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En enero de 2024, la revista Mother Jones publicó un ensayo contundente titulado «American Oligarchy» («Oligarquía estadounidense»), donde el periodista Russell Berman traza un paralelo inquietante: el sistema político y económico de Estados Unidos está adoptando rasgos cada vez más similares a los de las oligarquías que, durante décadas, el país ha criticado en lugares como Rusia o Ucrania. La tesis es clara: el capitalismo sin frenos, la concentración del poder en élites económicas y la erosión de la democracia representativa están transformando a la mayor potencia mundial en un régimen donde unos pocos deciden el destino de millones.

El artículo no es una denuncia aislada. Resuena con advertencias anteriores, desde los estudios de los politólogos Martin Gilens y Benjamin Page —que en 2014 demostraron que las políticas públicas en EE.UU. reflejan los intereses de los ricos, no de la mayoría— hasta los discursos de figuras como Bernie Sanders o Elizabeth Warren, quienes han alertado sobre el «gobierno de los multimillonarios». Pero Berman va más allá: usa el espejo de Europa del Este para mostrar cómo, incluso en democracias consolidadas, el dinero puede corromper las instituciones hasta hacerlas irreconocibles.


1. La oligarquía no es solo un problema «extranjero»

Cuando Occidente habla de oligarcas, suele pensar en magnates rusos como Roman Abramóvich o Mijaíl Jodorkovski, hombres que amasaron fortunas durante la privatización salvaje de los años 90 y luego usaron su riqueza para influir en la política. Pero Berman recuerda que el término «oligarquía» —gobierno de unos pocos— no tiene bandera. En Ucrania, por ejemplo, un puñado de oligarcas (como Ihor Kolomoisky o Rinat Ajmétov) controlaba medios, partidos y hasta decisiones judiciales antes de la guerra con Rusia. Su poder era tan grande que, en 2021, el presidente Volodímir Zelenski intentó (sin éxito) desmantelar sus imperios con leyes antimonopolio.

La pregunta incómoda es: ¿acaso EE.UU. no tiene sus propios oligarcas? Berman cita ejemplos como:

  • Los hermanos Koch, dueños de un imperio petrolero que financió campañas contra la regulación ambiental y el sistema de salud público.
  • Elon Musk, cuya compra de Twitter (ahora X) y su influencia en la política tecnológica muestran cómo un billonario puede moldear el discurso público.
  • La familia Walton (dueña de Walmart), que con su fortuna ha lobbistaado contra aumentos al salario mínimo, afectando a millones de trabajadores.

La diferencia con Rusia o Ucrania no es de fondo, sino de forma: en EE.UU., el poder oligárquico se ejerce mediante lobbying, donaciones a campañas (legalizadas por fallos como Citizens United en 2010) y la rotación de élites entre el sector privado y el gobierno (la llamada «puerta giratoria»).


2. El capitalismo sin límites: ¿motor de prosperidad o de desigualdad?

El ensayo conecta la oligarquización con un capitalismo que, desde los años 80, priorizó la desregulación, los recortes fiscales a los ricos y la financiarización de la economía. Las consecuencias son conocidas:

  • Desigualdad récord: Según la Federal Reserve, el 1% más rico de EE.UU. posee más riqueza que el 90% inferior.
  • Captura del Estado: Empresas como BlackRock o Goldman Sachs no solo dominan los mercados, sino que colocan a sus exejecutivos en puestos clave del gobierno (como el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, exbanquero de Wall Street).
  • Democracia en venta: Las elecciones en EE.UU. son las más caras del mundo. En 2020, se gastaron 14.000 millones de dólares en campañas, gran parte proveniente de Super PACs (comités de acción política) vinculados a millonarios.

Berman cita al economista Thomas Piketty, quien en «El capital en el siglo XXI» advirtió que, sin impuestos progresivos y redistribución, el capital tiende a concentrarse hasta crear dinastías de riqueza. Eso es exactamente lo que ocurre hoy: familias como los Koch o los Marsch (herederos de la fortuna de Mars Inc.) perpetúan su influencia generación tras generación.


