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Durante siglos, la humanidad convivió con una fauna extraordinaria de lo inexplicable. OVNIs sobrevolaban desiertos y montañas, el Bigfoot pisaba los bosques de América del Norte, los fantasmas materializaban en mansiones abandonadas, y los demonios poseían a los incautos con una frecuencia que hoy resultaría envidiable para cualquier productor de Hollywood. Luego llegaron los smartphones. Y, curiosamente, todos desaparecieron.
Este es el punto de partida del análisis que publica la revista Skeptic, firmado por el profesor brasileño Heslley Machado Silva: el colapso silencioso de la evidencia paranormal coincide de forma inquietante con la democratización de las cámaras de ultra alta definición, la estabilización óptica y la capacidad de compartir imágenes en tiempo real con millones de personas.
Creer sí, ver ya no tanto
Lo más interesante del fenómeno no es que la gente haya dejado de creer. Las encuestas muestran exactamente lo contrario: según una síntesis de Gallup de 2025, el 48% de los adultos estadounidenses cree en la curación psíquica o espiritual, y el 39% en los fantasmas. Los datos de las últimas dos décadas revelan una estabilidad sorprendente en estas creencias, con descensos modestos de apenas 6 o 7 puntos porcentuales en fenómenos como la telepatía o la clarividencia.
Pero hay una brecha reveladora: una cosa es creer en los fantasmas y otra muy distinta es haberlos visto. En el Reino Unido, mientras más del 40% de la población cree en espíritus, solo alrededor del 25% afirma haber visto uno. Esta disociación entre creencia y experiencia directa se ha acentuado precisamente cuando la tecnología de registro alcanzó su cima histórica.
El problema de los testigos
Antes de los teléfonos con cámara, el testimonio humano era la fuente casi exclusiva de relatos paranormales. Y el testimonio, por más sincero que sea, es una herramienta notoriamente poco fiable. La psicología cognitiva ha demostrado que hasta un 30% de las personas incorporan detalles falsos en sus recuerdos de eventos extraordinarios tras recibir sugestiones mínimas o exponerse a imágenes ambiguas. Las ilusiones perceptivas, los sesgos de confirmación y la memoria reconstructiva explican buena parte de lo que durante siglos se atribuyó a lo sobrenatural.
Con la fotografía del siglo XIX llegaron las primeras «pruebas» visuales: imágenes borrosas, sobreexpuestas o directamente manipuladas de ectoplasmas y apariciones. Escépticos como Darwin y Houdini ya advertían sobre el fraude y el error honesto. Pero la imaginación colectiva, poco equipada para el análisis crítico, encontró en esas imágenes la confirmación que buscaba.
La selectividad inexplicable de lo sobrenatural
El argumento central del artículo es tan sencillo como demoledor: si estos fenómenos interactuaran realmente con el mundo físico, deberían ser detectables por instrumentos físicos. Y nunca lo son, a pesar de que esos instrumentos se han vuelto exponencialmente más sensibles y ubicuos.
Los supuestos extraterrestres parecen tener una alergia particular a las cámaras nítidas. Prefieren aparecer ante testigos solitarios en carreteras desiertas o pantanos remotos, y toleran ser captados solo por grabaciones granulosas o temblorosas de cámaras antiguas. Los astrónomos, que observan el cielo las 24 horas con telescopios de alta definición, no han registrado jamás ningún objeto de origen no humano. Más del 95% de los avistamientos investigados corresponde a satélites, globos, aviones o fenómenos atmosmféricos comunes.
El Bigfoot tampoco ha mejorado su relación con la tecnología moderna. La biología ya hacía inverosímil su existencia: ninguna especie de homínido podría sobrevivir en aislamiento absoluto durante cientos de miles de años sin dejar fósiles, heces, rastros consistentes o comunidades reproductivas. Para rematarlo, los estudios de ADN ambiental, usados hoy para rastrear especies raras, no han detectado ninguna huella genética compatible con grandes primates desconocidos en Norteamérica.
Los fantasmas y los demonios, por su parte, parecen haberse retirado definitivamente desde que millones de personas llevan cámaras de resolución forense en el bolsillo. Cazadores de fantasmas equipados con sensores de movimiento y cámaras 4K llevan décadas sin producir ni una sola prueba verificable; lo que capturan son artefactos ópticos y ruidos electromagnéticos que la literatura técnica ya tiene catalogados y que son reproducibles en condiciones controladas.
El argumento del silencio
Alguien podría objetar que la gente simplemente ha dejado de grabar estos fenómenos. Pero vivimos en una era en que los accidentes de tráfico más triviales son filmados desde múltiples ángulos y los animales curiosos se vuelven virales en cuestión de minutos. La psicología del comportamiento digital es clara: el contenido extraordinario, amenazante o insólito se comparte con una probabilidad significativamente mayor que el contenido ordinario. Un vídeo que probase de forma definitiva la existencia de un fantasma o un alienígena generaría un número prácticamente infinito de reproducciones y convertiría a su autor en una celebridad global de la noche a la mañana. La idea de que alguien presenciaría semejante fenómeno y «olvidaría» grabarlo es, como apunta el autor con humor, un ejercicio involuntario de comedia.
La explicación más parsimoniosa
La conclusión del análisis no es que los fenómenos paranormales hayan decidido jubilarse o esconderse. Es que probablemente nunca existieron como entidades físicas independientes, sino como interpretaciones humanas de eventos naturales, ilusiones perceptivas y, en algunos casos, fraudes deliberados.
Lo que la proliferación de cámaras ha hecho no es acabar con las creencias, que persisten con notable tenacidad, sino hacer cada vez más evidente la ausencia de evidencia. Y en epistemología, la ausencia sostenida de evidencia en condiciones que deberían producirla es, en sí misma, una forma de evidencia.
Los OVNIs, el Yeti, los demonios y los fantasmas tuvieron su momento histórico en un mundo donde el testimonio humano era incontestable y la oscuridad, un aliado perfecto. En el mundo de los teléfonos con cámara y las redes sociales, lo sobrenatural se enfrenta por fin a una prueba que nunca pidió: la de existir frente a un objetivo.
