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Donald Trump firmó este jueves en Davos la carta fundacional de su «Junta de Paz», una iniciativa que pretende promover la estabilidad y resolver conflictos globales, pero que en realidad representa el intento más descarado de las últimas décadas por desmantelar el sistema internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. El presidente estadounidense se rodeó de un elenco que parece sacado de un casting de villanos geopolíticos: Javier Milei de Argentina, Viktor Orbán de Hungría, y figuras de Pakistán, Indonesia, Paraguay y Armenia, mientras que países clave como Francia, Italia, Alemania, Reino Unido y Noruega han declinado o expresado serias reservas.

Lo más revelador del acto no fue quién estuvo presente, sino quién no pudo estar: Benjamín Netanyahu, primer ministro israelí y supuestamente socio clave de esta Junta de Paz, brilló por su ausencia debido a una orden de arresto del Tribunal Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra. También se invitó a Vladimir Putin, igualmente buscado por la justicia internacional. Es difícil no ver la ironía: una organización que supuestamente busca la paz mundial incluye entre sus líderes a dos personas acusadas de crímenes de guerra.

Un consejo hecho a medida

El estatuto de este organismo revela su verdadera naturaleza. Trump podrá presidir la Junta de forma indefinida, incluso más allá de un segundo mandato, una prerrogativa que no tiene precedentes en la diplomacia internacional moderna. Solo él puede invitar o expulsar miembros, aunque con la salvaguarda de un veto por mayoría de dos tercios. En otras palabras, Trump se ha autoproclamado árbitro vitalicio de la paz mundial.

La denominada Junta Ejecutiva fundadora es igualmente reveladora: Marco Rubio, secretario de Estado; Steve Witkoff, enviado especial; Tony Blair, ex primer ministro británico; y, por supuesto, Jared Kushner, yerno del presidente. Un club de amigos con poder de decisión sobre conflictos globales. Marc Weller, profesor de derecho internacional en Cambridge, no se anduvo con rodeos: esta iniciativa representa un asalto directo a las Naciones Unidas.

El plan maestro de Kushner: gentrificación en Gaza

El momento más surreal del evento fue la presentación de Jared Kushner, quien desveló su «plan maestro» para Gaza: una transformación del enclave devastado en un complejo de lujo con hasta 180 rascacielos, muchos de ellos probablemente destinados a hoteles. Con imágenes generadas por computadora mostrando torres futuristas, centros de datos y zonas de turismo costero, Kushner pintó una visión de «Nueva Gaza» y «Nueva Rafah» que recuerda más a un prospecto inmobiliario de Dubái que a un plan humanitario para una población que ha sufrido más de 71.000 muertes.

El cinismo alcanza cotas insoportables cuando consideramos que Rafah, la ciudad que ahora Kushner imagina como zona residencial de lujo, fue arrasada por el ejército israelí el año pasado, forzando el desplazamiento de cientos de miles de palestinos. La pregunta que flota en el aire es obvia: ¿dónde quedan los dos millones de palestinos actuales en esta visión de rascacielos junto al mar?

Kushner prometió empleo pleno, ingreso promedio de 13.000 dólares anuales y un PIB de 10.000 millones en una década. Todo, claro está, condicionado a que Hamas se desmilitarice completamente, algo que la organización palestina ha dejado claro que solo haría ante un ejército palestino en un Estado palestino soberano. Es decir, el «plan maestro» se basa en una condición que no se cumplirá.

La ONU como enemigo conveniente

Trump volvió a cargar contra la ONU, argumentando que tiene un potencial que no aprovecha. Curiosamente, el secretario general de la ONU, António Guterres, señaló que la institución no posee constancia de ninguna invitación oficial para participar en este consejo. La narrativa de Trump es clara: construir un orden paralelo con él al centro, marginando el multilateralismo que ha sostenido el sistema internacional durante ocho décadas.

De los aproximadamente 60 países invitados, solo unos 25 aceptaron unirse, y pocos de los que se inscribieron formalmente son democracias. El mensaje implícito es inquietante: la nueva diplomacia de Trump no se basa en valores compartidos o instituciones democráticas, sino en lealtades personales y transacciones de poder.

El precio de la «paz»

Para financiar esta aventura, los miembros permanentes deberían aportar mil millones de dólares cada uno. Es una cantidad que drena recursos que podrían ir a la ONU y sus agencias, precisamente en un momento en que la administración Trump les ha advertido que deben adaptarse, reducirse o morir. La estrategia es transparente: asfixiar financieramente al sistema multilateral mientras se construye uno alternativo bajo control estadounidense.

Tom Fletcher, jefe humanitario de la ONU, respondió con firmeza que Naciones Unidas no va a ninguna parte, reafirmando el papel central del organismo creado hace 80 años. Pero la pregunta permanece: ¿cuánto daño puede causar esta Junta de Paz antes de desvanecerse?

Cuando la paz es un eslogan vacío

Hay algo profundamente perturbador en llamar «Junta de Paz» a un organismo liderado por Trump, con Netanyahu ausente por orden de arresto internacional, Putin invitado pese a la invasión de Ucrania, y un plan estrella que propone convertir Gaza en un resort de lujo mientras sus habitantes aún buscan refugio entre los escombros.

Esta no es una iniciativa de paz. Es un intento de reconfigurar el orden global según los intereses y la vanidad de un solo hombre, rodeado de líderes autoritarios o impopulares en sus propios países. Es diplomacia como espectáculo, donde la sustancia se sacrifica por la apariencia de grandeza.

El verdadero delirio no es creer que se puede crear una organización alternativa a la ONU. El delirio es pensar que la paz mundial puede construirse sobre la base del nepotismo, el autoritarismo y planes inmobiliarios para territorios ocupados. Mientras Kushner muestra sus renders de rascacielos, los palestinos siguen sin hogar. Mientras Trump firma actas con Milei y Orbán, las democracias occidentales miran con escepticismo. Y mientras se habla de paz, la realidad es que esta Junta representa todo lo contrario: la concentración de poder sin rendición de cuentas, la marginación del derecho internacional y la subordinación de los derechos humanos a intereses geopolíticos.

Davos ha sido escenario de muchos anuncios grandilocuentes que nunca prosperaron. Ojalá la Junta de Paz de Trump sea uno más en esa larga lista.

Generado por Claude


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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