3. ¿Puede la democracia sobrevivir a los oligarcas?

El artículo no es pesimista por completo. Berman destaca que, a diferencia de Rusia —donde el poder oligárquico se fusionó con el autoritarismo de Vladímir Putin— en EE.UU. aún hay contrapesos:

  • Movimientos sociales: Desde Occupy Wall Street hasta las protestas por Black Lives Matter, la ciudadanía ha presionado por cambios.
  • Reformas posibles: Propuestas como el «Green New Deal» o impuestos a los ultrarricos (como el 2% a la fortuna de Jeff Bezos que propuso Warren) muestran que hay alternativas.
  • La justicia, aunque lenta: Casos como el de Sam Bankman-Fried (condenado por fraude en 2023) demuestran que, a veces, el sistema frena a los poderosos.

Sin embargo, el riesgo es que la oligarquización se normalice. Berman cita a Sheldon Wolin, politólogo que acuñó el término «democracia invertida» para describir un sistema donde las élites económicas dictan las reglas mientras mantienen las apariencias democráticas. En ese escenario, las elecciones siguen celebrándose, pero las opciones reales están limitadas por quienes financian a los candidatos.


4. Ucrania y Rusia: espejos distorsionados

El ensayo usa la guerra en Ucrania como metáfora. Mientras EE.UU. apoya a Zelenski como defensor de la democracia, Berman señala la ironía: Ucrania luchaba contra la corrupción oligárquica antes de la invasión, pero su dependencia de magnates como Kolomoisky (dueño del canal que lanzó a Zelenski a la fama) muestra lo difícil que es romper ese ciclo. Rusia, por su parte, es el ejemplo extremo: allí, los oligarcas que desafiaron a Putin (como Jodorkovski) terminaron en prisión o en el exilio, mientras los leales (como Alisher Usmánov) conservan su poder a cambio de lealtad.

La lección para EE.UU. es clara: la oligarquía no siempre llega con tanques o censuras. A veces se instala con leyes que favorecen a los ricos, con medios de comunicación concentrados en pocas manos (como Fox News, propiedad de Rupert Murdoch) o con un sistema judicial que protege a las corporaciones antes que a los ciudadanos (como ocurrió con el fallo Dobbs que anuló el derecho al aborto, impulsado por grupos conservadores financados por millonarios).


Conclusión: ¿Hacia dónde va Estados Unidos?

El artículo de Mother Jones no es una profecía, sino un llamado a la acción. La oligarquización no es inevitable, pero tampoco se detendrá por sí sola. Berman cierra con una pregunta clave: «¿Los estadounidenses están dispuestos a aceptar que su país se convierta en una versión más sofisticada de lo que siempre han despreciado en el extranjero?»

La respuesta depende de si la sociedad exige:

  1. Reformas electorales: Limitar el financiamiento privado de campañas y acabar con el gerrymandering (manipulación de distritos para favorecer a un partido).
  2. Impuestos justos: Gravar las grandes fortunas y cerrar lagunas fiscales que permiten a empresas como Amazon pagar menos impuestos que un profesor.
  3. Regulación del lobbying: Prohibir la puerta giratoria entre el gobierno y las corporaciones.
  4. Medios independientes: Romper los monopolios de la información (como el de Sinclair Broadcast Group, que controla cientos de canales locales).

El ensayo de Berman es un recordatorio de que la democracia no se defiende solo en el extranjero, sino en casa. Si EE.UU. no frena a sus oligarcas, podría terminar como los regímenes que dice combatir: rico en papel, pero pobre en libertad real.


Fuentes clave mencionadas en el artículo original:

  • Gilens, M. & Page, B. (2014). «Testing Theories of American Politics: Elites, Interest Groups, and Average Citizens».
  • Piketty, T. (2013). «El capital en el siglo XXI».
  • Wolin, S. (2008). «Democracy Incorporated: Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism».
  • Informes de OpenSecrets sobre financiamiento de campañas en EE.UU.

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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