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Cuando desperté el sábado pasado temprano con la noticia de que Estados Unidos había atacado Venezuela, capturando al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, quedé atónita, pronto horrorizada. Como muchos periodistas, de inmediato comencé a cuestionar las afirmaciones del presidente Donald Trump de que empresas estadounidenses, respaldadas por el gobierno federal, invertirían miles de millones para revivir el sector petrolero venezolano en decadencia.

Pero como reportera de combustibles fósiles y clima en The Guardian, noté algo ausente en la cobertura inicial: casi nadie preguntaba qué significarían las acciones de Trump para el clima.

El elefante en la habitación

Hubo análisis extensos sobre obstáculos técnicos y políticos: qué tan rápido podría repararse la infraestructura deteriorada de Venezuela, cuánto costaría, y si las grandes petroleras estarían dispuestas a asumir tanto riesgo financiero dada toda la incertidumbre. Preguntas críticas, sin duda, pero mi colega Oliver Milman y yo nos enfocamos en otras.

Venezuela supuestamente posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo: unos 300 mil millones de barriles, según la firma de investigación Energy Institute. Gran parte de esto es crudo extrapesado, un petróleo espeso y viscoso cuya extracción y refinación es especialmente intensiva en carbono.

Cualquier aumento significativo en la producción requeriría procesamiento que consume enormes cantidades de energía y años de inversión, dicen los analistas. Esto podría comprometer millones de barriles diarios de nuevo suministro —y las emisiones asociadas— durante décadas.

Las cifras aterradoras

Incluso aumentar la producción a 1.5 millones de barriles diarios desde el nivel actual de aproximadamente 1 millón produciría unos 550 millones de toneladas adicionales de dióxido de carbono anualmente, me dijo Paasha Mahdavi, profesor asociado de ciencias políticas en la Universidad de California, Santa Barbara. Eso es más contaminación de carbono de la que el Reino Unido emite en un año entero.

Esta realidad contrasta incómodamente con el consenso científico de que la producción mundial de petróleo debe disminuir rápidamente para evitar los peores impactos del colapso climático. En un momento en que los gobiernos deberían estar reduciendo los presupuestos de carbono y tomando medidas para frenar los daños climáticos, Trump está tratando la expansión de combustibles fósiles como un activo geopolítico en lugar de un pasivo planetario.

Una paradoja peligrosa

La paradoja es escalofriante: mientras científicos de todo el mundo advierten que debemos dejar el petróleo bajo tierra, la administración Trump contempla desbloquear una de las reservas más grandes y contaminantes del planeta. No se trata solo de números abstractos en informes climáticos; se trata de comprometer el futuro de millones de personas que ya sufren sequías, inundaciones, huracanes más intensos y otros efectos del cambio climático.

Venezuela, irónicamente, es uno de los países que más ha sufrido los impactos del cambio climático en América Latina. Las sequías han afectado su sistema hidroeléctrico, las temperaturas extremas han aumentado, y las comunidades vulnerables enfrentan escasez de agua y alimentos. ¿La respuesta? Más combustibles fósiles.

El verdadero costo

El crudo extrapesado venezolano requiere procesos de extracción y refinación más complejos que el petróleo convencional. Necesita calentarse, diluirse con solventes y someterse a tratamientos intensivos para poder ser transportado y procesado. Cada uno de estos pasos consume energía y genera emisiones adicionales de gases de efecto invernadero.

Los analistas estiman que rehabilitar la industria petrolera venezolana requeriría inversiones de entre 150 mil millones y 200 mil millones de dólares durante varios años. Este dinero no solo perpetuaría nuestra adicción al petróleo, sino que también desviaría recursos masivos que podrían destinarse a energías renovables, infraestructura sostenible y adaptación climática.

Una decisión con consecuencias globales

La estrategia de Trump revela una visión del mundo donde el poder geopolítico y los beneficios económicos a corto plazo importan más que la estabilidad climática a largo plazo. Pero el clima no reconoce fronteras ni alianzas políticas. Las emisiones de carbono venezolanas calentarán la atmósfera global, contribuyendo a fenómenos extremos en todos los continentes.

Además, este movimiento envía una señal desastrosa a la comunidad internacional justo cuando más necesitamos liderazgo climático. Mientras países como China y la Unión Europea invierten billones en energía limpia, Estados Unidos bajo Trump parece empeñado en anclar su economía al pasado fósil.

¿Dónde está el debate climático?

Lo más preocupante es que esta dimensión climática ha estado prácticamente ausente del debate público y mediático. Hablamos de soberanía, de sanciones, de relaciones internacionales, de mercados petroleros, pero rara vez del planeta que todos compartimos.

Esta omisión no es accidental. Refleja cómo, incluso ahora, con décadas de ciencia climática sólida, seguimos tratando las decisiones sobre combustibles fósiles como si sus consecuencias fueran meramente económicas o políticas, ignorando que son fundamentalmente existenciales.

Conclusión

Las ambiciones petroleras de Trump en Venezuela no son solo un asunto de política exterior estadounidense o de recuperación económica venezolana. Son una apuesta contra el futuro habitable de nuestro planeta. Cada barril de ese crudo extrapesado nos aleja más de un mundo donde podamos controlar el calentamiento global.

La pregunta que deberíamos hacernos no es cuánto petróleo podemos extraer de Venezuela, sino cuánto más podemos permitirnos quemar antes de que sea demasiado tarde. Y la ciencia ya nos ha dado la respuesta: mucho menos de lo que Trump propone.

Generado por Claude


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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