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Hubo un momento, no tan lejano, en que comprar un archivo digital con un mono caricaturesco podía hacerte millonario de la noche a la mañana. Los NFT —tokens no fungibles— prometieron revolucionar el arte, la propiedad y la inversión. Lo que no prometieron, aunque muchos terminaron recibiendo, fue una de las mayores ruinas colectivas de la historia reciente del dinero digital.

El auge que lo prometía todo

El fenómeno arrancó tímidamente en 2017 con CryptoKitties, pero fue durante la pandemia cuando se desató la fiebre. Con millones de personas encerradas en casa, con las criptomonedas al alza y el aburrimiento como caldo de cultivo, los NFT encontraron su momento. La lógica era seductora: un activo digital único, certificado en la blockchain, que garantizaba autenticidad y propiedad exclusiva. Por primera vez, podías «poseer» algo en internet.

En 2021 las cifras rozaron lo absurdo: la obra Everydays: The First 5000 Days del artista digital Beeple se vendió en Christie’s por 69 millones de dólares. Los monos de la colección Bored Ape Yacht Club alcanzaron precios de cientos de miles de dólares cada uno. Nike lanzó zapatillas digitales. Coca-Cola, Visa y Adidas querían su trozo del pastel. Celebrities como Justin Bieber y Madonna invirtieron en NFT, creando una ilusión de valor sostenible. El mercado parecía imparable.

La burbuja explota

La realidad, como suele hacer, llegó sin avisar. La especulación extrema, la sobreoferta y los temores de fraude hicieron que las ventas colapsaran: de 12.000 millones de dólares en transacciones a principios de 2022, el mercado apenas superaba los 1.000 millones poco después. Colecciones icónicas como Bored Apes y CryptoPunks perdieron hasta un 52% de su valor, y las ventas globales cayeron de 23.000 millones de dólares en 2022 a 8.000 millones en 2023.

El golpe no fue solo económico, sino también profundamente humano. Alrededor del 95% de los activos perdieron prácticamente todo su valor. Grandes inversores y celebridades lo perdieron casi todo, y muchos de ellos optaron por exhibir públicamente su fracaso en redes sociales, con una mezcla de humor negro y autocrítica que se volvió viral.

La caída no ha tocado fondo

Lejos de recuperarse, el mercado sigue en retroceso. Según Statista Market Insights, los mercados de NFT cerrarán 2025 con solo 504 millones de dólares en ingresos, cifra que representa un 11% menos que el año anterior y apenas un tercio de lo reportado en 2022. Se anticipa que los NFT mantendrán su tendencia negativa en 2026, marcando un cuarto año consecutivo de descenso, con ingresos proyectados de apenas 479 millones de dólares.

Los síntomas del derrumbe se perciben en todos los flancos del sector. La conferencia NFT París, que había planificado reunir a unos 20.000 asistentes en febrero de 2026, canceló su edición alegando directamente el colapso del mercado: «A pesar de los drásticos recortes de costes y de los meses de intentos para que funcionara, no lo logramos este año», comunicó su equipo. Plataformas históricas como OpenSea cambiaron de rumbo para alejarse del modelo puramente NFT, y otros mercados cerraron o se reestructuraron alegando economías insostenibles.

¿Qué falló exactamente?

Los analistas apuntan a varios factores convergentes. La retirada de inversores y el exceso de oferta dejaron a la mayoría de las colecciones sin valor, y la confianza se erosionó debido a un torbellino de estafas, plagios y proyectos fallidos. A eso se suma la falta de valor intrínseco: la euforia inicial se vio socavada por la ausencia de un valor real. En otras palabras, nadie supo responder convincentemente a la pregunta más básica: ¿para qué sirve esto, exactamente?

El contraste con el resto del mercado cripto resulta especialmente revelador: Bitcoin y otros tokens fungibles se recuperaron durante partes de 2024 y 2025, mientras que los NFT se mantuvieron estancados en una prolongada recesión.

¿Hay vida después del colapso?

Algunos expertos sostienen que la tecnología subyacente no ha muerto, solo se ha depurado. En 2025, los NFT se han ido integrando paulatinamente en los videojuegos, la música y las finanzas. Su valor ya no reside en el hype, sino en su capacidad real para demostrar propiedad y autenticidad en el entorno digital.

Pero para quienes invirtieron sus ahorros en un jpeg de un simio con gafas de sol, esa reflexión llega demasiado tarde. La lección que deja el mayor fiasco del arte digital es tan antigua como el propio dinero: cuando todo el mundo corre hacia algo sin entender bien qué es, conviene pararse a preguntar antes de correr.


Categorías: Informática

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.