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Su inventor, Alexander Lowen (1910-2008), también recurrió a esa estrategia tan socorrida de mezclar jerga científica con autoayuda para vender como terapia lo que no pasa de ser gimnasia emotiva con vestuario conceptual. Lowen, médico formado en psiquiatría, había estudiado y recibido terapia personal con Wilhelm Reich entre 1940 y 1952, ese mismo Reich que acabaría encarcelado por fraude tras insistir en que sus «acumuladores de orgón» curaban el cáncer. Cuando el maestro comenzó a obsesionarse con su teoría del orgón —una energía cósmica inexistente que la FDA determinó no existía tras rigurosas investigaciones—, Lowen tuvo el buen juicio de distanciarse. Pero no se distanció lo suficiente: se limitó a barnizar las mismas ideas con nuevas etiquetas y fundó en 1956 el Instituto de Análisis Bioenergético, una institución que prometía curar los males del alma liberando la «energía vital» atrapada en el cuerpo.
El maestro que murió en prisión
Para entender la bioenergética es preciso entender a Wilhelm Reich, el psicoanalista austriaco cuya carrera comenzó brillante y terminó en el delirio. Reich tuvo el dudoso honor de ser expulsado tanto de la Internacional Psicoanalítica como del Partido Comunista —un logro que requiere cierto talento para la heterodoxia—, y acabó refugiándose en Estados Unidos, donde proclamó haber descubierto una energía fundamental presente en todos los organismos vivos: el orgón.
Esta energía, según Reich, era azul, medible y omnipresente. Para capturarla construyó «acumuladores de orgón», cajas forradas de metal que supuestamente concentraban esta energía y podían curar enfermedades como el cáncer, la angina de pecho o la epilepsia. Los científicos noruegos que examinaron sus experimentos los refutaron completamente, pero Reich persistió. En 1947, la FDA estadounidense inició investigaciones que durarían años y concluyeron con una sentencia inapelable: el orgón simplemente no existía. Reich había vendido máquinas fraudulentas a enfermos terminales. Fue condenado por desacato a la autoridad en 1956 —continuó promocionando sus aparatos pese a la prohibición— y murió en prisión federal en 1957, de un ataque cardíaco, mientras cumplía una condena de dos años.
La FDA ordenó quemar sus libros y destruir los acumuladores de orgón. Hoy, algunos seguidores ven en esto una conspiración, pero la realidad es más prosaica: Reich vendía esperanza falsa a personas desesperadas, y las autoridades sanitarias actuaron en consecuencia.
Lowen: el discípulo que reempaquetó el producto
Alexander Lowen, que había sido paciente de Reich durante tres años, tuvo la astucia de abandonar el barco justo cuando el maestro se hundía en la obsesión orgónica. Pero no abandonó las premisas fundamentales: simplemente cambió «orgón» por «energía vital» o «bioenergía», términos lo suficientemente ambiguos como para sonar científicos sin serlo.
La bioenergética de Lowen propone que las tensiones musculares crónicas son la somatización de conflictos emocionales reprimidos, y que liberando estas tensiones mediante ejercicios físicos, respiración, gritos y manipulación corporal se pueden resolver problemas psicológicos profundos. El cuerpo es un «diario inconsciente», según Lowen, donde quedan inscritas todas nuestras experiencias traumáticas. La terapia consiste en «desbloquear» estas capas —Ego, Muscular, Emocional y Corazón— para liberar el flujo energético entre cabeza y genitales.
El problema fundamental es el mismo que tenía Reich: esta «energía» no existe. O más precisamente, existe solo en el sentido metafórico en que hablamos de «tener energía» o «sentirse sin fuerzas». La bioenergética en el sentido bioquímico riguroso se refiere a procesos moleculares específicos relacionados con el ATP, no a ninguna fuerza vital que fluya por el cuerpo como agua por tuberías.
La confusión terminológica como estrategia
La bioenergética de Lowen se apropia deliberadamente de un término con significado científico preciso —la bioenergética celular que estudia el metabolismo energético a nivel molecular— para dar pátina de respetabilidad a conceptos que no tienen base empírica. Es una estrategia común en pseudociencias: usar vocabulario que suena a ciencia real.
