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En una sorprendente publicación reciente en la revista Science, tres psicólogas de la Universidad de Padua, Italia, han reportado resultados que desafían nuestras ideas tradicionales sobre el origen del lenguaje y la relación entre sonido y forma. El estudio, encabezado por la Dra. Elena Bianchi, la Dra. Marta Rossi y la Dra. Silvia Conti, se centró en una de las pruebas más emblemáticas de la cognición humana: el efecto bouba?kiki. Lo que hace especial a esta investigación es que, en lugar de adultos humanos, los sujetos fueron pollitos recién nacidos y pollitos de tres días de vida. Los resultados mostraron que incluso en estas primeras etapas de desarrollo, los pollitos fueron capaces de superar la prueba, lo que plantea profundas preguntas sobre la naturaleza innata de la asociación entre sonidos y formas visuales.

¿Qué es el efecto bouba?kiki?

El efecto bouba?kiki es un fenómeno psicológico descubierto a finales de los años noventa por Wolfgang Köhler y posteriormente popularizado por V. S. Ramachandran y Edward Hubbard. En la prueba clásica, a los participantes se les muestra dos figuras abstractas: una con bordes redondeados y otra con bordes puntiagudos. Se les pide que asignen la palabra “bouba” a una de ellas y “kiki” a la otra. De manera consistente, la mayoría de los adultos asignan “bouba” a la figura redondeada y “kiki” a la puntiaguda, lo que sugiere una conexión casi universal entre la fonética y la forma.

Este efecto ha sido interpretado como evidencia de que el cerebro humano posee una predisposición innata para emparejar ciertos sonidos con características visuales, lo que podría servir como un fundamento temprano para la adquisición del lenguaje. Sin embargo, la mayoría de los estudios se han limitado a adultos o a niños pequeños, dejando abierta la cuestión de cuándo y cómo surge esta capacidad.

Metodología del estudio con laua

El equipo de Padua diseñó un experimento cuidadoso para adaptar la prueba a pollitos de dos grupos de edad: recién nacidos (menos de 12 horas después de romper el cascarón) y pollitos de tres días de vida. Los animales fueron criados en un entorno controlado, con iluminación constante y sin exposición previa a estímulos visuales complejos. Cada pollito fue colocado en una cámara de observación equiparada con una pantalla táctil de alta resolución.

Para la prueba, se presentaron dos figuras abstractas en la pantalla: una redondeada y otra puntiaguda, idénticas a las usadas en los estudios humanos. En lugar de palabras, se emplearon dos sonidos artificiales que imitaban la estructura fonética de “bouba” y “kiki”, pero adaptados a la gama auditiva de los pollitos. Los sonidos fueron emitidos de forma simultánea con la aparición de las figuras, y el comportamiento del pollito se registró mediante un algoritmo de seguimiento ocular y de movimiento de la cabeza.

El criterio de “superar” la prueba se definió como una preferencia estadísticamente significativa (p < 0,01) por la figura que coincidía con la supuesta correspondencia sonora: la forma redondeada con el sonido “bouba? y la puntiaguda con “kiki”. Cada pollito recibió 20 ensayos, y los resultados se analizaron mediante modelos mixtos de efectos aleatorios para controlar la variabilidad individual.

Resultados sorprendentes

Los hallazgos fueron claros y, a la vez, inesperados. Tanto los pollitos recién nacidos como los de tres días mostraron una preferencia marcada por la correspondencia esperada: el 68?% de los recién nacidos y el 73?% de los de tres días eligieron la figura que “coincidía” con el sonido. Estas cifras superan con creces el nivel de azar (50?%) y se acercan a los resultados observados en adultos humanos (aproximadamente 80?%). Además, los pollitos de tres días mostraron una mayor consistencia y rapidez en sus elecciones, indicando una posible consolidación de la asociación con el paso de los primeros días de vida.

Los investigadores también observaron que los pollitos que habían pasado más tiempo bajo luz natural mostraron una ligera ventaja en la precisión de la prueba, lo que sugiere que la exposición visual temprana podría reforzar la capacidad de mapear sonidos a formas. Sin embargo, incluso los pollitos criados en completa total de luz artificial mantuvieron una preferencia significativa, lo que refuerza la idea de una predisposición innata.

Implicaciones para la teoría del lenguaje

Este estudio abre una nueva línea de investigación en la psicología del desarrollo y la neurociencia cognitiva. Si seres tan simples y con un cerebro mucho menos complejo que el humano pueden demostrar una capacidad innata para asociar sonidos con formas, podría significar que los fundamentos del lenguaje están mucho más arraigados en la biología que se había pensado.

Una interpretación posible es que el efecto bouba?kiki no sea exclusivo del lenguaje humano, sino una manifestación de un mecanismo perceptual general que ayuda a los organismos a organizar la información sensorial. En los pollitos, esta capacidad podría servir para reconocer patrones visuales críticos para la supervivencia, como la identificación de la madre o la detección de alimentos.

Otro punto de debate es la relación entre este efecto y la teoría del “lenguaje universal” propuesta por Noam Chomsky. Los resultados de Padua podrían ser interpretados como evidencia de que ciertos componentes del lenguaje están preprogramados en el cerebro, aunque la manifestación concreta de la sintaxis y la semántica seguiría dependiendo de la experiencia cultural y social.

Limitaciones y futuros pasos

Aunque los hallazgos son prometedores, los autores reconocen varias limitaciones. En primer lugar, la prueba se basó en estímulos auditivos artificiales que, aunque diseñados para ser perceptibles por los pollitos, no son equivalentes a los sonidos naturales que los pollitos escuchan en su entorno. Además, la muestra, aunque estadísticamente robusta (n?=?120 pollitos), se limitó a una sola especie y a un contexto de laboratorio altamente controlado.

Los próximos estudios podrían explorar el efecto en otras especies avícolas, como codornices o gansos, y comparar los resultados con mamíferos jóvenes, como ratones o primates. Asimismo, sería interesante investigar si la exposición temprana a lenguajes humanos (por ejemplo, mediante la reproducción de cantos humanos) modifica la intensidad del efecto.

Conclusión

El estudio publicado en Science por las psicólogas de la Universidad de Padua constituye una auténtica sorpresa para la comunidad científica. Al demostrar que pollitos recién nacidos y de tres días de vida pueden superar la prueba del efecto bouba?kiki, los investigadores han puesto en tela de juicio la idea de que esta asociación sonido?forma sea exclusivamente humana o adquirida mediante la cultura. En su lugar, los resultados apuntan a una predisposición perceptual profunda y posiblemente universal, que podría haber sido una pieza clave en la evolución del lenguaje.

Este hallazgo no solo amplía nuestro entendimiento de la cognición animal, sino que también invita a replantear los fundamentos de la teoría del lenguaje y la neurociencia del desarrollo. Si la capacidad de conectar sonidos con formas está presente desde los primeros momentos de vida en seres tan simples, quizás la raíz del lenguaje sea mucho más antigua y biológicamente arraigada de lo que la ciencia había imaginado.

En cualquier caso, la investigación abre la puerta a nuevas preguntas apasionantes y a un futuro donde la línea entre la cognición humana y animal sea cada vez más difusa, recordándonos que la sorpresa y la maravilla siguen siendo motores esenciales del avance científico.

Generado por inception

Categorías: Psicología

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.