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Durante décadas, los científicos han apuntado sus antenas hacia el cielo buscando señales de inteligencia extraterrestre. Pero hay una pregunta más profunda y menos explorada que merece atención: si encontráramos a esos seres, ¿entenderían el universo como nosotros? ¿Compartirían nuestra física?

La respuesta, según el físico Daniel Whiteson, podría ser que no. Y eso nos dice algo inquietante sobre lo que llamamos ciencia.

Un espejo, no una ventana

La física moderna es un logro extraordinario. En poco más de un siglo hemos descifrado la estructura del átomo, rastreado el origen del universo y formulado leyes que parecen cumplirse desde la corteza terrestre hasta galaxias a millones de años luz. Es tentador concluir que estas leyes son inevitables, que cualquier civilización suficientemente inteligente llegaría a las mismas verdades.

Whiteson, que trabaja en el CERN analizando datos del Gran Colisionador de Hadrones, lo creyó durante mucho tiempo. Pero conversaciones con filósofos de la ciencia lo llevaron a una conclusión más incómoda: la física puede ser menos una ventana a la realidad universal y más un espejo que refleja el tipo particular de mentes que la construyeron.

La clave está en una verdad que los físicos rara vez admiten en voz alta: la física nunca describe el universo en su totalidad. Describe versiones cuidadosamente elegidas del mismo. Cuando calculamos la trayectoria de un cometa, decidimos qué fuerzas incluir y cuáles ignorar. No existe un único modelo correcto, sino modelos lo suficientemente buenos para la pregunta que nos hacemos. Si la física depende de elecciones —sobre simplificación, representación y énfasis— entonces unos físicos alienígenas podrían razonablemente hacer elecciones completamente distintas.

El tiempo no es lo que creemos

Imaginemos que una nave extraterrestre aterriza en la Tierra. Sus tripulantes han dominado los viajes interestelares. Enviamos científicos a buscar conocimiento. Regresan desconcertados: los alienígenas no pueden compartir su tecnología porque lo harán dentro de 74 años.

La implicación es perturbadora. Estos seres no experimentan el tiempo como una secuencia fluida que avanza del pasado al futuro. Para ellos, el tiempo es una estructura navegable, no algo que simplemente se soporta. Nuestra física, en cambio, está construida sobre la idea de que el presente genera el futuro, que las causas preceden a los efectos.

Pero esta idea, tan intuitiva para nosotros, puede ser una conveniencia humana más que una necesidad cósmica. Las pistas ya están en nuestras propias teorías. El entrelazamiento cuántico conecta partículas distantes de formas que desafían cualquier noción clásica de causalidad. La relatividad muestra que observadores en movimiento no coinciden sobre el orden de los eventos. Algunos físicos han propuesto interpretaciones retrocausales de la mecánica cuántica, donde eventos futuros ayudan a definir el presente. Son ideas marginales hoy, pero un ser que experimentara el tiempo de otra manera las adoptaría con total naturalidad.

¿Por qué elegir una sola teoría?

Hay otro supuesto que damos por sentado: que la ciencia avanza eliminando teorías hasta quedarse con una sola ganadora. Cuando varios modelos explican los mismos datos, diseñamos experimentos para destruir todos menos uno.

Imaginemos ahora una conferencia científica a bordo de una nave alienígena. Los extraterrestres presentan varios marcos teóricos incompatibles entre sí, pero cada uno funciona perfectamente. Ante la pregunta obvia —¿cuál es el verdadero?—, parecen desconcertados. Todos, responden. ¿Por qué elegir?

Lo interesante es que nuestra propia ciencia ya tolera más pluralismo del que reconoce. La meteorología moderna usa conjuntos de modelos que rutinariamente se contradicen, y los expertos deciden a cuál creerle según el contexto. La mecánica clásica puede formularse a través de las fuerzas de Newton, del flujo de energía, o del principio de mínima acción: tres marcos que hacen las mismas predicciones pero narran historias completamente distintas sobre qué está pasando en el fondo. El experimento no puede distinguirlos.

Una civilización alienígena podría adoptar desde el principio una visión de la ciencia como caja de herramientas, sin sentir la urgencia —tan humana, tan filosófica— de coronar una sola descripción como la verdad definitiva.

Tecnología sin ciencia

Hay un último escenario que resulta quizá el más revelador. ¿Y si los alienígenas abren un agujero de gusano ante nuestros ojos, pero no saben por qué funciona?

Parece absurdo. Estamos acostumbrados a pensar que la tecnología avanzada presupone comprensión teórica profunda. Pero históricamente, la relación entre ciencia y tecnología a menudo fue la inversa. Los humanos fabricaron acero, vidrio y antibióticos mucho antes de entender la química o la biología subyacente. Las catedrales góticas se levantaron siglos antes de que existiera el cálculo. El vínculo estrecho entre teoría y tecnología que damos por sentado es un logro reciente y culturalmente muy específico.

Una civilización que evolucionó de otra manera podría haber acumulado durante millones de años un saber hacer puramente empírico, sin sentir jamás la necesidad de buscar leyes abstractas detrás de los fenómenos. No habrían hecho física porque nunca habrían necesitado hacerla.

Lo que el espejo nos muestra

Reconocer la contingencia de la física no la debilita. Al contrario, puede ser precisamente cómo la hacemos mejor. Saber que nuestras teorías reflejan también las mentes que las construyeron nos obliga a mantener una honestidad intelectual que la arrogancia de la inevitabilidad cierra. La pregunta por los extraterrestres resulta ser, en el fondo, una pregunta sobre nosotros: sobre qué tipo de mentes somos, qué elegimos ver, y qué damos por universal cuando quizás solo es humano.

Categorías: CienciaFísica

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.