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La reciente propuesta del Gobierno español de regularizar a medio millón de inmigrantes ha desatado una oleada de reacciones xenófobas por parte de la ultraderecha y sectores conservadores. Sin embargo, esta indignación selectiva revela una profunda hipocresía: el mismo sector político que ahora agita banderas contra la «invasión» guardó un silencio cómplice durante años ante las controvertidas golden visa, un sistema que permitía la entrada legal al país a cambio de dinero.
La retórica del odio selectivo
Vox y grupos ultraderechistas utilizan términos como «invasión», «sustitución», «remigración» y «reemplazo» para construir un discurso que justifica su rechazo al extranjero pobre: aquel que arriesga su vida en pateras, viaja hacinado en contenedores o escondido en camiones. Es una aporofobia disfrazada de preocupación nacional, un odio que no se dirige a todos los extranjeros, sino específicamente a aquellos sin recursos económicos.
Mientras Santiago Abascal habla abiertamente de «invasión», figuras del Partido Popular como Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso optan por expresiones más medidas pero igualmente perniciosas: «efecto llamada», «dificultades en los servicios públicos» y acusaciones de fraude electoral que carecen de fundamento.
El silencio ante las golden visa
El contraste resulta revelador cuando examinamos el historial reciente. En 2013, bajo el gobierno de Mariano Rajoy, España aprobó el sistema de golden visa, que otorgaba permisos de residencia a extranjeros no comunitarios que invirtieran en el país, principalmente mediante la compra de propiedades valoradas en al menos 500000 euros.
A través de este mecanismo, ciudadanos chinos, rusos, estadounidenses, iraníes, británicos, ucranianos, árabes, mexicanos, venezolanos, filipinos y egipcios obtenían regularización mediante la adquisición de inmuebles. Organizaciones como Transparencia Internacional advirtieron sobre los riesgos asociados a este descontrol: blanqueo de capitales, financiación del terrorismo, corrupción, fraude fiscal y crimen organizado.
¿Dónde estaban entonces los grupos xenófobos, los activistas de extrema derecha, los defensores acérrimos de la «pureza nacional»? En ninguna parte. No hubo manifestaciones, no se alzaron voces contra este sistema que, según los organismos internacionales, representaba riesgos evidentes para la seguridad del Estado y facilitaba la libre circulación de estos nuevos residentes por toda la Unión Europea.
La aporofobia como ideología
Esta contradicción expone la verdadera naturaleza del discurso antiinmigración de la ultraderecha española: no se trata de proteger la identidad nacional, la seguridad o los servicios públicos, sino de un rechazo visceral hacia las personas pobres, independientemente de su origen.
El hecho de que la regularización de inmigrantes sea una práctica utilizada históricamente por gobiernos de todos los colores políticos —desde Felipe González hasta José María Aznar— resulta irrelevante para quienes han encontrado en la xenofobia un rentable caladero electoral. La exitosa irrupción de Vox ha empujado al PP hacia posiciones cada vez más extremas, adoptando planteamientos que antes hubiera rechazado.
Las mentiras sobre la regularización
Las acusaciones de fraude electoral o compra de votos lanzadas por la ultraderecha son falsas o muy falsas, según los verificadores de información. Sin embargo, estos bulos se repiten sistemáticamente porque resultan políticamente efectivos entre ciertos sectores del electorado.
La medida de regularización, que cuenta con el respaldo de 700000 firmas ciudadanas presentadas en el Congreso y que se alcanzó tras un acuerdo entre el Gobierno y Podemos, responde a una necesidad económica y social evidente en un país con una población envejecida y sectores productivos que dependen de la mano de obra extranjera.
Una España plural ignorada
Lo que estos discursos de odio ignoran deliberadamente es la realidad de una España donde conviven ciudadanos de múltiples países y culturas. La cuestión central es el dinero: legal o ilegal, con tal de que exista. Si tienes medio millón de euros, eres bienvenido sin preguntas. Si llegas huyendo de la guerra, el hambre o la persecución, eres una «amenaza».
La diferencia entre las golden visa y la regularización actual no radica en argumentos sobre soberanía nacional, capacidad de acogida o preservación de servicios públicos. La diferencia es puramente económica y clasista: unos llegan con dinero, otros llegan solo con esperanza.
Conclusión
El doble rasero de la ultraderecha española ante la inmigración desmonta por completo sus pretensiones de legitimidad. No defienden España; defienden un modelo de país donde solo tienen cabida quienes pueden pagar. Su silencio cómplice ante los riesgos evidentes de las golden visa y su histeria fabricada ante la regularización de trabajadores que ya contribuyen a la economía española revela que su ideología no es patriótica, sino aporofóbica. Es el odio al pobre vestido con banderas y consignas vacías, una estrategia política tan antigua como mezquina.

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