cerebro opera en dos sistemas: el Sistema 1 (rápido, intuitivo, automático) y el Sistema 2 (lento, deliberado, exigente). El sentido común es el producto del Sistema 1; el pensamiento crítico, del Sistema 2. Dado que activamos el Sistema 2 solo cuando es absolutamente necesario, el sentido común domina nuestra vida cotidiana.

Consecuencias sociales del mito

Esta dominancia no es inocua. Cuando el sentido común se convierte en criterio de políticas públicas, justicia o moralidad, las consecuencias pueden ser devastadoras:

  • Justificación de desigualdades: Lo «natural» o «obvio» se usa para perpetuar estereotipos de género, raciales o de clase.
  • Resistencia al cambio científico: Desde la ecología hasta la salud pública, el sentido común ha bloqueado evidencia científica (ej: negacionismo climático, resistencia a vacunas).
  • Polarización social: Cada grupo se encierra en su propio «sentido común», imposibilitando el diálogo y la comprensión mutua.

La socióloga Martha Nussbaum advierte que este fenómeno erosiona la democracia, ya que una ciudadanía que no ejercita el pensamiento crítico es vulnerable a la manipulación y al populismo.

¿Cómo escapar de la trampa?

Reconocer el mito del sentido común es solo el primer paso. Para cultivar pensamiento crítico, la Psicología Social sugiere:

  1. Conciencia de los sesgos: Reconocer que todos somos susceptibles es el primer antídoto.
  2. Búsqueda activa de disonancia: Deliberadamente buscar información que contradiga nuestras creencias.
  3. Diversidad de fuentes: Expuestos a múltiples perspectivas culturales y disciplinarias.
  4. Pausa reflexiva: Implementar «fricciones» mentales que obliguen a activar el Sistema 2 antes de juzgar.

Conclusión

El sentido común no es el producto de una lógica universal, sino una construcción social teñida por sesgos cognitivos que nos hacen sentir cómodos con lo familiar. Es el resultado de crecer en una cultura específica, rodeados de personas que comparten nuestras explicaciones del mundo. Sus sesgos—de endogrupo, afinidad, disponibilidad y confirmación—actúan como filtros invisibles que validan lo que ya creemos y descartan lo que nos desafía.

El desafío no es eliminar el sentido común, pues sirve funciones adaptativas importantes en la vida diaria. El desafío es reconocer sus límites y no dejar que monopolice espacios donde se requiere pensamiento crítico: la toma de decisiones importantes, la formulación de políticas públicas y la convivencia democrática.

En un mundo complejo e interconectado, la humildad epistémica—la capacidad de decir «no lo sé» y cuestionar lo «obvio»—es más valiosa que cualquier certeza que nos ofrezca la caja llamada común. El pensamiento crítico, aunque incómodo, es el único camino hacia una comprensión más justa y menos sesgada de la realidad.

: The Decision Lab. (2024). The Complete List of Cognitive Biases. https://thedecisionlab.com/biases-index
: Lord, C. G., Ross, L., & Lepper, M. R. (1979). Biased assimilation and attitude polarization. Journal of Personality and Social Psychology.
: Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar, Straus and Giroux.
: Nussbaum, M. C. (2010). Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities. Princeton University Press.



admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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