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Un estudio sin precedentes revela que, tras la revolución agrícola, poblaciones de todo el mundo desarrollaron adaptaciones casi idénticas de forma independiente. La evolución convergente, hasta ahora estudiada sobre todo en animales, parece haber moldeado también a nuestra especie.

El mayor estudio genético sobre la evolución reciente del Homo sapiens

Durante décadas, los biólogos evolutivos han observado en la naturaleza un fenómeno fascinante: especies muy distintas y sin parentesco cercano desarrollan de forma independiente soluciones casi idénticas a los mismos problemas. Los delfines y los tiburones tienen cuerpos hidrodinámicos similares sin compartir un antepasado común reciente; los ojos del pulpo y del ser humano son casi indistinguibles en su arquitectura, a pesar de haber evolucionado por separado. Este proceso recibe el nombre de evolución convergente, y hasta hace poco se consideraba algo ajeno a nuestra propia historia como especie.

Ahora, una investigación de gran envergadura viene a cambiar esa percepción. Un equipo internacional de científicos ha combinado el creciente acervo de genomas antiguos extraídos de restos humanos con datos genéticos de poblaciones vivas en todo el planeta, construyendo así el panorama más completo hasta la fecha de cómo ha evolucionado nuestra especie en los últimos diez mil años. Los resultados son sorprendentes: distintas poblaciones humanas, separadas por miles de kilómetros y sin contacto entre sí, experimentaron cambios genéticos llamativamente similares —e incluso en ocasiones idénticos— después de adoptar la agricultura.

La revolución neolítica como motor de la selección natural

La transición de una vida nómada de caza y recolección a comunidades sedentarias basadas en el cultivo de cereales y la cría de animales no fue solo un cambio cultural: fue una transformación radical del entorno biológico en el que vivían los seres humanos. La dieta cambió profundamente —más carbohidratos, menos proteína animal variada—; la densidad de población aumentó, facilitando la propagación de enfermedades infecciosas; y la convivencia cotidiana con ganado introdujo nuevos patógenos a los que los humanos debían adaptarse.

Todos estos factores actuaron como potentes fuerzas selectivas, presionando a las poblaciones humanas en una misma dirección. La investigadora Laura Colbran, de la Universidad de Pensilvania y una de las científicas vinculadas al estudio, lo resume con precisión: «Algunos de los mismos rasgos y los mismos genes están bajo selección en distintas poblaciones». En otras palabras, la naturaleza encontró las mismas respuestas en grupos humanos que ni siquiera sabían de la existencia de los demás.

¿Qué rasgos convergieron?

Entre los ejemplos más llamativos de esta convergencia se encuentran variantes genéticas relacionadas con el metabolismo de los almidones y los azúcares, la respuesta inmunitaria frente a infecciones bacterianas y víricas, y la tolerancia a la lactosa en la edad adulta —esta última, un caso clásico de evolución reciente que se produjo de manera independiente en poblaciones ganaderas de Europa, África oriental y Asia central—. También se han identificado paralelismos en genes vinculados a la pigmentación de la piel, la talla corporal y la resistencia a ciertas enfermedades prevalentes en entornos agrícolas.

Lo que hace especialmente valioso este estudio es la escala con la que aborda la pregunta. Gracias al avance acelerado de las técnicas de secuenciación de ADN antiguo, los investigadores han podido comparar genomas de individuos que vivieron hace miles de años con los de sus descendientes modernos, identificando con precisión qué variantes genéticas se volvieron más frecuentes —y, por tanto, favorecidas por la selección natural— a lo largo del tiempo.

Implicaciones para la medicina y la biología

Más allá de la fascinación intelectual que despierta constatar que la evolución puede repetirse, los hallazgos tienen implicaciones prácticas considerables. Si distintas poblaciones llegaron a las mismas soluciones genéticas de forma independiente, eso sugiere que existe un número relativamente limitado de «soluciones óptimas» para ciertos desafíos biológicos, lo que a su vez puede orientar la búsqueda de dianas terapéuticas en enfermedades metabólicas e infecciosas.

Además, comprender qué impulsó la evolución humana reciente ayuda a contextualizar las diferencias genéticas que existen hoy entre poblaciones, desmontando narrativas simplistas sobre razas o jerarquías biológicas: las divergencias son adaptaciones locales a condiciones ambientales concretas, no marcadores de superioridad o inferioridad. La biología, una vez más, nos recuerda que la unidad es mayor que la diferencia.

En definitiva, somos una especie que, ante los mismos retos, encontró las mismas respuestas en los rincones más distantes del planeta. La evolución convergente no es solo un truco de la naturaleza con tiburones y delfines: es también parte de nuestra propia historia.

Fuente: estudio basado en genomas antiguos y modernos publicado en 2026. Declaraciones de Laura Colbran (Universidad de Pensilvania).


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.