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La publicación de Redimir y adoctrinar: El Patronato de Protección a la Mujer (Crítica, 2026), de la historiadora Carmen Guillén, vuelve a colocar en el centro del debate uno de los dispositivos de control más opacos y, a la vez, más eficaces del franquismo: el Patronato de Protección a la Mujer. Bajo la apariencia de una institución benéfica destinada a “salvar” a jóvenes en riesgo, se articuló un sistema de represión moral y social en el que el Estado, la Iglesia y amplios sectores de la sociedad civil colaboraron estrechamente.

Un aparato de control moral

Creado en el contexto del nacionalcatolicismo, el Patronato se presentaba como una herramienta para “proteger” a las jóvenes de la prostitución, la “inmoralidad” o la “desviación” de los valores familiares. En la práctica, su radio de acción era mucho más amplio: podía alcanzar a cualquier chica considerada “descarriada”, es decir, que se apartara de los modelos de feminidad sumisa, recatada y maternal promovidos por el régimen.

Bastaba una denuncia vecinal, una queja de la familia, un informe de un cura o de un maestro para que una joven quedara bajo la tutela del Patronato. Esa tutela podía traducirse en internamientos forzosos en centros regentados por congregaciones religiosas, donde la frontera entre corrección moral, castigo y explotación resultaba difusa.

La alianza entre Estado e Iglesia

El libro de Guillén muestra cómo el Patronato funcionó como un engranaje privilegiado de la alianza entre el Estado franquista y la Iglesia católica. El Estado proporcionaba el marco legal, la legitimidad y, en muchos casos, la financiación; las congregaciones religiosas aportaban la infraestructura material y el personal que gestionaba los centros de internamiento.

Esta división de tareas no era casual. Permitía al régimen externalizar la represión cotidiana

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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