Cuando el gesto grandilocuente se encuentra con la realpolitik, el resultado puede ser tan incómodo como revelador

La escena política venezolana acaba de ofrecer uno de esos episodios que oscilan entre lo tragicómico y lo preocupante. María Corina Machado, líder opositora venezolana y reciente ganadora del Premio Nobel de la Paz, protagonizó una secuencia de eventos que merece un análisis más allá de las consignas simples.

El gesto y el desplante

Primero, el gesto grandilocuente: Machado decidió dedicar su Nobel de Paz a Donald Trump. Un premio que honra la lucha pacífica por la democracia, dedicado a una figura tan controvertida como el presidente estadounidense. Pero la cosa no quedó ahí. En un giro que desafía la lógica de lo que significa un «Nobel de Paz», Machado pasó a rogarle públicamente al mismo Trump que bombardeara Venezuela. Sí, leyeron bien: bombardear su propio país.

La respuesta de Trump fue un balde de agua fría: básicamente dijo que no creía que Machado tuviera suficiente reconocimiento popular entre los venezolanos. Plop. El sonido de una estrategia diplomática estrellándose contra el muro de la indiferencia trumpiana.

El listón está en el sótano

Seamos claros: tener a María Corina Machado al mando del país sería, probablemente, una mejora significativa frente a mantener el chavismo en el poder. Pero esta verdad viene con un asterisco gigante: eso es cierto de prácticamente cualquier alternativa democrática. El listón está tan bajo que casi cualquiera que respete un mínimo de institucionalidad representaría un avance.

Venezuela ha sufrido bajo un régimen que ha desmantelado sistemáticamente las instituciones democráticas, provocado una crisis humanitaria de proporciones épicas y forzado a millones de venezolanos al exilio. En ese contexto, casi cualquier cambio parece prometedor. Pero eso no significa que debamos entregar cheques en blanco o cerrar los ojos ante señales de alarma.

Las banderas rojas

Y aquí es donde la historia de Machado se vuelve problemática. Su cercanía con Donald Trump no es un detalle menor. Trump representa un modelo de política que ha mostrado desprecio repetido por las normas democráticas, que ha coqueteado con el autoritarismo y que ha polarizado sociedades enteras. No es exactamente el referente que uno esperaría de alguien que dice luchar por la democracia.

Más preocupante aún es su disposición a pedir intervención militar extranjera. Independientemente de cuán desesperada sea la situación en Venezuela, rogar por bombardeos sobre tu propio país revela, en el mejor de los casos, una falta grave de juicio político. En el peor, sugiere una visión donde los fines justifican cualquier medio, incluso aquellos que implican violencia externa sobre la población civil.

Luego está el tema de hacer campaña política con la religión. Venezuela es un país diverso, con ciudadanos de distintas creencias y ninguna. Usar la fe como herramienta de movilización política es jugar con fuego en cualquier democracia que se precie de serlo. La historia está llena de ejemplos de cómo la mezcla tóxica de política y religión termina erosionando tanto la calidad democrática como la libertad de conciencia.

El peligro del «mal menor»

El gran riesgo en situaciones como la venezolana es caer en la trampa del «mal menor» hasta el punto de normalizar comportamientos que, en otras circunstancias, consideraríamos inaceptables. Sí, Machado probablemente sería mejor que Maduro. Pero eso no la hace automáticamente buena, ni significa que debamos ignorar sus impulsos antidemocráticos.

La democracia no es solo un sistema para cambiar de gobierno. Es un conjunto de valores, instituciones y prácticas que limitan el poder y protegen derechos. Alguien puede llegar al poder prometiendo restaurar la democracia y terminar erosionándola desde dentro si no tiene un compromiso genuino con sus principios fundamentales.

El test de la oposición responsable

La verdadera prueba de un líder opositor no es solo su capacidad para criticar al régimen actual o movilizar descontento. Es su disposición a autolimitarse, a respetar el pluralismo, a construir consensos amplios y a rechazar atajos autoritarios incluso cuando parecen convenientes.

Pedir bombardeos extranjeros, alinearse con figuras autoritarias de otros países, o instrumentalizar la religión son precisamente el tipo de atajos que deberían hacernos pausar. Venezuela necesita desesperadamente un cambio, pero también necesita que ese cambio sea hacia una democracia real, no hacia otra forma de caudillismo con distinto signo ideológico.

Conclusión: exigir más

Los venezolanos merecen algo mejor que elegir entre un régimen autoritario consolidado y una oposición con tendencias preocupantes. Merecen líderes que no solo prometan democracia sino que la encarnen en sus métodos y alianzas.

El episodio del Nobel dedicado a Trump y el posterior desplante no es solo anecdótico. Es sintomático de un problema más profundo: la tentación de sacrificar principios democráticos en el altar de la urgencia política.

Podemos reconocer que Machado sería preferible al chavismo sin dejar de señalar que sus impulsos antidemocráticos son problemáticos. De hecho, es precisamente porque importa el futuro democrático de Venezuela que no podemos permitirnos regalar pases libres a nadie, sin importar cuán bajo esté el listón de comparación.

Generado por Claude

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He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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