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La conexión de Donald Trump con Jeffrey Epstein, documentada en fotografías, testimonios y registros de vuelos, debería ser un escándalo insuperable para cualquier movimiento que se proclame defensor de la moral cristiana y la protección de menores. Sin embargo, el evangelicalismo estadounidense ha respondido con un silencio ensordecedor o, peor aún, con contorsiones retóricas para justificar lo injustificable. Esta no es una anomalía sino la confirmación de un patrón histórico: los evangélicos tienen una facilidad pasmosa para enamorarse de narcisistas que se presentan como salvadores.

La disonancia cognitiva como ejercicio espiritual

Durante décadas, el evangelicalismo estadounidense construyó su identidad política alrededor de valores familiares, pureza sexual y protección de la inocencia infantil. Predicadores fulminaban desde púlpitos contra el libertinaje moral de Hollywood, la decadencia de las élites liberales y la corrupción de las costumbres tradicionales. Luego llegó Trump: divorciado tres veces, acusado de múltiples agresiones sexuales, propietario de casinos y concursos de belleza, amigo documentado de un traficante sexual de menores.

La respuesta evangélica no fue rechazo sino abrazo incondicional. Trump recibió el 81% del voto evangélico blanco en 2016 y mantuvo ese apoyo incluso cuando las revelaciones sobre su relación con Epstein se acumulaban. ¿Cómo se explica esta paradoja? No mediante argumentos racionales sino mediante gimnasia mental que revela algo profundamente problemático en el ADN del evangelicalismo político moderno.

El complejo del Rey David

La explicación favorita de los apologistas evangélicos es la analogía con el Rey David: un hombre profundamente imperfecto elegido por Dios para cumplir Sus propósitos. Trump, argumentan, puede ser moralmente defectuoso pero Dios lo usa como instrumento. Esta teología de conveniencia tiene varios problemas evidentes.

Primero, David, según el relato bíblico, mostró arrepentimiento genuino por sus pecados. Trump nunca ha admitido equivocación alguna ni ha pedido perdón por nada. Segundo, la historia de David es también una advertencia sobre las consecuencias del abuso de poder, no una licencia para ignorarlo. Tercero, y más importante, esta narrativa reduce a Dios a un estratega maquiavélico dispuesto a usar depredadores sexuales para lograr victorias políticas conservadoras.

Lo que esta analogía realmente revela es una idolatría del poder político disfrazada de pragmatismo espiritual. Los evangélicos no apoyan a Trump a pesar de sus defectos morales sino porque promete entregarles poder: jueces conservadores, restricciones al aborto, reconocimiento cultural. El fin justifica cualquier medio, una doctrina más cercana a Maquiavelo que a Cristo.

La historia se repite

Este no es el primer mesías moralmente cuestionable que seduce al evangelicalismo estadounidense. La historia está plagada de predicadores carismáticos, líderes políticos y empresarios que prometieron restaurar la grandeza cristiana y resultaron ser narcisistas, estafadores o depredadores.

Jim Bakker, cuyo imperio televisivo evangélico colapsó en escándalos de fraude y violación. Jimmy Swaggart, que predicaba contra la inmoralidad sexual mientras visitaba prostitutas. Ted Haggard, líder de la Asociación Nacional de Evangélicos, descubierto con escorts masculinos mientras condenaba la homosexualidad. La lista es tan larga que constituye un patrón, no excepciones.

¿Qué explica esta vulnerabilidad recurrente? Una teología que enfatiza el carisma individual sobre el carácter, que confunde confianza con unción divina, y que cultiva seguidores acríticos entrenados para no cuestionar a figuras de autoridad. Los movimientos evangélicos están estructuralmente diseñados para ser explotados por narcisistas.

La transacción faustiana

El apoyo evangélico a Trump es fundamentalmente transaccional. Él les ofrece poder político—el fin de Roe v. Wade, mayoría conservadora en el Tribunal Supremo, legitimación cultural—y ellos ofrecen cobertura moral y millones de votos. Es un pacto donde ambas partes obtienen lo que quieren, pero a costa de cualquier coherencia ética.

Esta transacción requiere ignorar activamente información inconveniente. Las fotos de Trump con Epstein en fiestas privadas, los testimonios de víctimas, los comentarios públicos de Trump sobre mujeres jóvenes, todo debe ser minimizado, reinterpretado o simplemente ignorado. Se invoca teoría conspirativa: esas acusaciones son fabricaciones de la izquierda. Se practica whataboutism: ¿y qué hay de los escándalos demócratas? Se recurre al victimismo: están persiguiendo a Trump porque amenaza al establishment.

La traición de los valores proclamados

Lo más obsceno de esta situación es la hipocresía desnuda. Los mismos líderes que exigieron la renuncia de Bill Clinton por sus indiscreciones sexuales defienden a Trump con fidelidad inquebrantable. Los que predicaban que el carácter importa en líderes políticos ahora argumentan que solo las políticas cuentan. Los que denunciaban la degradación moral de Estados Unidos ahora ignoran o celebran a un presidente cuyo historial personal encarna precisamente esa degradación.

Esta hipocresía no pasa desapercibida, especialmente entre jóvenes evangélicos que abandonan las iglesias en números récord. El testimonio cristiano en la esfera pública ha sido comprometido, quizás irreparablemente, por esta alianza con Trump. ¿Cómo puede el evangelicalismo predicar crediblemente sobre moral sexual, integridad o protección de menores cuando respaldó incondicionalmente a un hombre con vínculos documentados con un traficante sexual de menores?

El precio del poder

El evangelicalismo estadounidense vendió su credibilidad moral por promesas de poder político. Obtuvieron sus jueces conservadores y restricciones al aborto, pero a cambio perdieron autoridad moral para hablar sobre prácticamente cualquier tema ético. Su silencio sobre Epstein no es solo complicidad con Trump sino autodestrucción de su propio proyecto moral.

Conclusión: la idolatría del poder

El escándalo Epstein debería haber sido una línea roja incluso para los evangélicos más transaccionales. Que no lo fuera revela que su verdadera religión no es el cristianismo sino el poder político conservador. Han confundido el Reino de Dios con el Partido Republicano, y esa idolatría les permite racionalizar cualquier cosa.

La tragedia no es solo que cayeran por otro narcisista mesiánico—su historia sugería que era inevitable. La tragedia es que lo hicieron tan conscientemente, tan cínicamente, traicionando cada valor que proclamaban defender. Y cuando la historia juzgue esta era, el silencio evangélico sobre los vínculos de Trump con Epstein será recordado como uno de los fracasos morales más vergonzosos del cristianismo estadounidense moderno.

Generado por Claude


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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