Por la memoria de los cinco obreros asesinados mientras luchaban por su dignidad
Hay fechas que se clavan en la conciencia de un pueblo como esquirlas de metralla. El 3 de marzo de 1976 es una de ellas. Aquel día, en la ciudad de Vitoria —hoy Vitoria-Gasteiz, capital de Álava—, la Policía Armada franquista abrió fuego contra varios miles de trabajadores que se encontraban reunidos en asamblea dentro de la iglesia de San Francisco de Asís. El resultado fue devastador: cinco obreros muertos y más de cien heridos, muchos de ellos de bala.

Medio siglo después, aquella tarde de invierno sigue siendo uno de los episodios más oscuros y menos recordados de la Transición española.
El contexto: un movimiento obrero en ebullición
Para entender lo ocurrido, hay que retroceder varios meses. Desde finales de 1975, los trabajadores del metal y otras industrias de Vitoria llevaban protagonizando una huelga de una intensidad inusual. Sus demandas eran concretas: mejoras salariales, reducción de la jornada laboral y reconocimiento de sus derechos sindicales, en un momento en que los sindicatos libres aún eran ilegales y Franco acababa de morir.
La movilización fue creciendo con una organización horizontal y asamblearia que sorprendió a todos. Los trabajadores no esperaban consignas de ningún partido ni sindicato clandestino: se autoorganizaban, votaban en asamblea y sostenían la huelga con una disciplina admirable. Era, en muchos sentidos, un movimiento obrero modélico.
Las empresas respondieron con despidos masivos. El Gobierno, con el rodillo de siempre.
La tarde del 3 de marzo
Aquel miércoles, miles de trabajadores se concentraron en varios puntos de la ciudad. Uno de los núcleos principales fue la iglesia de San Francisco de Asís, en el barrio de Zaramaga, donde se celebraba una asamblea. El templo estaba abarrotado; fuera, en la calle, otros centenares aguardaban.
La Policía Armada recibió la orden de disolver la concentración. Lo que sucedió a continuación aún genera controversia, pero los hechos son incontestables: los agentes lanzaron botes de gases lacrimógenos al interior de la iglesia y, cuando los trabajadores trataron de salir huyendo del humo, abrieron fuego con balas reales.
Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, José Castillo García y Bienvenido Pereda Moral murieron aquella jornada o en los días siguientes a causa de las heridas de bala. Tenían entre dieciséis y treinta y dos años. Eran obreros. Eran padres, hijos, compañeros. Eran ciudadanos que exigían lo más básico: vivir con dignidad de su trabajo.
La respuesta del régimen y el silencio posterior
El Gobierno del presidente Carlos Arias Navarro, con Rodolfo Martín Villa como Ministro de Gobernación, defendió la actuación policial. La versión oficial habló de provocaciones y de la necesidad de restablecer el orden. Nunca hubo condena penal alguna para los responsables del tiroteo.
En los años siguientes, la Transición se construyó en parte sobre la cultura del olvido. Los pactos de la democracia naciente priorizaron la estabilidad sobre la justicia. Los crímenes del tardofranquismo quedaron en una zona gris, sin juicios, sin reparaciones, sin reconocimiento oficial pleno durante décadas.
No fue hasta años más tarde que el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz instituyó el 3 de marzo como festivo local, convirtiendo la fecha en un acto de memoria y homenaje. Cada año, la ciudad recuerda a sus cinco muertos con una manifestación que reúne a miles de personas: trabajadores, jóvenes, familias, representantes sindicales. Es uno de los pocos lugares de España donde la memoria obrera se mantiene viva con semejante fuerza.
Una herida que sigue abierta
La historia de Vitoria del 3 de marzo no es solo la historia de una represión. Es la historia de un movimiento que demostró que la clase trabajadora española era capaz de organizarse con autonomía, inteligencia y determinación. Es la historia de un Estado que respondió a esa organización con plomo.
Y es también un espejo incómodo para el presente. En un tiempo en que los derechos laborales vuelven a estar bajo presión, en que la precariedad se ha normalizado y la memoria colectiva se fragmenta, recordar Vitoria es recordar que esos derechos no cayeron del cielo: los conquistaron personas que pagaron con su vida el precio de exigirlos.
Pedro, Francisco, Romualdo, José y Bienvenido no deben ser solo nombres en una placa. Son parte de la deuda que la democracia española tiene con quienes la hicieron posible desde abajo, desde la fábrica, desde la asamblea, desde la calle.
Que su memoria no se apague.
Este artículo está dedicado a todos los trabajadores que perdieron la vida en la lucha por sus derechos durante la Transición española.