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La política española ha cruzado una frontera peligrosa donde el exabrupto ya no es un desliz, sino una herramienta de comunicación validada por las cúpulas. El reciente episodio protagonizado por una concejala valenciana del Partido Popular, quien se desplazó hasta Teruel con el único propósito de llamar “hijo de puta” al presidente del Gobierno en un mitin, es el síntoma definitivo de una enfermedad institucional profunda. Lo alarmante no es solo el grito destemplado de una representante pública; lo verdaderamente grave es la respuesta, o la falta de ella, de su propia formación política.

El silencio como aval

Resulta desolador observar cómo el Partido Popular ha optado por el encogimiento de hombros ante un acto de bajeza verbal tan evidente. No ha habido expulsión, ni sanción, ni siquiera una condena firme. Al contrario, la dirección del partido ha despachado el asunto bajo el paraguas de la «opinión política». Si llamar «hijo de puta» a un adversario es ahora una opinión política aceptable, cabe preguntarse qué queda del decoro que se le presupone a un servidor público.

La concejala ha pedido disculpas, pero curiosamente lo ha hecho hacia su propio partido, lamentando el «mal ejemplo», pero no hacia la figura institucional que agredió. El PP, al aceptar este marco, está enviando un mensaje nítido a sus cuadros y a su base electoral: el insulto sale gratis siempre que el objetivo sea el enemigo común.

La estrategia de la crispación

Este suceso no es un hecho aislado, sino la culminación de una estrategia de deshumanización del adversario. Cuando desde las tribunas del Congreso y las presidencias autonómicas se lanzan términos como «traidor», «ilegítimo» o «dictador», se está abonando el terreno para que un cargo municipal sienta que coger el coche un domingo para ir a proferir insultos personales es una forma legítima de activismo.

La normalización del insulto tiene consecuencias directas en la convivencia ciudadana:

  • Degrada las instituciones al convertir el debate de ideas en un lodazal de ataques personales.
  • Desincentiva la participación de perfiles moderados en la vida pública.
  • Valida la violencia verbal como método de resolución de conflictos en la sociedad civil.

El peligro del doble rasero

El Partido Popular suele apelar a la «centralidad» y al respeto institucional cuando se siente atacado. Sin embargo, esa superioridad moral se desmorona cuando es incapaz de limpiar su propia casa de comportamientos que rozan lo tabernario. Al amparar estos comportamientos bajo la libertad de expresión, el PP no solo protege a una concejala sin filtros; está erosionando los cimientos del respeto democrático.

Si la política se reduce a quién grita más fuerte el insulto más grueso, la democracia pierde su esencia. Un partido con aspiración de gobierno no puede permitirse ser el refugio de quienes confunden el ejercicio de la crítica con la pura zafiedad. La «opinión política» de la concejala no es política, es simplemente una carencia de civismo que su partido, con su silencio cómplice, ha decidido adoptar como propia.


Categorías: Política

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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