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Un reciente informe del Pew Research Center publicado en enero de 2026 confirma una tendencia que venía gestándose desde hace al menos una década: el catolicismo sigue perdiendo terreno en América Latina a un ritmo notable. En Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, la proporción de adultos que se identifican como católicos ha caído al menos nueve puntos porcentuales desde 2013-2014. Sin embargo, la pregunta más interesante no es cuántos fieles pierde la Iglesia, sino a dónde van y qué nos dice eso sobre el estado real del pensamiento crítico en la región.
Los números detrás del éxodo
El dato más llamativo es el crecimiento de los «sin religión»: ateos, agnósticos y ese grupo peculiarmente latinoamericano que podría describirse como «creo en Dios pero no en la Iglesia». En todos los países analizados este segmento creció al menos siete puntos porcentuales en la última década. En Colombia casi se cuadruplicó. En México y Perú se triplicó. En Argentina, Brasil y Chile prácticamente se duplicó, llegando a representar entre el 12 y el 33 por ciento de la población adulta.
Pese a ello, los católicos siguen siendo la mayoría religiosa en cada uno de esos países, con cifras que oscilan entre el 46 y el 67 por ciento de los adultos. Y el protestantismo evangélico, lejos de desplomarse, se mantiene relativamente estable, consolidándose como la segunda opción religiosa más elegida, especialmente en Brasil, donde ronda el 29 por ciento.
Salir del catolicismo no equivale a dejar de creer
Aquí reside la paradoja más reveladora del informe. La creencia en Dios es prácticamente universal en la región: entre el 89 y el 98 por ciento de los adultos dice creer en alguna divinidad. Y esta cifra se mantiene incluso entre quienes ya no se adscriben a ninguna religión: aproximadamente tres cuartas partes de los «sin religión» en México, por ejemplo, siguen afirmando creer en Dios.
Más aún, el informe señala que los no afiliados en América Latina muestran niveles de religiosidad comparables a los de los cristianos practicantes en Europa occidental. Un tercio o más de ellos ora a diario en Brasil, Colombia y Perú. Muchos creen en espíritus, energías, reencarnación y hechizos. El abandono del catolicismo, en la mayoría de los casos, no ha implicado un abandono del pensamiento mágico. La gente ha cambiado de institución, no necesariamente de cosmovisión.
¿Por qué se van los excatólicos?
Un informe paralelo del Pew sobre el catolicismo en Estados Unidos ofrece algunas pistas que probablemente aplican también a Latinoamérica. Las principales razones declaradas son: dejar de creer en las enseñanzas de la religión (46 %), los escándalos del clero (39 %) y el desacuerdo con posturas de la Iglesia sobre temas sociales y políticos (37 %). No se trata, en general, de una emancipación intelectual radical, sino de un distanciamiento institucional motivado por el desencanto moral o el desacuerdo doctrinal.
El reto para el activismo laico y escéptico
El blog De Avanzada, desde una perspectiva abiertamente atea y escéptica, plantea una reflexión incómoda pero necesaria: si el activismo ateo hubiera tenido un impacto significativo en la región, el declive del catolicismo habría venido acompañado de un descenso proporcional en la creencia en Dios y el pensamiento mágico en general. Eso no ha ocurrido.
La conclusión es que América Latina se ha sacudido el catolicismo en gran medida por sus propias razones, pero sin que el pensamiento crítico haya ganado terreno de manera equivalente. El monopolio católico se erosiona, pero la superstición se reconfigura bajo nuevas formas, especialmente en el evangelismo, que crece con fuerza y que moviliza a sus bases de manera políticamente activa.
Frente a ese panorama, la propuesta es reorientar los esfuerzos. En primer lugar, contactar a los excatólicos que ya no creen en Dios para que sepan que no están solos y que hay quienes defienden jurídicamente sus derechos como no creyentes. En segundo lugar, prestar más atención al protestantismo evangélico, que ya no es el benjamín del paisaje religioso latinoamericano sino un actor central y con poder de movilización política creciente. Con ese sector los argumentos deben ser otros: la defensa de la educación científica, la denuncia del evangelio de la prosperidad como estafa, y la protección de derechos civiles que el activismo evangelista amenaza, como el matrimonio igualitario, el aborto o la eutanasia.
Un mapa en transformación que aún no favorece a la razón
Lo que el informe del Pew deja claro es que el declive del catolicismo es real y sostenido, pero no representa automáticamente una victoria del pensamiento crítico. La región se está volviendo menos católica, pero no necesariamente más racional. El pensamiento mágico sobrevive y se adapta. Las instituciones religiosas pierden fieles, pero las creencias en fuerzas sobrenaturales, espíritus y energías se mantienen robustas incluso entre quienes ya no van a misa.
El reto, entonces, no es solo celebrar cada punto porcentual que pierde la Iglesia, sino preguntarse si ese espacio vacío está siendo ocupado por una visión del mundo más fundamentada en la evidencia, o simplemente por una espiritualidad difusa que elude el dogma formal pero preserva la irracionalidad de fondo. La respuesta, por ahora, apunta más a lo segundo.

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