|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Donald Trump acaba de hacer lo que ningún presidente estadounidense se atrevió en décadas: derrocar abiertamente a un gobierno extranjero y prometer intervención directa en sus asuntos internos. Venezuela, ese país petrolero en colapso que Washington lleva años codiciando, es ahora el laboratorio del neointervencionismo trumpista. Y lo más preocupante no es solo la acción en sí, sino la amnesia histórica colectiva que permite presentar esto como novedad heroica en lugar de lo que realmente es: la repetición de un guion desastroso escrito hace más de un siglo.
El manual del imperialismo, versión siglo XXI
La narrativa es conocida hasta el hartazgo: un dictador malvado oprime a su pueblo, Estados Unidos interviene humanitariamente para «restaurar la democracia», todo termina en caos pero al menos las corporaciones estadounidenses controlan los recursos naturales. Hemos visto esta película en Irak, Libia, Afganistán, y si retrocedemos más, en prácticamente toda América Latina durante el siglo XX.
Que Nicolás Maduro sea un autócrata incompetente que ha hundido a Venezuela en miseria no está en discusión. Su régimen es represivo, corrupto y ha provocado el éxodo de millones de venezolanos. Pero reconocer eso no convierte automáticamente la intervención estadounidense en solución legítima ni deseable. Trump no es un libertador: es un oportunista que ve petróleo, debilidad geopolítica y una oportunidad para reescribir el mapa regional según los intereses de Washington.
La hipocresía de los «valores democráticos»
Estados Unidos promete «restaurar la democracia» en Venezuela. Esa misma semana, Trump felicita a Putin, mantiene relaciones cordiales con Mohammed bin Salman (quien ordenó descuartizar a un periodista), y elogia a Xi Jinping. La democracia, evidentemente, no es el principio rector aquí. Es la coartada conveniente.
Si realmente se tratara de defender valores democráticos, Washington estaría sancionando a docenas de regímenes autoritarios con los que comercia alegremente. Pero Arabia Saudita tiene petróleo que vende en dólares, China es demasiado poderosa para confrontarla directamente, y Rusia… bueno, Trump tiene sus razones particulares para tratarla con guante blanco. Venezuela, en cambio, es débil, está aislada y sus reservas petroleras son las más grandes del planeta. Una víctima perfecta.
El fiasco anunciado
Asumamos por un momento que las intenciones fueran puras (no lo son). Asumamos que Trump genuinamente quisiera ayudar al pueblo venezolano (risible, pero sigamos). Incluso en ese escenario fantasioso, ¿qué evidencia existe de que Estados Unidos sea competente administrando países extranjeros?
Irak, dos décadas después de la invasión, sigue siendo un Estado fallido plagado de corrupción y milicias. Libia pasó de dictadura estable a anarquía permanente con mercados de esclavos. Afganistán colapsó en semanas cuando las tropas estadounidenses se retiraron, después de veinte años y billones de dólares desperdiciados. El historial es tan consistente que ya no puede atribuirse a mala suerte: es incompetencia estructural mezclada con arrogancia imperial.
Pero Venezuela presenta desafíos aún mayores. Su economía está destruida, su infraestructura colapsada, sus instituciones inexistentes. Millones han huido, los que quedan están desesperados, y hay múltiples facciones armadas —desde militares leales a Maduro hasta grupos paramilitares— que no desaparecerán mágicamente porque Trump lo ordene. Reconstruir ese país requeriría décadas de compromiso sostenido, billones en inversión y, sobre todo, legitimidad internacional. Estados Unidos no tiene ni lo uno ni lo otro.
El costo para los venezolanos
Mientras Trump y sus halcones celebran la «victoria», son los venezolanos comunes quienes pagarán el precio. La intervención militar, incluso «limitada», significa bombardeos, desplazamientos masivos, infraestructura destruida. La ocupación posterior significa corrupción, saqueo de recursos, gobiernos títere que responden a Washington en lugar de a su propia población.
Los refugiados venezolanos, que ya cuentan por millones, aumentarán exponencialmente. ¿Adivinen quién no quiere recibirlos? El mismo Trump que ahora promete «liberarlos». La contradicción sería cómica si no fuera trágica.
El precedente peligroso
Más allá de Venezuela, esta acción establece un precedente escalofriante. Trump ha normalizado el derrocamiento explícito de gobiernos sin siquiera la fachada del multilateralismo o el pretexto de la amenaza directa. Simplemente decidió que Maduro debía irse y lo hizo. ¿Qué detiene a futuros presidentes —o a otras potencias— de hacer lo mismo cada vez que un gobierno les resulta inconveniente?
China observa y toma nota. Rusia también. Si Estados Unidos puede intervenir unilateralmente para «proteger sus intereses» en el hemisferio occidental, ¿por qué ellos no pueden hacer lo mismo en sus esferas de influencia? El orden internacional basado en reglas —imperfecto, hipócrita, pero existente— se erosiona un poco más.
La verdadera motivación
Dejemos de lado las pretensiones humanitarias y hablemos claro: esto es sobre petróleo y hegemonía regional. Venezuela tiene las mayores reservas probadas de crudo del mundo. Con precios del petróleo fluctuantes y competencia geopolítica intensificándose, controlar esas reservas es un premio estratégico inmenso.
Además, está el factor electoral. Trump necesita una «victoria» que vender a su base antes de las elecciones. Nada como una intervención militar exitosa (al menos en sus primeras semanas, antes de que todo se pudra) para inflar números de aprobación. Los venezolanos son daño colateral en la campaña de reelección.
¿Y la comunidad internacional?
La Unión Europea emite condenas tibias, América Latina está dividida, China y Rusia protestan pero no harán nada sustancial. En otras palabras: Estados Unidos hace lo que quiere porque puede. El multilateralismo era una convención, no una ley natural, y Trump acaba de recordárnoslo brutalmente.
Conclusión
La intervención de Trump en Venezuela no es el comienzo de una nueva era: es la continuación de una muy vieja. Es el imperialismo estadounidense despojado de su barniz civilizatorio, sin disculpas ni eufemismos. «Vamos a tomar el control porque podemos y porque nos conviene», parece decir. Al menos hay honestidad en esa brutalidad.
Maduro es un tirano que merece ser juzgado por su pueblo, no salvado por él. Pero sustituir su dictadura por ocupación extranjera no es liberación: es colonialismo con relaciones públicas. Los venezolanos no necesitan a Trump como libertador. Necesitan que el mundo deje de usar su país como peón geopolítico y permita que ellos mismos determinen su futuro.
La historia juzgará esta intervención con la misma severidad que juzga todas las anteriores. Mientras tanto, preparémonos para años de caos, sufrimiento evitable y la inevitable pregunta: ¿Cuándo aprenderemos?
Generado por Claude
0 comentarios