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En los últimos años, el nombre de Jeffrey Epstein se ha asociado principalmente con su red de abuso sexual, su fortuna opaca y su misteriosa muerte en prisión. Sin embargo, nuevos documentos revelados por investigaciones periodísticas y académicas —como los analizados en un reciente artículo de Nature— arrojan luz sobre otro aspecto perturbador de su legado: su obsesión por financiar y rodearse de científicos destacados para promover ideas racistas, eugénicas y misóginas bajo el disfraz de la «ciencia seria».

Los archivos, que incluyen correos electrónicos, actas de reuniones y registros financieros, pintan un retrato alarmante: Epstein no solo explotó a menores, sino que también manipuló el prestigio de la investigación científica para dar validez a sus prejuicios más oscuros. Y lo más inquietante es que no lo hizo solo. Contó con la complicidad —ya sea por convicción, ambición o simple negligencia— de figuras respetadas en campos como la genética, la inteligencia artificial y la psicología evolutiva.

La pseudociencia al servicio del poder

Epstein, un financiero sin formación científica, pero con un ego descomunal y recursos ilimitados, se obsesionó con la idea de que la inteligencia, el éxito y hasta la moralidad eran heredables y estaban ligadas a rasgos biológicos. Estas teorías, que recuerdan a los peores excesos de la eugenesia del siglo XX, encontraron eco en algunos círculos académicos donde el determinismo biológico —la creencia de que la genética explica diferencias sociales— sigue teniendo defensores.

Según los documentos, Epstein organizó cenas privadas, conferencias y proyectos de investigación en los que científicos de instituciones como Harvard, MIT y Stanford discutían temas como:

  • La supuesta inferioridad intelectual de ciertos grupos étnicos (basándose en estudios de IQ ampliamente criticados).
  • La «naturalidad» de la jerarquía social, donde los ricos y poderosos estarían «genéticamente predispuestos» a dominar.
  • La misoginia disfrazada de ciencia, como la idea de que las mujeres son biológicamente menos aptas para cargos de liderazgo.

Uno de los casos más sonados es el del psicólogo evolucionista Steven Pinker, quien, aunque no compartía las ideas más extremas de Epstein, mantuvo contacto con él y participó en eventos financiados por su fundación. Pinker ha negado cualquier complicidad ideológica, pero el hecho de que Epstein buscara su cercanía —y la de otros académicos— revela una estrategia clara: usar el prestigio de la ciencia para blanquear prejuicios.

El dinero como arma de persuasión

Epstein no solo convocaba a científicos a sus mansiones en Nueva York o su isla privada; los financiaba. A través de donaciones a universidades y becas generosas, logró que investigadores de élite dependieran, en mayor o menor medida, de su dinero. Algunos, como el físico teórico Lawrence Krauss (exdirector de la Origins Project en la Universidad de Arizona), recibieron fondos de Epstein incluso después de que sus crímenes fueran públicos.

El patrón es claro: el dinero compraba silencio, acceso y, en algunos casos, complicidad intelectual. Epstein no necesitaba que los científicos dijeran exactamente lo que él quería; bastaba con que sus teorías —sobre la superioridad de ciertas razas o la inferioridad de las mujeres— circularan en espacios académicos bajo el manto de la «investigación seria».

¿Ciencia o propaganda? El peligro del determinismo biológico

Lo más preocupante de este caso no es solo la conexión entre Epstein y algunos científicos, sino cómo estas ideas persisten en la academia. El determinismo biológico, aunque descreditado en su versión más extrema, sigue apareciendo en debates sobre inteligencia, género y raza, a menudo con un lenguaje técnico que lo hace parecer objetivo.

Por ejemplo:

  • Estudios sobre diferencias de IQ entre grupos étnicos, como los del ya fallecido Arthur Jensen o el controvertido Charles Murray (autor de The Bell Curve), han sido usados para justificar discriminación.
  • Teorías sobre «preferencias evolutivas» en el comportamiento sexual, que algunos usan para naturalizar la violencia de género o la poligamia masculina.
  • Investigaciones sobre genética y éxito económico, que ignoran factores como el acceso a educación o el privilegio heredado.

Epstein no inventó estas ideas, pero las potenció al financiar a quienes las defendían, creando un ecosistema donde el racismo y la misoginia podían presentarse como «hipótesis científicas».

La complicidad institucional

¿Cómo es posible que universidades de prestigio aceptaran dinero de un criminal convicto? La respuesta es sencilla: el sistema académico depende cada vez más de mecenazgo privado, y los filtros éticos a menudo brillan por su ausencia. Epstein donó millones a Harvard (donde incluso tuvo una oficina) y al MIT, instituciones que, tras su arresto en 2019, se vieron obligadas a revisar sus políticas de financiación.

Pero el problema va más allá de Epstein. La ciencia no es inmune a los sesgos de quienes la financian, y cuando los millonarios —como Peter Thiel, otro polémico inversor en proyectos transhumanistas— deciden qué investigaciones se realizan, el riesgo de que la agenda científica se contamine con ideologías peligrosas es real.

Conclusión: ¿Qué nos enseña este caso?

El escándalo Epstein no es solo la historia de un depredador sexual, sino también un ejemplo de cómo el dinero y el poder pueden corromper hasta los espacios que deberían ser bastiones de la razón. Que científicos de renombre hayan interactuado con él —ya sea por curiosidad, ambición o indiferencia— debe servir como advertencia:

  1. La ciencia no es neutral: Cuando se financia con agendas ocultas, puede convertirse en un arma.
  2. El prestigio académico no es garantía de ética: Algunos de los nombres involucrados siguen siendo referentes en sus campos, lo que plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad intelectual.
  3. El determinismo biológico es una puerta al autoritarismo: Historias como la de Epstein muestran cómo estas ideas, bajo el disfraz de la ciencia, pueden usarse para justificar desigualdades.

La lección final es clara: la comunidad científica debe ser más transparente sobre quién financia sus investigaciones y con qué fines. De lo contrario, riesgo de que, una y otra vez, el conocimiento se ponga al servicio de los peores instintos de la humanidad.


Fuentes consultadas:


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.

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