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Durante décadas, millones de padres en todo el mundo han seguido el mismo consejo: si el bebé llora, no lo cojas. Déjalo. Se calmará solo. Aprenderá a dormirse. No lo malcriarás. Dinamarca, país pionero en bienestar social y políticas de infancia, acaba de romper oficialmente con esa lógica. Más de 700 psicólogos y profesionales de la salud mental han impulsado un cambio de paradigma que ya tiene consecuencias concretas: el método de «extinción del llanto», popularmente conocido como cry it out, ya no se enseñará como práctica recomendada en el sistema danés.

Un modelo que resistió más de lo que debería

El método, desarrollado en sus distintas variantes a lo largo del siglo XX, parte de una premisa conductista: el llanto del bebé es un comportamiento aprendido que, si se refuerza con atención, se perpetúa. Bajo esta lógica, ignorar el llanto nocturno entrena al bebé para que deje de reclamarlo. Funciona, en apariencia. Los bebés acaban durmiendo solos. Lo que no se veía —ni se medía— era el coste.

Lo revelador del caso danés no es solo la decisión en sí, sino lo que la motivó: la constatación de que esta práctica seguía enseñándose en contextos oficiales de orientación parental, pese a que la evidencia científica acumulada durante los últimos treinta años apuntaba en una dirección completamente distinta. No fue una alarma nueva. Fue, más bien, el reconocimiento de un retraso inaceptable entre lo que la ciencia sabía y lo que la sociedad practicaba.

El llanto no es manipulación: lo que dice la neurociencia

La premisa conductista falla desde su raíz. Un bebé no llora para manipular. Un bebé llora porque es la única herramienta comunicativa que tiene. Su sistema nervioso, inmaduro y en pleno desarrollo, no es capaz de autorregularse sin la ayuda de un adulto. El llanto es, en términos neurológicos, una señal de activación del sistema de estrés: el cuerpo libera cortisol, el ritmo cardíaco se acelera y el organismo entra en alerta.

Cuando esa señal no recibe respuesta, el bebé no aprende calma. Aprende, en el sentido más literal del término, que sus señales no importan. Los estudios de neuroimagen y los trabajos sobre el desarrollo del apego muestran que la repetición de este patrón —necesidad sin respuesta— puede dejar huella en la arquitectura cerebral. No en todos los niños, no de forma determinista, pero sí con una frecuencia y consistencia suficiente como para tomárselo en serio.

El concepto de indefensión aprendida, acuñado originalmente por Martin Seligman en experimentos con animales, describe precisamente esto: cuando un organismo aprende que sus acciones no tienen efecto sobre su entorno, deja de intentarlo. Aplicado al desarrollo temprano, el riesgo es que el bebé que aprende que su llanto no evoca respuesta empiece a construir una imagen del mundo como un lugar donde sus necesidades no cuentan.

Apego seguro: la alternativa con respaldo empírico

Lo que el movimiento de psicólogos daneses propone no es criar niños consentidos ni renunciar al sueño para siempre. Propone, en cambio, orientar a las familias hacia lo que la teoría del apego —desarrollada por John Bowlby y ampliada por décadas de investigación posterior— describe como apego seguro: una relación en la que el bebé aprende, a través de la experiencia repetida, que cuando necesita algo habrá alguien que responda.

Ese aprendizaje temprano no solo reduce el estrés en la infancia. Se asocia, a largo plazo, con mayor resiliencia emocional, mejores habilidades sociales, menor incidencia de trastornos de ansiedad y una capacidad más sólida para gestionar las emociones propias. Paradójicamente, los niños con apego seguro suelen desarrollar antes y mejor la capacidad de tolerar la frustración y de calmarse solos, precisamente porque han interiorizado que el mundo es un lugar seguro.

La atención sensible —responder de forma consistente y adecuada a las señales del bebé— no requiere perfección ni disponibilidad absoluta. Requiere, sobre todo, presencia y coherencia. No es un lujo; es una necesidad de desarrollo.

El valor de un cambio institucional

Dinamarca no es el primer país en debatir esto, pero sí uno de los primeros en formalizar el abandono de la práctica a nivel institucional. Y eso importa más de lo que parece. Las recomendaciones oficiales moldean la formación de pediatras, matronas, orientadores familiares y educadores. Cuando el sistema cambia lo que enseña, cambia lo que llega a millones de familias que, agotadas y sin dormir, buscan simplemente que alguien les diga qué hacer.

El mensaje que Dinamarca emite ahora es claro: no tienes que elegir entre tu bienestar y el de tu bebé, pero si en algún momento hay que preguntarse qué necesita el niño, la respuesta no es dejarlo solo con su angustia.

Un espejo para el resto del mundo

La decisión danesa debería funcionar como un ejercicio de honestidad colectiva. ¿Cuántas prácticas de crianza —o de educación, o de salud— siguen enseñándose por inercia, por tradición o por comodidad institucional, mucho después de que la evidencia las haya dejado obsoletas? El caso del cry it out no es una anomalía. Es un recordatorio de que el conocimiento científico y las prácticas sociales viajan a velocidades distintas, y de que la distancia entre ambas siempre la pagan los más vulnerables.

Dejar de enseñar a dejar llorar no es una moda parental. Es, simplemente, hacer caso a lo que sabemos.


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.