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Durante las últimas dos décadas, España ha sido testigo de un fenómeno que merece un análisis desprovisto de sentimentalismos: la movilización sistemática de organizaciones ultracatólicas que han convertido los tribunales en su campo de batalla preferido contra la expansión de derechos individuales. Del aborto a la eutanasia, pasando por el matrimonio igualitario, estas entidades han desplegado una estrategia judicial que plantea interrogantes sobre los límites entre la legítima defensa de convicciones y el obstruccionismo ideológico.

El patrón reconocible

La mecánica es conocida: cada vez que el legislador aprueba una norma que amplía la autonomía personal en cuestiones de conciencia, emergen recursos, querellas y campañas mediáticas orquestadas desde plataformas que se presentan como defensoras de «la vida» o «los valores». La Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo de 2010, la Ley de Eutanasia de 2021, e incluso reformas educativas han sido objeto de impugnaciones sistemáticas ante el Tribunal Constitucional.

Lo curioso es la selectividad del discurso. Estas organizaciones invocan la «defensa de la vida» cuando se trata del aborto, pero guardan un silencio ensordecedor ante la pena de muerte en otros países, las muertes evitables por pobreza o las políticas migratorias que cuestan vidas en el Mediterráneo. La coherencia brilla por su ausencia.

El argumento de la imposición

Uno de los mantras favoritos es que estas leyes «imponen» una visión del mundo. Sin embargo, conviene recordar lo evidente: la legalización del aborto no obliga a nadie a abortar; la eutanasia no fuerza a nadie a solicitarla; el matrimonio entre personas del mismo sexo no invalida las uniones heterosexuales. Lo que estas normas hacen es precisamente lo contrario: eliminar imposiciones, permitiendo que cada ciudadano decida según su conciencia.

La verdadera imposición ocurre cuando se pretende que todos los ciudadanos de una democracia plural se ajusten a los preceptos morales de una determinada confesión religiosa. En una sociedad laica, la libertad implica que quien considera el aborto inmoral puede no practicarlo, pero no puede impedir que otros, con diferentes convicciones, ejerzan su autonomía.

La instrumentalización del derecho

El uso intensivo de recursos judiciales como herramienta de activismo político presenta otro problema: la saturación del sistema judicial y el gasto de recursos públicos en litigios cuya finalidad real no es obtener justicia, sino dilatar la aplicación de leyes democráticamente aprobadas. Cuando organizaciones con financiación opaca interponen decenas de recursos contra una misma ley, ¿estamos ante el ejercicio legítimo de derechos o ante una estrategia de obstrucción?

El discurso victimista

Resulta paradójico que sectores históricamente vinculados al poder —la Iglesia católica gozó durante décadas de privilegios institucionales en España— se presenten ahora como víctimas perseguidas. La secularización del Estado y la ampliación de derechos civiles no constituyen una persecución; son la consecuencia natural de una sociedad que madura y reconoce la diversidad de sus ciudadanos.

Nadie impide a los católicos practicar su fe, educar a sus hijos según sus valores o manifestarse pacíficamente. Lo que sí se cuestiona es su pretensión de que sus normas morales particulares se conviertan en leyes obligatorias para todos, creyentes y no creyentes.

La incoherencia sobre la autonomía

Estas organizaciones defienden ardientemente la libertad de conciencia cuando se trata de objeción en el ámbito sanitario, pero la niegan rotundamente cuando una mujer decide interrumpir su embarazo o cuando un enfermo terminal solicita ayuda para morir dignamente. ¿Dónde queda la autonomía personal que tanto proclaman?

La respuesta revela la trampa: no se trata realmente de defender la libertad, sino de imponer una visión específica sobre cuándo y cómo debe ejercerse esa libertad. Es una autonomía tutelada, condicionada, selectiva.

El coste para las personas reales

Mientras estos debates se prolongan en tribunales y medios, hay personas reales que sufren las consecuencias: mujeres que no pueden acceder a una interrupción del embarazo en su comunidad autónoma por saturación de objetores; enfermos terminales que padecen agonías innecesarias; menores LGTBI que crecen en entornos donde su identidad es tratada como una enfermedad a curar.

El activismo judicial ultracatólico no opera en el vacío de las ideas abstractas: tiene efectos concretos sobre vidas concretas. Y esos efectos raramente se mencionan en las homilías dominicales.

Una democracia capaz de decidir

España ha demostrado, en las últimas décadas, una capacidad notable para debatir, legislar y evolucionar en materia de derechos civiles. Los cambios han sido profundos y, en general, han contado con respaldo social mayoritario. Pretender revertir este proceso mediante estrategias judiciales es, en el fondo, desconfiar de la democracia misma.

Una sociedad madura no teme a la pluralidad ni a que sus ciudadanos tomen decisiones sobre sus propias vidas. El verdadero respeto a la vida incluye respetar la capacidad de las personas para decidir sobre su cuerpo, su muerte y su conciencia, sin imposiciones teocráticas disfrazadas de neutralidad.

La pregunta que queda flotando es incómoda pero necesaria: ¿cuándo dejará de confundirse la defensa de convicciones personales con el derecho a imponerlas a toda una sociedad?

Generado por Claude


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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