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La historia de la laicidad en España es extraordinariamente breve y accidentada. Desde el Emperador Teodosio I, nacido en Hispania, hasta nuestros días, las relaciones entre el Estado español y la Iglesia católica han sido de unión constante, interrumpida solo por breves paréntesis republicanos. El artículo de José-Luis Rubio plantea una reflexión profunda sobre este histórico entrelazamiento y sus consecuencias para la sociedad española contemporánea.
Los primeros intentos fallidos
El primer intento serio de establecer la laicidad llegó con un proyecto de ley sobre libertad de culto durante la Primera República de 1873, que apenas duró diez meses. Habría que esperar hasta la proclamación de la Segunda República el 14 de abril de 1931 para ver materializado este principio. La Constitución Republicana de diciembre de ese año estableció en su artículo 3 que «el Estado español no tiene religión oficial», prohibiendo que las administraciones públicas mantuvieran o favorecieran a las instituciones religiosas.
Esta Constitución representó un hito histórico al reconocer la libertad de conciencia, la laicidad de los cementerios y establecer que nadie podía ser obligado a manifestar públicamente sus creencias. Sin embargo, la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista truncaron este avance democrático.
La paradoja constitucional actual
La Constitución de 1978, aprobada tras la muerte de Franco, presenta una contradicción significativa. Si bien su artículo 16 declara que «ninguna confesión tendrá carácter estatal», añade inmediatamente que «los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica». Esta formulación ambigua ha permitido mantener una relación privilegiada con la Iglesia que contradice el espíritu laico.
Tres cuestiones históricas divisorias
Rubio identifica tres elementos que han dividido históricamente a los españoles desde el siglo XIX: la forma de Estado (monarquía o república), la articulación interna (centralismo o federalismo) y la identidad del mismo (confesionalismo o laicismo). Este último punto sigue siendo especialmente problemático en el siglo XXI.
El problema educativo
Una de las manifestaciones más evidentes de esta falta de laicidad es el sistema educativo. Aunque se presenta como «ética», la asignatura de religión en los centros públicos sigue siendo elegida por los obispos diocesanos, que controlan tanto al profesorado como los contenidos y materiales didácticos. Esta situación convierte la declaración de aconfesionalidad del Estado en una ficción legal.
Privilegios económicos insostenibles
La Iglesia católica española mantiene privilegios fiscales extraordinarios: no paga impuestos de ninguna clase, puede inmatricular propiedades mediante procedimientos cuestionables (como la Mezquita-Catedral de Córdoba por 30 euros), y participa en procesiones donde desfilan el Ejército y las Fuerzas de Seguridad del Estado en armas. Estas prácticas contradicen frontalmente el carácter aconfesional proclamado constitucionalmente.
El modelo francés como referencia
Rubio menciona la Ley de Separación francesa de 1905 como modelo histórico, aunque duda de que sea exportable directamente a España. La laicidad requiere una vertebración del país basada en la separación efectiva entre Estado e instituciones religiosas, algo que requeriría una profunda reforma constitucional y, probablemente, el establecimiento de una Tercera República.
Conclusión: una revolución necesaria
Implantar la verdadera laicidad en España constituiría una revolución cultural y política. No se trata simplemente de copiar modelos extranjeros, sino de desarrollar una legislación acorde con los principios democráticos del siglo XXI: igualdad de derechos, oportunidades y deberes, instrucción pública laica, y separación clara entre lo público y lo religioso.
La pregunta del título —¿qué laicidad para España?— sigue vigente. La respuesta pasa por superar el miedo histórico a enfrentarse a los privilegios eclesiásticos y construir un Estado verdaderamente neutral en materia religiosa, donde la libertad de conciencia sea efectiva y no meramente declarativa. Como señala Rubio citando a Machado: «Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora». La ignorancia y el conformismo siguen siendo los mayores obstáculos para alcanzar una auténtica laicidad en España.
Fuente: Laicismo.org
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