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La reciente regularización de inmigrantes aprobada por el Gobierno ha destapado la gran farsa de la derecha nacionalcatólica española. Durante décadas, estos sectores han enarbolado la cruz y el crucifijo como símbolos identitarios, han exigido que la religión católica tenga un lugar privilegiado en la sociedad y han presumido de ser los auténticos defensores de la «España católica». Pero cuando la Iglesia hace exactamente lo que predica el Evangelio —acoger al extranjero, dar de comer al hambriento, vestir al desnudo—, estos falsos cristianos gritan «traición».

La postura de Cáritas, la Conferencia Episcopal y 84 organizaciones católicas a favor de la regularización no es nueva ni oportunista. Llevan años trabajando con inmigrantes, conociendo sus historias, viendo sus rostros. Saben que detrás de cada «sin papeles» hay una persona que limpia nuestras casas, cuida a nuestros ancianos, recoge nuestras cosechas y sostiene sectores enteros de nuestra economía. Cuando el presidente de los obispos afirma que «esto es puro Evangelio», no está haciendo política progresista: está siendo coherente con una doctrina de dos mil años que sitúa al pobre y al marginado en el centro del mensaje cristiano.

Pero para Vox, Falange y los sectores ultras del catolicismo patrio, el Evangelio solo vale cuando sirve para atacar el aborto, la eutanasia o los derechos LGTBI. Cuando toca practicar la caridad cristiana con personas de piel más oscura o religión diferente, entonces el mensaje evangélico se vuelve «buenismo», «progresía» o directamente «traición a España». Esta derecha no es católica: es identitaria. No les importa Cristo; les importa la cruz como símbolo de poder y exclusión.

Lo que este cisma revela es la verdadera naturaleza del nacionalcatolicismo español: una ideología que siempre ha utilizado la religión como instrumento de control social y legitimación política, nunca como guía moral auténtica. El franquismo bendecía fusiles mientras prohibía sindicatos; hoy sus herederos ideológicos llenan sus mítines de vírgenes y banderas mientras escupen odio contra los más vulnerables. Es el mismo patrón: un cristianismo sin Cristo, una fe sin caridad, una religión vaciada de contenido y convertida en pura performance nacionalista.

La reacción de estos sectores ultraderechistas es particularmente reveladora. Acusan a los obispos de haberse «dejado engañar por el marxismo cultural», de «arrodillarse ante el globalismo», de «traicionar la verdadera España». Es decir, cuando la jerarquía eclesiástica toma una postura que no coincide con su ideología xenófoba, automáticamente la deslegitiman. Para estos individuos, solo son buenos católicos aquellos prelados que bendicen sus prejuicios; los que predican el Evangelio auténtico son herejes, tibios o traidores.

Esta instrumentalización de la fe católica no es nueva en la derecha española. Ya ocurrió durante la República, cuando sectores eclesiásticos apoyaron el golpe militar de 1936. Ya pasó durante el franquismo, cuando la Iglesia oficial legitimó una dictadura brutal mientras algunos curas obreros acababan en la cárcel por defender a los trabajadores. Y está ocurriendo ahora, cuando una parte del catolicismo español ha decidido que su fe consiste fundamentalmente en odiar a Pedro Sánchez y a todo lo que huela a izquierda, inmigración o diversidad.

Lo paradójico es que estos mismos sectores que ahora atacan a Cáritas son los que exigen que el Estado financie la Iglesia, que se mantenga la religión en las escuelas públicas, que se respeten los «valores cristianos» en la legislación. Pero cuando la Iglesia ejerce su magisterio social de forma coherente con su doctrina, entonces resulta que no hay que hacerle caso. Quieren una Iglesia subvencionada pero amordazada, una religión oficial pero domesticada, unos obispos que bendigan sus banderas pero que se callen cuando se trata de defender la dignidad humana de quienes no encajan en su estrecha visión de España.

La verdad es que la postura de Cáritas y la Conferencia Episcopal es la única compatible con el cristianismo. Jesús de Nazaret fue bastante claro al respecto: «Era forastero y me acogisteis». No dijo «era forastero con papeles en regla», ni «era forastero de un país cristiano y culturalmente compatible». Simplemente: era forastero y me acogisteis. El Evangelio no tiene excepciones xenófobas, no contempla cláusulas de preferencia nacional, no establece cuotas ni filtros. Es radical en su universalismo y en su defensa del vulnerable.

Este cisma en la derecha nacionalcatólica es, en el fondo, una excelente noticia. Demuestra que ya no pueden esconderse detrás de la religión para legitimar su agenda de odio. Revela que su supuesto catolicismo era solo un disfraz, una pose, una excusa para imponer su visión excluyente y reaccionaria de la sociedad. Cuando la Iglesia les dice que están equivocados, cuando les recuerda lo que realmente dice el Evangelio, se quitan la máscara y muestran su verdadero rostro: el del nacionalismo xenófobo que utiliza cualquier símbolo —incluido el religioso— para alimentar el miedo y el rechazo al diferente.

Que Vox y Falange acusen de traición a los obispos españoles es la confirmación definitiva de que nunca fueron católicos de verdad. Eran, y son, nacionalistas que usaban la religión como atrezzo. Y ahora que la Iglesia ha decidido ser coherente con su mensaje, estos falsos creyentes muestran dónde están realmente sus lealtades: no con Cristo, sino con su España imaginaria, homogénea, cerrada y profundamente anticristiana.

Generado por Claude


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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