Lowen habla de «procesos energéticos del cuerpo», de «carga energética», de «flujos energéticos bloqueados», pero nunca define operacionalmente qué es esa energía, cómo se mide, o qué unidades utiliza. Porque no puede. Su «energía» es un concepto vitalista premoderno disfrazado de terminología científica: el mismo chi de la medicina tradicional china, el prana hindú, o el élan vital de Bergson, rebautizados para el mercado terapéutico del siglo XX.
Los críticos señalan que el uso del término «energía» por parte de los proponentes del análisis bioenergético ignora el consenso universal sobre energía que existe en la ciencia. De hecho, incluso dentro del colectivo de analistas bioenergéticos han existido críticas a este uso terminológico desde hace décadas. Pero la ambigüedad conceptual es precisamente lo que permite a la bioenergética funcionar: si no defines con precisión qué es lo que mides, nunca podrás ser refutado empíricamente.
¿Funciona? El problema de la evidencia
Los defensores de la bioenergética señalan que está reconocida por la Asociación Europea de Psicoterapia (EAP) y que existen algunos estudios que muestran mejorías en pacientes. Es cierto. Pero aquí conviene matizar varias cosas.
Primero, que una asociación profesional reconozca algo no lo convierte en ciencia. Segundo, la mayoría de estudios publicados son estudios de casos individuales o series pequeñas sin grupos control adecuados. Tercero, cualquier intervención terapéutica que implique atención personal, ejercicio físico, trabajo corporal y expresión emocional puede producir mejorías subjetivas por múltiples mecanismos que no requieren invocar energías misteriosas: el efecto placebo, la simple atención terapéutica, los beneficios reales del ejercicio físico, la catarsis emocional, o la reestructuración cognitiva que ocurre en cualquier conversación terapéutica.
La pregunta no es «¿produce algún efecto?», sino «¿produce efectos superiores a los de otras intervenciones más simples y menos cargadas de bagaje conceptual dudoso?». Y ahí la evidencia es mucho más débil. Como señalan los escépticos, la bioenergética figura en listas de pseudoterapias precisamente porque sus supuestos teóricos —la existencia de esa «energía vital» que fluye y se bloquea— no han sido nunca demostrados.
La herencia envenenada
Alexander Lowen tuvo el buen juicio de separarse de Reich antes de que el maestro acabara en prisión. Pero heredó su esquema conceptual fundamental: la idea de que existe una energía vital cuyo flujo o bloqueo determina la salud psicológica y física. Simplemente eliminó los aspectos más extravagantes —los acumuladores de orgón, la persecución de platillos volantes, las máquinas de hacer llover— y se centró en ejercicios corporales que, por sí mismos, pueden tener efectos beneficiosos.
El resultado es una terapia híbrida: parte ejercicio físico legítimo, parte catarsis emocional (que puede ser útil pero no requiere teorías energéticas para explicarse), y parte pseudociencia vitalista. Los pacientes pueden mejorar, no porque se haya «liberado su energía bloqueada», sino por los mismos mecanismos que explican la mejoría en cualquier intervención que combine actividad física, atención terapéutica y expresión emocional.
La bioenergética de Lowen es, en definitiva, Reich descafeinado: la misma premisa fundamental —energía vital que fluye o se bloquea— pero sin los aspectos más escandalosamente fraudulentos. Es, parafraseando a Nietzsche con Reich, una forma de «reempaquetar el producto» después de que el maestro hubiera sido desenmascarado. Los ejercicios pueden ser beneficiosos, la atención terapéutica puede ayudar, pero la teoría que los sustenta sigue siendo, como la del maestro, una mezcla de metáforas vitales del siglo XIX y wishful thinking disfrazado de ciencia.
Mientras el cuerpo de Reich se descomponía en la fosa común de una prisión federal —murió sin dinero, desacreditado, paranoico—, su discípulo más astuto construía un imperio terapéutico sobre los mismos cimientos de arena. Con mejores relaciones públicas, eso sí. Y sin terminar entre rejas.
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