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En una mesa redonda celebrada en diciembre de 2025, Donald Trump demostró una vez más que la verdad es opcional cuando se trata de promover su agenda política. El presidente afirmó que los bebés reciben «88 vacunas diferentes, todas juntas en una sola visita» al médico. Esta declaración no solo es falsa: es peligrosamente irresponsable viniendo del líder de la nación más poderosa del mundo.

La realidad, según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), es radicalmente diferente. Los bebés menores de dos años reciben aproximadamente 27 dosis de vacunas distribuidas a lo largo de 15 meses. Antes de cumplir 18 años, se recomiendan unas 14 dosis adicionales. En total, los menores deberían recibir alrededor de 40 dosis durante toda su infancia, incluyendo vacunas anuales como las de la gripe y el COVID-19 que también se aplican a adultos. Es decir, menos de la mitad de lo que Trump afirma.

Pero lo más preocupante no es solo la magnitud de la mentira, sino su repetición deliberada. En octubre de 2025, Trump ya había afirmado que se inyectaban 82 vacunas a bebés en una sola cita médica, diciendo: «Cuando le das 82 vacunas en una inyección a un bebé que ni siquiera se ha formado todavía, son muchas vacunas». La cifra cambió de 82 a 88, pero la estrategia permaneció intacta: infundir miedo y desconfianza hacia una de las intervenciones médicas más seguras y efectivas de la historia.

El peligroso dúo: Trump y RFK Jr.

La campaña de desinformación de Trump no ocurre en el vacío. Su nombramiento de Robert F. Kennedy Jr. como Secretario de Salud y Servicios Humanos ha convertido el escepticismo antivacunas en política oficial. Kennedy, conocido por sus teorías conspirativas sobre las vacunas, ha llegado a sugerir que los niños no blancos podrían ser especialmente susceptibles al daño causado por la inmunización, una afirmación sin respaldo científico que roza el racismo médico.

Juntos, Trump y Kennedy representan una amenaza sin precedentes para la salud pública estadounidense. Mientras los médicos y científicos de todo el mundo defienden las vacunas como una de las mayores conquistas de la medicina moderna, estos dos políticos promueven activamente la desconfianza hacia ellas desde las más altas esferas del poder.

Los CDC han considerado durante décadas las vacunas como una medida segura para proteger a los ciudadanos de enfermedades peligrosas y contagiosas. Las vacunas han sido rigurosamente probadas y ampliamente utilizadas durante este período, con raíces en la práctica médica que se remontan a más de 200 años. Sin embargo, la segunda administración Trump, con Kennedy al frente del departamento de salud, ha logrado lo que parecía imposible: sembrar dudas masivas sobre una ciencia establecida.

Lo que dicen los verdaderos expertos

Mientras Trump lanza cifras inventadas, los profesionales médicos intentan contrarrestar el daño. La doctora Swathi Mannava Gowtham, pediatra especializada en enfermedades infecciosas, ha explicado con claridad: «Uno de los triunfos de la medicina del siglo XX es que las vacunas han reducido significativamente la mortalidad infantil, junto con otras medidas de salud pública, y la inmunización es una de las medidas de salud pública más sólidas que tenemos».

La doctora Kristen Walsh lo resume de manera aún más directa: «Las vacunas se encuentran entre las intervenciones médicas más seguras que pueden tener un impacto real en términos de prevenir enfermedades y muertes. Vacunar a su hijo tiene muy bajo riesgo y está comprobado que ayuda a protegerlos de enfermedades mortales».

Estas no son opiniones políticas; son hechos respaldados por décadas de investigación científica, millones de casos estudiados y evidencia empírica abrumadora. Pero en la era Trump, los hechos son negociables si no se ajustan a la narrativa deseada.

Las consecuencias ya están aquí

No hace falta especular sobre las consecuencias de la retórica antivacunas de Trump y Kennedy. Ya las estamos viviendo. En 2025, Estados Unidos registró casi 2000 casos de sarampión, la mayoría en niños. Según los CDC, no se veían cifras tan altas desde el año 2000, cuando el sarampión había sido declarado eliminado en el país.

¿La causa? El aumento de la vacilación y el rechazo a las vacunas, alimentado precisamente por el tipo de desinformación que Trump difunde desde el podio presidencial. Como explica el doctor Adam Ratner, director de la División de Enfermedades Infecciosas Pediátricas de NYU: «La muerte en la infancia es mucho menos común ahora de lo que solía ser, y eso se debe en gran parte, aunque no exclusivamente, a la vacunación».

Antes de las vacunas, el sarampión era responsable de una alta tasa de mortalidad infantil entre los diagnosticados. Las vacunas han funcionado para prevenir esto. De hecho, UNICEF señala que dos dosis de una vacuna contra el sarampión proporcionan una protección del 99% de por vida. «Ningún niño debería arriesgar complicaciones graves de salud o la muerte al contraer sarampión», advierte la organización.

El precio de la demagogia

Las mentiras de Trump sobre las vacunas no son deslices inocentes o errores comprensibles. Son parte de una estrategia deliberada para apelar a su base política, muchos de cuyos miembros desconfían de las instituciones científicas y médicas. Es política de identidad llevada al extremo más peligroso: sacrificar la salud pública en el altar de la lealtad partidista.

Lo que Trump no menciona cuando inventa cifras sobre 88 vacunas es que cada una de esas dosis recomendadas por los CDC protege contra enfermedades que antes mataban o incapacitaban a miles de niños cada año: polio, difteria, sarampión, tos ferina, hepatitis. Enfermedades que generaciones anteriores temían y que esta generación ha tenido el privilegio de olvidar, precisamente gracias a las vacunas.

Ahora, ese privilegio está en riesgo. Cuando el presidente de Estados Unidos difunde sistemáticamente información falsa sobre vacunas, legitima y amplifica las teorías conspirativas más peligrosas. Los padres confundidos toman decisiones basadas en mentiras presidenciales, no en evidencia científica. Y los niños pagan el precio con enfermedades prevenibles.

Trump ha demostrado repetidamente su desprecio por la verdad cuando esta interfiere con sus objetivos políticos. Pero cuando se trata de salud pública, las mentiras no son solo inmorales; son mortales. En una era de brotes de sarampión resurgentes y creciente desconfianza en la ciencia, Estados Unidos necesita liderazgo responsable basado en hechos. Lo que tiene, en cambio, es un presidente que prefiere inventar cifras alarmistas que proteger a los más vulnerables: los niños.

Generado por Claude


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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