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Arqueólogos descubren que una comunidad prehistórica sufrió una violencia deliberada y sistemática dirigida específicamente contra los más vulnerables


En la orilla del río Sava, en la actual Serbia, se alza un yacimiento que guarda uno de los secretos más perturbadores de la prehistoria europea. Gomolava, un tell —montículo formado por siglos de ocupación humana superpuesta— ha sido objeto de excavaciones desde la década de 1950. Pero ha sido en los últimos años cuando un equipo internacional de arqueólogos y bioarqueólogos ha desvelado una verdad escalofriante: hace más de dos mil quinientos años, alguien llegó a esta comunidad con intención de matar, y eligió con cuidado a sus víctimas.

Un cementerio que no debería existir

Los restos hallados en Gomolava no corresponden a un enterramiento ordinario. Los cuerpos no fueron colocados con cuidado, ni orientados según ningún rito funerario reconocible. Estaban amontonados, algunos con evidencias claras de traumatismos perimortem —heridas producidas en el momento de la muerte o justo después—, y distribuidos de una forma que los investigadores describen como caótica pero, al mismo tiempo, reveladora.

El análisis osteoarqueológico de los esqueletos ha permitido determinar la edad y el sexo de los individuos con una precisión notable. Los resultados son inquietantes: la gran mayoría de las víctimas son mujeres adultas y niños de distintas edades, desde infantes hasta adolescentes. Los hombres adultos en edad de combatir están llamativamente ausentes, o aparecen en una proporción muy inferior a la esperada si se tratara de una masacre indiscriminada.

La firma de una violencia deliberada

Esta distribución demográfica es, para los investigadores, la clave interpretativa más importante. En contextos de guerra o conflicto intergrupal en la prehistoria, los patrones de violencia suelen ser variados. A veces se mata a todos; otras veces se captura a mujeres y niños como botín o para integrarlos en el grupo agresor. Pero en Gomolava, el patrón sugiere algo distinto: los hombres habrían sido eliminados previamente —o se encontraban fuera del asentamiento en el momento del ataque—, y quienes permanecían, mujeres y niños, fueron masacrados en el lugar.

Las marcas en los huesos revelan el tipo de violencia empleada. Se han identificado cortes producidos por armas metálicas, fracturas compatibles con golpes contundentes y, en algunos casos, indicios de que los cuerpos fueron manipulados tras la muerte. La Edad del Hierro, en la que se enmarcan estos hallazgos, fue un período de grandes migraciones, tensiones territoriales y conflictos entre comunidades. El dominio de la metalurgia había puesto armas más eficaces en manos de grupos cada vez más organizados para la guerra.

Gomolava en el contexto de la violencia prehistórica europea

El hallazgo de Gomolava no es un caso aislado, aunque sí especialmente significativo por la claridad de su patrón demográfico. En las últimas décadas, la arqueología europea ha documentado varias masacres prehistóricas que han obligado a revisar la imagen de un pasado idílico anterior a la historia escrita. Sitios como Asparn-Schletz en Austria, Talheim en Alemania o Crow Creek en América del Norte mostraron hace años que la violencia colectiva organizada es tan antigua como la civilización misma, si no más.

Lo que distingue a Gomolava es la especificidad del objetivo. Si en otros yacimientos la masacre parece haber afectado a comunidades enteras sin distinción, aquí los datos apuntan a una selección. Esto implica un nivel de organización y premeditación que los investigadores consideran significativo: los agresores sabían lo que buscaban, o sabían lo que querían eliminar.

Algunas hipótesis manejan la posibilidad de que los hombres del asentamiento hubieran sido capturados o muertos en un enfrentamiento previo fuera del poblado, dejando a las mujeres y los niños sin defensa. Otras interpretaciones sugieren que la masacre podría estar relacionada con conflictos por recursos —tierra fértil, acceso al río, control de rutas comerciales—, en los que aniquilar a la población reproductiva y a la generación futura del enemigo habría tenido un efecto devastador a largo plazo.

Lo que los huesos no pueden decir

La arqueología, por su propia naturaleza, tiene límites. Los huesos revelan el qué y, en parte, el cómo. Pero el porqué permanece en el terreno de la interpretación. No sabemos quiénes eran los agresores, ni si pertenecían a un grupo externo o si el conflicto fue interno. No sabemos si hubo supervivientes que huyeron o si la comunidad fue completamente exterminada. No sabemos si existió algún tipo de ritual asociado a la violencia, como ocurre en algunos contextos prehistóricos.

Lo que sí sabemos es que hubo personas que vivieron, que criaron a sus hijos junto a ese río, que fabricaron cerámica y cultivaron la tierra, y que un día alguien llegó y acabó con todo. Sus huesos llevan milenios contando esa historia sin palabras.

Una ventana incómoda al pasado

El descubrimiento de la masacre de Gomolava nos recuerda que la capacidad humana para la violencia organizada y selectiva no es un invento de la modernidad. Nos confronta con una prehistoria más compleja, más oscura y, en cierto modo, más familiar de lo que quisiéramos. Los debates sobre la naturaleza de la guerra, la vulnerabilidad de los civiles en los conflictos y la lógica del exterminio no son patrimonio exclusivo de las páginas de la historia reciente.

En los huesos de Gomolava, las preguntas que nos hacemos sobre la violencia humana encuentran un eco inesperado y perturbador. Y quizás por eso merecen ser escuchadas.


Fuentes: estudios publicados en revistas especializadas de bioarqueología y prehistoria europea; análisis del equipo investigador del yacimiento de Gomolava, Serbia.


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.