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La reentrada de los cohetes de SpaceX deposita metales en la alta atmósfera a una escala sin precedentes, según un nuevo estudio alemán que enciende las alarmas entre los científicos.
Durante décadas, la contaminación atmosférica ha sido sinónimo de humo de fábricas, tubos de escape y quema de combustibles fósiles a ras de suelo. Pero la nueva era espacial trae consigo una forma inédita de polución: la que ocurre a 80 kilómetros de altitud, invisible a simple vista, silenciosa y difícilmente regulable. Un equipo de investigadores alemanes ha documentado por primera vez de manera sistemática cómo la reentrada de los cohetes Falcon 9 de SpaceX contamina la mesosfera y la termosfera con metales vaporizados.

Un rastro de metal en el filo del espacio
Cuando un cohete —o cualquier objeto fabricado por el ser humano— reingresa a la atmósfera terrestre, las temperaturas extremas generadas por la fricción con el aire lo destruyen parcialmente o por completo. Este proceso, conocido como ablación, convierte el metal de las estructuras en vapor y partículas ultrafinas que quedan suspendidas en las capas más altas de la atmósfera.
Los investigadores, pertenecientes al Instituto de Física Atmosférica del Centro Aeroespacial Alemán (DLR), utilizaron instrumentos de medición a bordo de aviones de investigación y sondas para analizar la composición química de la alta atmósfera sobre distintas regiones. Lo que encontraron fue revelador: concentraciones anómalas de aluminio, litio, cobre y otros metales que no tienen origen natural en esas altitudes. La firma química apuntaba inequívocamente a los restos de cohetes en proceso de reentrada.
El Falcon 9, el cohete reutilizable estrella de SpaceX, fue identificado como el principal contribuyente. Y no es casualidad: en los últimos años, SpaceX ha multiplicado exponencialmente el número de lanzamientos, tanto para desplegar su constelación de satélites Starlink como para misiones comerciales y gubernamentales. Solo en 2023, la compañía de Elon Musk realizó más de 90 lanzamientos, y las proyecciones apuntan a que esa cifra seguirá creciendo.
El problema de la escala
Un único cohete que se desintegra en la atmósfera podría parecer insignificante. El problema, advierten los científicos, es la escala. Cada segunda etapa del Falcon 9 —la parte que no aterriza de vuelta, la que se descarta tras cada misión— se convierte en basura espacial que eventualmente reingresa a la Tierra. Con cientos de lanzamientos al año, la cantidad de material metálico que se vaporiza en la alta atmósfera se está acumulando a un ritmo sin precedentes históricos.
Los investigadores estiman que la masa total de metales depositados anualmente en la estratosfera y la mesosfera por la reentrada de cohetes ya supera la aportación de meteoritos naturales en algunas regiones del espectro de metales pesados. Dicho de otro modo, la actividad humana está alterando la composición química de capas atmosféricas que durante miles de millones de años se habían mantenido relativamente estables.
¿Qué consecuencias puede tener?
La pregunta que los científicos aún no pueden responder con certeza es: ¿qué efecto tienen estos metales en la química atmosférica y en el clima? Las hipótesis son varias y preocupantes.
Las partículas metálicas en la alta atmósfera pueden actuar como núcleos de condensación de nubes, alterando la formación de las llamadas nubes mesosféricas polares —esas nubes luminosas que se observan a grandes altitudes en verano—. También podrían interferir con las reacciones químicas que controlan el ozono estratosférico, una capa cuya recuperación ha sido uno de los mayores éxitos ambientales de las últimas décadas gracias al Protocolo de Montreal.
Además, los metales como el aluminio pueden reaccionar con el cloro atmosférico para producir cloruro de aluminio, un compuesto que destruye el ozono de manera eficiente. Si las concentraciones siguen aumentando, el impacto podría ser mensurable y preocupante.
Una regulación que llega tarde
El sector espacial privado ha crecido a una velocidad que los marcos regulatorios no han podido seguir. Las agencias espaciales y los organismos medioambientales internacionales siguen enfocados principalmente en la contaminación sonora y química durante los lanzamientos, no durante las reentradas.
El estudio alemán es, en ese sentido, una llamada de atención urgente. Sus autores reclaman la creación de estándares internacionales que limiten la cantidad de material metálico que los cohetes pueden depositar en la alta atmósfera, así como la obligatoriedad de diseñar estructuras que se desintegren de manera más controlada o que generen compuestos menos reactivos.
SpaceX, por su parte, no ha hecho comentarios oficiales sobre estas conclusiones. La compañía ha señalado en otras ocasiones que trabaja activamente en hacer sus operaciones más sostenibles, aunque el foco hasta ahora ha estado en la reutilización de cohetes —una medida que reduce residuos en tierra— y no en el impacto de las reentradas atmosféricas.
La paradoja del progreso espacial
Hay algo profundamente paradójico en esta historia. Los cohetes reutilizables de SpaceX fueron presentados como una revolución verde dentro del sector espacial: menos desechos, menos coste, menos impacto. Y en parte es cierto. Pero la reutilización del primer estadio no resuelve el problema de la segunda etapa, que sigue siendo desechable y sigue reingresando a la atmósfera con todas sus consecuencias.
La exploración y el uso del espacio son, en muchos sentidos, herramientas fundamentales para afrontar los retos del siglo XXI: desde la vigilancia del cambio climático hasta las comunicaciones globales. Pero esta nueva investigación recuerda que ningún avance tecnológico viene sin coste ambiental, ni siquiera —ni especialmente— los que ocurren a decenas de kilómetros sobre nuestras cabezas.
La alta atmósfera ya no es el territorio virgen que fue. Y quizás ha llegado el momento de tratarla con el mismo cuidado que exigimos para el suelo que pisamos.
Artículo de divulgación científica basado en investigaciones del Instituto de Física Atmosférica del DLR (Alemania).