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El espejismo de las cucharas dobladas
En noviembre de 1975, mientras el dictador Francisco Franco agonizaba, España se detuvo ante la pantalla de Televisión Española. No fue por un comunicado oficial, sino por un joven israelí que prometía alterar las leyes de la física con la mente. La intervención de Uri Geller en el programa Directísimo de José María Íñigo representa uno de los capítulos más fascinantes, y a la vez bochornosos, de la historia mediática española.
Aquel sábado, veinte millones de personas observaron cómo Geller supuestamente doblaba cucharas y arreglaba relojes parados. En una nación donde la censura y el pensamiento único eran la norma, la llegada de lo «sobrenatural» fue recibida con una credulidad asombrosa. Sin embargo, analizado con la frialdad del tiempo, el fenómeno Geller fue poco más que un ejercicio de prestidigitación básica explotando la ingenuidad de una audiencia cautiva.
Un monopolio para la manipulación
La eficacia del engaño de Geller no residía en sus supuestos poderes psíquicos, sino en el control absoluto que TVE ejercía sobre la realidad. Al ser la única ventana al mundo, lo que aparecía en pantalla adquiría una pátina de verdad incuestionable. El régimen franquista, en sus estertores finales, encontró en este tipo de espectáculos una distracción perfecta frente a la incertidumbre política.
El periodista José María Íñigo, maestro del entretenimiento, preparó el terreno con una narrativa de exclusividad que hoy llamaríamos «clickbait» analógico. Al prometer el mayor espectáculo televisivo de la historia, el programa anuló cualquier capacidad crítica del espectador. La audiencia no estaba viendo un truco de magia; estaba presenciando un «milagro» validado por la institución más poderosa del país.
La ciencia del engaño profesional
Desde una perspectiva escéptica, lo que Geller realizó en los estudios de Prado del Rey ha sido ampliamente desmontado por figuras como el ilusionista James Randi. Las técnicas utilizadas eran trucos clásicos de mentalismo: metales previamente debilitados, desvío de atención y una puesta en escena carismática. Geller no era un dotado, era un vendedor excepcional que sabía leer el hambre de asombro de su público.
El fenómeno de los relojes que volvían a funcionar es quizás el ejemplo más claro de sugestión colectiva. Muchos relojes mecánicos se detienen por la acumulación de polvo o aceite seco; el simple calor de las manos o el movimiento brusco de agitarlos al «concentrarse» suele reactivar el mecanismo temporalmente. En una España que necesitaba creer en algo nuevo, cualquier coincidencia fue interpretada como evidencia científica de lo imposible.
Legado de una credulidad impuesta
El paso de Uri Geller por TVE dejó una huella que duró décadas, alimentando una parapsicología de consumo que llenó revistas y programas de radio. Lo que a menudo se olvida es que este evento fue posible gracias a una estructura de poder que desincentivaba el pensamiento crítico. La televisión única creó una realidad única, y en esa realidad, las cucharas se doblaban por arte de magia.
Hoy, la lección de 1975 sigue vigente. La vulnerabilidad de una sociedad ante el engaño no depende solo de la habilidad del estafador, sino de la falta de pluralidad informativa y de una educación basada en el escepticismo. Geller no dobló el metal; lo que realmente se dobló fue la voluntad de juicio de un país que, por un momento, prefirió el truco a la realidad.
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