Existe una escena que se repite con asombrosa regularidad en los salones parroquiales de toda España y Latinoamérica. Una pareja joven —que lleva conviviendo dos o tres años, que comparte cama, gastos y quizás hasta una mascota— se sienta frente a un sacerdote para realizar el curso prematrimonial. Asienten, responden lo que toca, y guardan un silencio cómplice sobre todo aquello que haría ruborizarse al cura. Luego se casan «por la Iglesia» con velo, arroz y lágrimas de emoción genuina.
El problema no es la boda. El problema es la mentira que la precede.
Católicos de Navidad y Semana Santa
La sociología religiosa lleva décadas documentando un fenómeno extendidísimo: el catolicismo cultural. Millones de personas se identifican como católicos sin pisar una iglesia salvo en fechas señaladas, sin comulgar, sin confesarse, y desde luego sin organizar su vida sexual según el Magisterio de la Iglesia. La doctrina oficial es clara y tajante: las relaciones sexuales fuera del matrimonio están prohibidas, y dentro de él deben estar abiertas a la procreación. Nada de anticonceptivos, nada de sexo por placer como fin en sí mismo.
Esta doctrina, sin embargo, es ignorada olímpicamente por la mayoría. Según diversas encuestas en países de tradición católica, más del 80% de los fieles autoidentificados como católicos rechaza las enseñanzas de la Iglesia sobre anticoncepción, y el sexo prematrimonial apenas genera debate moral entre las generaciones jóvenes y medias. No es desobediencia torturada: simplemente no lo consideran un asunto religioso.
Hasta ahí, todo comprensible. La tensión entre doctrina institucional y conciencia personal es tan antigua como la propia institución.
Cuando la Hipocresía se Vuelve Sacramento
El conflicto se vuelve filosóficamente interesante —y moralmente incómodo— cuando llega la boda. Porque estos mismos católicos no-practicantes, que han rechazado en la práctica casi toda la doctrina sexual de la Iglesia, quieren casarse por ella. Las razones son variadas: tradición familiar, la estética del ritual, complacer a los abuelos, o simplemente porque «no se conciben» casarse de otra manera.
Para lograrlo, deben superar el curso prematrimonial. Y aquí comienza el teatro.
El curso exige una sinceridad que los novios no están dispuestos a ofrecer. Se esperan respuestas que confirmen la adhesión a los valores que el sacramento encarna: fidelidad, apertura a la vida, castidad prematrimonial. Los novios, con una convivencia de años a sus espaldas, aprenden rápidamente qué decir y qué callar. No mienten de forma activa necesariamente, pero la omisión sistemática y calculada tiene su propio nombre en cualquier tratado de ética, incluidos los de la propia tradición católica.
El resultado es que el matrimonio católico comienza, literalmente, con una violación del octavo mandamiento.
La Pregunta que Nadie Quiere Hacerse
Aquí surge una cuestión teológica de fondo que la Iglesia debería tomarse más en serio de lo que aparenta: ¿es válido un sacramento obtenido mediante engaño?
La teología sacramental católica es muy precisa en este punto. El matrimonio, a diferencia de otros sacramentos, lo administran los propios contrayentes entre sí: el sacerdote es testigo cualificado, no ministro en sentido estricto. Para que el sacramento sea válido se requiere, entre otras condiciones, que exista un consentimiento libre, pleno y consciente, sin simulación ni exclusión de las propiedades esenciales del matrimonio.
Si un novio excluye mentalmente la apertura a la procreación, o si ambos simulan una disposición que no tienen, la Iglesia ya contempla que el matrimonio puede ser nulo. Los tribunales eclesiásticos existen precisamente para examinar estas situaciones. Pero lo hacen cuando el matrimonio fracasa. Nadie pregunta con seriedad antes.
La paradoja es reveladora: la institución que administra el sacramento sabe, estadísticamente, que una parte considerable de quienes se presentan ante el altar no cumplen los requisitos doctrinales. Y mira hacia otro lado porque la alternativa —aplicar el rigor doctrinal— vaciaría las iglesias de bodas, hundiría los ingresos parroquiales y enojaria a familias enteras.
Un Ritual Vaciado de Contenido
Hay algo más perturbador que la hipocresía institucional: la trivialización que los propios novios hacen del ritual que tanto anhelan. Si mintieron para conseguir que el sacerdote oficiara la ceremonia, ¿qué queda del peso sagrado de sus votos? ¿Con qué autoridad moral se prometen fidelidad eterna ante un Dios cuyas normas han incumplido durante años sin mayor drama de conciencia?
No se trata de juzgar su amor, que puede ser completamente real y hermoso. Se trata de preguntarse si tiene sentido invocar el aparato simbólico de una institución cuya autoridad moral se rechaza en lo práctico. Si la Iglesia no tiene razón sobre el sexo, los anticonceptivos y la convivencia prematrimonial, ¿por qué habría de tenerla sobre la indisolubilidad del vínculo? ¿Se elige la doctrina a la carta como en un bufet?
Una Honestidad Pendiente
La solución no pasa por que todos estos novios renuncien a la boda religiosa. Pasa por una conversación adulta y honesta: consigo mismos, con sus familias y con la institución que les casa.
Algunos teólogos progresistas llevan décadas pidiendo a la Iglesia que distinga entre el sacramento de fe y el rito cultural, que ofrezca una pastoral más realista y menos judicial. Pero mientras esa conversación no llegue, la escena del salón parroquial seguirá repitiéndose: dos personas que se aman, que construyen su vida juntos con libertad y honestidad, comenzando su matrimonio más solemne con una mentira cuidadosamente preparada.
Y eso, con independencia de lo que uno piense sobre Dios, el sexo o la Iglesia, es un comienzo que merece, al menos, ser mirado de frente.
Generado por Claude
