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La polémica reciente en torno a unas jornadas sobre la Guerra Civil española, coordinadas por Arturo Pérez-Reverte y con la presencia de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, ha reavivado un debate que creíamos superado pero que, evidentemente, sigue latente en nuestra sociedad: ¿cómo recordamos nuestra guerra? ¿Quién tiene derecho a narrarla? Y, sobre todo, ¿es válido el relato de «la guerra que todos perdimos»?
El título del evento resulta, cuando menos, problemático. No porque sea falso afirmar que la Guerra Civil fue una tragedia para España —lo fue, sin duda alguna—, sino porque esa frase, aparentemente neutral y conciliadora, esconde una trampa conceptual. Equipara a víctimas y verdugos, a un régimen democrático y a quienes se sublevaron contra él, a quienes defendieron la legalidad republicana y a quienes la destruyeron con las armas. Es la equidistancia elevada a categoría histórica.
David Uclés, escritor que se ha retirado del evento, y Zira Box, historiadora que también ha cancelado su participación, han señalado algo fundamental: no se puede tratar la Guerra Civil como un accidente simétrico en el que todos fueron igualmente responsables. La guerra comenzó con un golpe de Estado contra un gobierno legítimo, elegido democráticamente. No hubo «dos bandos» enfrentados por igual; hubo un bando que atacó la democracia y otro que la defendió. Que la República tuviera sus problemas, sus tensiones internas y sus propias violencias no convierte el conflicto en una responsabilidad compartida al cincuenta por ciento.
La presencia de Aznar y Espinosa de los Monteros en un evento sobre la Guerra Civil no es un detalle menor. Aznar ha dedicado años a construir un relato revisionista de la contienda, minimizando la naturaleza del franquismo y equiparando dictadura con democracia en su afán por blanquear la historia de la derecha española. Espinosa de los Monteros, por su parte, representa a un partido, Vox, que ha hecho de la reivindicación de ciertos símbolos franquistas y de la negación de la memoria democrática una de sus señas de identidad. Invitarlos a hablar sobre la Guerra Civil es como invitar al lobo a dar una charla sobre el bienestar de las ovejas.
Pérez-Reverte, con todo su talento literario y su capacidad para narrar historias bélicas, parece haber caído en la tentación del «españolismo trágico»: esa idea de que somos un pueblo condenado a matarnos entre nosotros, como si la guerra fuera un destino inevitable y no el resultado de decisiones políticas concretas. Este enfoque, tan cinematográfico como históricamente cuestionable, despolitiza el conflicto y lo convierte en una especie de fatalidad shakespeariana. Es una visión cómoda, literaria, incluso estética, pero profundamente errónea.
Porque la Guerra Civil no fue una tragedia griega. Fue el resultado de la incapacidad de las élites conservadoras españolas para aceptar la modernización democrática del país, de su rechazo a las reformas sociales republicanas y de su disposición a destruir la democracia antes que compartir el poder. Fue, en definitiva, el resultado de una decisión política: la de levantarse en armas contra un gobierno legítimo.
La retirada de Uclés y Box de estas jornadas no es un capricho. Es una posición ética y política clara: no se puede participar en un evento que legitima narrativas que equiparan democracia y fascismo, República y franquismo, víctimas y verdugos. No es censura, como dirán algunos; es coherencia. Del mismo modo que un historiador serio del Holocausto no participaría en un evento con negacionistas, no se puede exigir a historiadores rigurosos que compartan escenario con quienes blanquean el franquismo.
El problema de fondo es que España sigue sin resolver su relación con su pasado. A diferencia de Alemania, que asumió su responsabilidad histórica con el nazismo, o de Italia, que hizo un ajuste de cuentas con el fascismo, España transicionó hacia la democracia sin un proceso real de memoria democrática. El pacto del olvido, útil quizá en su momento, se ha convertido en una losa que impide una discusión honesta sobre nuestro pasado.
Y cuando esa discusión no se produce en el ámbito académico y político de manera seria, aparecen estos intentos de «reconciliación» que, en realidad, son ejercicios de equidistancia moral. Se confunde la necesidad de comprender históricamente todas las perspectivas con la obligación inexistente de darles a todas el mismo valor ético.
Sí, es cierto que hubo violencia en ambos bandos durante la guerra. Sí, es cierto que la República tuvo sus problemas y sus propias contradicciones. Pero eso no convierte la guerra en un empate moral. Un bando luchó por mantener la democracia; el otro, por destruirla e instaurar una dictadura que duraría cuarenta años. Un bando perdió y fue represaliado, encarcelado, exiliado y fusilado durante décadas; el otro ganó e impuso su relato oficial durante generaciones.
La historia no es un partido de fútbol donde se reparten responsabilidades a partes iguales para quedar bien con todos. La historia exige rigor, contexto y, sobre todo, honestidad intelectual. Y la honestidad intelectual nos dice que la Guerra Civil no fue «la guerra que todos perdimos», sino la guerra que perdió la democracia española y que ganó una dictadura militar.
Mientras no seamos capaces de asumir esto, seguiremos organizando jornadas con títulos horribles y carteles peores, invitando a personajes que niegan la evidencia histórica y viendo cómo los historiadores serios se ven obligados a retirarse para no legitimar el revisionismo. Y mientras tanto, la verdadera reconciliación —la que solo puede construirse sobre la verdad y el reconocimiento— seguirá siendo una asignatura pendiente de esta democracia.
Generado por Claude

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