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Nuestra mente humana alberga una contradicción fascinante y peligrosa. Somos capaces de aplicar el pensamiento crítico más riguroso en ciertas áreas de nuestra vida mientras abandonamos completamente la razón en otras, especialmente cuando se trata de nuestra salud. Este fenómeno, conocido como disonancia cognitiva, revela una de las características más desconcertantes del cerebro humano.

El consumidor exigente

Observemos nuestro comportamiento cotidiano como consumidores. Cuando nuestro automóvil se avería, invertimos tiempo considerable buscando el mejor taller mecánico. Consultamos reseñas, comparamos precios, preguntamos a conocidos y nos aseguramos de contratar a un profesional cualificado. Lo mismo ocurre con cualquier servicio técnico: ya sea la reparación del televisor, el teléfono móvil o cualquier electrodoméstico. Nos convertimos en investigadores meticulosos, evaluando opciones y huyendo de posibles estafadores.

Esta actitud refleja una racionalidad práctica admirable. Comprendemos que para solucionar problemas técnicos necesitamos conocimiento especializado verificable. No aceptaríamos que un mecánico nos dijera que arreglará nuestro coche mediante «energías ancestrales» o que el técnico del móvil proponga una «curación holística» para la pantalla rota.

El paciente crédulo

Sin embargo, esta misma persona que ejerce tal escrutinio con objetos materiales puede experimentar una transformación radical cuando enferma. De repente, el pensamiento crítico se evapora. Un familiar, vecino o conocido cuenta una anécdota sobre alguien que «se curó milagrosamente» de hemorroides, cáncer o cualquier dolencia mediante remedios alternativos, y el filtro racional desaparece por completo.

Es entonces cuando caemos en manos de quienes prometen sanar todas las enfermedades conocidas —y por conocer— mediante misteriosas «energías» que, curiosamente, nunca han podido ser detectadas ni medidas por la ciencia. Estos sanadores modernos afirman poseer conocimientos ancestrales accesibles solo para ellos, esquivos a cualquier análisis objetivo o ensayo clínico controlado.

La contradicción reveladora

Esta dualidad plantea una pregunta incómoda: ¿por qué aplicamos estándares tan diferentes? Parece que el correcto funcionamiento de nuestro teléfono inteligente importa más que la salud —o incluso la vida— de nuestros seres queridos. Un aparato electrónico merece un técnico certificado con conocimientos comprobables, pero nuestro cuerpo puede confiarse a quien asegure tener dones especiales sin evidencia alguna.

La disonancia cognitiva permite que estas dos actitudes contradictorias coexistan sin generar conflicto interno aparente. Podemos ser simultáneamente escépticos rigurosos y creyentes acríticos, dependiendo del contexto. Esta capacidad mental, aunque adaptativa en ciertos aspectos evolutivos, se convierte en un serio problema cuando nuestro bienestar está en juego.

Las consecuencias reales

Esta irracionalidad selectiva no es un simple ejercicio filosófico. Tiene consecuencias tangibles y a menudo trágicas. Personas diagnosticadas con enfermedades tratables abandonan terapias con evidencia científica para seguir tratamientos sin respaldo empírico. Pacientes oncológicos invierten miles de euros en remedios naturales sin eficacia demostrada mientras rechazan la quimioterapia.

Los promotores de estas terapias alternativas rara vez presentan estudios rigurosos que avalen sus afirmaciones. No se someten a ensayos clínicos con doble ciego ni publican sus resultados en revistas científicas revisadas por pares. Sin embargo, encuentran una audiencia receptiva precisamente cuando las personas están más vulnerables: cuando enfrentan el miedo a la enfermedad y la muerte.

El poder de la anécdota

¿Por qué una simple historia personal resulta más convincente que décadas de investigación médica? Las anécdotas poseen un poder emocional que los datos estadísticos no pueden igualar. Una narración sobre la recuperación milagrosa de alguien cercano activa nuestras emociones y cortocircuita el pensamiento analítico. Queremos creer que existe una solución sencilla, ancestral y natural para nuestros males.

Además, los testimonios de curaciones alternativas suelen omitir detalles cruciales: tratamientos médicos convencionales recibidos simultáneamente, remisiones espontáneas, diagnósticos erróneos iniciales o simplemente el efecto placebo. Pero en un estado de desesperación, estos matices pasan desapercibidos.

Recuperando la coherencia

No se trata de negar que los pacientes busquen esperanza o consuelo emocional durante procesos difíciles. Se trata de aplicar la misma exigencia de evidencia a quien promete curar nuestro cáncer que al técnico que arregla nuestro ordenador. Nuestra vida vale infinitamente más que cualquier dispositivo electrónico.

La medicina científica no es perfecta, pero se basa en metodologías diseñadas para minimizar el error y la autoengaño. Los tratamientos médicos se someten a pruebas rigurosas antes de aprobarse. Cuando fallan, se investiga por qué. Cuando funcionan, se documenta cómo.

La próxima vez que nos enfrentemos a un problema de salud, valdría la pena preguntarnos: ¿le confiaría la reparación de mi coche a esta persona? Si la respuesta es no, quizás tampoco deberíamos confiarle algo tan valioso como nuestra salud. Aplicar el mismo estándar de evidencia en todos los ámbitos de nuestra vida no es excesivo; es simplemente coherente.

El pensamiento crítico no debería ser opcional ni selectivo. Especialmente cuando están en juego cosas que realmente importan.

Fuente: La ciencia y sus demonios


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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