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En los últimos años, el régimen venezolano destinó cantidades considerables de recursos públicos a una estrategia poco convencional: contratar servicios espirituales para proteger al presidente Nicolás Maduro. Pastores evangélicos, gurús y líderes religiosos de diversas denominaciones recibieron fondos para realizar ceremonias, oraciones masivas y lo que algunos llamaron «guerras espirituales» destinadas a blindar al mandatario contra sus adversarios políticos. El resultado reciente de los acontecimientos en Venezuela plantea una pregunta incómoda: ¿dónde quedó toda esa protección divina?

El negocio de la fe política

La instrumentalización de la religión por parte del poder no es nueva en América Latina. Sin embargo, el caso venezolano alcanzó dimensiones particularmente llamativas. Mientras hospitales carecían de insumos básicos y maestros recibían salarios de hambre, el dinero de los contribuyentes fluía hacia templos y organizaciones religiosas afines al gobierno. Los eventos eran grandilocuentes: concentraciones multitudinarias donde se «ataban demonios» y se «levantaban muros espirituales» alrededor del líder.

Estos pastores y gurús no trabajaban gratis. Los contratos, las donaciones gubernamentales y los privilegios fiscales construyeron un ecosistema donde la lealtad política se disfrazaba de fervor religioso. Algunos líderes religiosos recibían acceso a medios de comunicación estatales, otros obtenían permisos especiales para importar bienes o acceso preferencial a divisas en un país donde la mayoría de la población no podía conseguir dólares para comprar medicinas.

La teología del poder absoluto

El discurso era consistente: Maduro era un «ungido», un «instrumento divino» para llevar adelante un proyecto político que supuestamente tenía bendición celestial. Cualquier oposición no era simplemente política, sino espiritual, diabólica incluso. Esta narrativa servía a un doble propósito: legitimaba al régimen ante sectores religiosos de la población y deslegitimaba moralmente a sus críticos.

Las ceremonias se multiplicaban. Ayunos colectivos, vigilias nocturnas, imposiciones de manos transmitidas por televisión nacional. Cada amenaza política era respondida no solo con represión terrenal, sino con contraofensivas espirituales. Los pastores aseguraban que sus oraciones habían frustrado golpes de estado, desactivado conspiraciones y protegido al presidente de toda clase de peligros.

Cuando la realidad supera a la retórica

Pero he aquí el problema con las promesas sobrenaturales: eventualmente chocan con la realidad concreta. Los venezolanos, mientras tanto, seguían emigrando por millones, la economía continuaba desplomándose y el descontento social crecía más allá de lo que cualquier ritual podía contener. Las oraciones no llenaban estómagos vacíos ni detenían la hiperinflación.

Y entonces llegó ese momento que los defensores del régimen habían jurado que nunca ocurriría. Las celebraciones en las calles, la alegría desbordada de millones que veían un cambio político como posible o inminente. Toda esa inversión en protección divina, todos esos hechizos y conjuros, todas esas cadenas de oración parecieron evaporarse ante el empuje de la historia real.

El silencio elocuente

Lo más revelador quizás no sea el fracaso de las «protecciones espirituales», sino el silencio posterior. ¿Dónde están ahora esos pastores que prometían blindajes celestiales? ¿Cómo explican que sus profecías de victoria eterna no se cumplieran? Algunos han guardado silencio, otros han intentado reinterpretar los acontecimientos con nuevas gimnasias teológicas. Ninguno, por supuesto, ha ofrecido devolver el dinero público que recibieron por servicios que evidentemente no funcionaron.

Una lección sobre realidad y superstición

Este episodio ofrece una lección que trasciende la política venezolana. Es un recordatorio de que el universo funciona según leyes naturales, no según los deseos de quienes están en el poder o de quienes los adulan. La historia la hacen las personas reales con sus acciones concretas, no las invocaciones a entidades sobrenaturales.

Pocas veces tenemos la oportunidad de observar un experimento social tan claro. Un régimen apostó recursos significativos a la intervención divina. Contrató a los supuestos intermediarios de lo sobrenatural. Realizó todos los rituales prescritos. Y aun así, la realidad siguió su curso, indiferente a los rezos y ceremonias.

La celebración de la autonomía humana

Las imágenes de celebración en Venezuela, independientemente de las preferencias políticas de cada quien, representan algo profundo: son personas celebrando su capacidad de cambiar su destino por medios humanos, no sobrenaturales. Celebran que su voluntad colectiva puede tener peso en el mundo real. Celebran, en cierto sentido, su propia agencia frente a quienes querían convencerlos de que fuerzas místicas determinaban su futuro político.

Es casi como si el universo operara sin dioses que intervengan en las disputas políticas humanas. Como si las oraciones pagadas con dinero público no tuvieran más poder que las palabras al viento. Como si, al final, la realidad fuera simplemente eso: realidad, no un campo de batalla entre ángeles y demonios, sino el escenario donde seres humanos concretos toman decisiones que tienen consecuencias concretas.

El dinero de los contribuyentes venezolanos, gastado en esos rituales, se perdió. No compró protección divina porque tal cosa no existe. Solo enriqueció a charlatanes que vendieron ilusiones a un régimen desesperado por legitimidad. La ironía final es que quizás el fracaso más evidente de ese gobierno sea precisamente este: demostraron, sin quererlo, que ni todo el dinero del mundo puede comprar lo que no existe.

Generado por Claude

Categorías: PolíticaReligión

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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