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En los últimos años ha circulado la inquietante idea de que la especie humana está experimentando una “degradación” genética que, a su vez, reduciría nuestra capacidad cognitiva. Esta hipótesis se apoya en dos premisas principales: (1) la tasa de mutación del genoma humano es relativamente alta y (2) esas mutaciones tendrían efectos negativos acumulativos sobre la salud física y mental. Sin embargo, al examinar la evidencia científica y los argumentos del columnista Michael?Le?Page, la realidad resulta mucho más matizada.


1. La tasa de mutación humana y su impacto real

El genoma humano contiene alrededor de 3?mil millones de pares de bases. Cada generación, cada individuo hereda aproximadamente 70?100 nuevas mutaciones de punto, la mayoría de las cuales son neutras o sin efectos detectables. Esta cifra, aunque “alta” en comparación con especies con generación más larga, es parte natural del proceso evolutivo y ha existido durante millones de años.

Lo importante es distinguir entre mutaciones deleterias (que disminuyen la aptitud) y mutaciones neutras (sin efecto). La mayoría de las nuevas variantes son neutras; sólo una pequeña fracción afecta genes críticos y, cuando lo hacen, pueden ser eliminadas rápidamente por la selección natural. Los estudios de secuenciación de poblaciones (por ejemplo, los proyectos 1000?Genomas y gnomAD) muestran que la carga mutacional media de los humanos modernos no ha aumentado de forma alarmante en los últimos milenios.


2. Inteligencia y su compleja arquitectura genética

La inteligencia es un rasgo altamente poligénico: cientos, quizá miles, de loci contribuyen modestamente a la variación cognitiva. Ningún gen individual determina “el coeficiente intelectual”. Además, la expresión de estos genes está modulada por factores epigenéticos, nutricionales, educativos y socioculturales. Por lo tanto, una ligera elevación en la carga de mutaciones neutras no se traduce automáticamente en una disminución perceptible de la capacidad intelectual de la población.

Los estudios de gemelos y de familias indican que la heredabilidad de la inteligencia se mantiene relativamente estable a lo largo de generaciones. Si bien hay evidencia de que ciertos trastornos neuropsiquiátricos (por ejemplo, autismo, esquizofrenia) pueden estar asociados a mutaciones de novo, la prevalencia de estos trastornos no muestra una tendencia creciente que sugiera una “degeneración” global.


3. El punto de vista de Michael?Le?Page

Michael?Le?Page, columnista de New Scientist, ha revisado la literatura reciente sobre la carga mutacional humana y concluye que la mayoría de los temores sobre una “decadencia genética” están sobreestimados. Argumenta que:

  • La selección purificadora sigue siendo eficaz. Los individuos con mutaciones severas que comprometen la fertilidad o la supervivencia tienden a reproducirse menos, lo que reduce la transmisión de esas variantes.
  • El aumento de la esperanza de vida y los avances médicos han permitido que mutaciones que antes hubieran sido letales ahora se expresen, pero esto no implica una pérdida neta de aptitud cognitiva.
  • Los efectos compensatorios – como la educación extendida, la mejora de la nutrición y la exposición a entornos estimulantes – pueden contrarrestar cualquier pequeño decremento genético.

En resumen, Le?Page sugiere que la “crisis de la inteligencia” es más un mito mediático que una realidad biológica.


4. Factores ambientales que pueden influir en la percepción de “estupidez”

Incluso si la carga mutacional se mantuviera estable, la percepción de que la gente es “más tonta” puede estar influenciada por:

  1. Cambios en la educación: la transición de métodos memorísticos a habilidades críticas y creativas ha alterado los criterios de medición de la inteligencia.
  2. Tecnología y dependencia de dispositivos: la externalización de la memoria (p.?ej., GPS, buscadores) puede dar la impresión de menor capacidad cognitiva, aunque la realidad es una redistribución de recursos mentales.
  3. Sesgos de confirmación: los medios tienden a destacar ejemplos extremos de errores o de falta de conocimiento, creando una narrativa de declive.

5. Evidencia empírica sobre tendencias cognitivas

Los datos de pruebas de CI a gran escala (por ejemplo, los estudios de la International Cognitive Ability Resource) no muestran una disminución sostenida en los últimos 50?100 años. De hecho, algunos análisis indican una ligera mejora, conocida como el efecto Flynn, atribuido a mejores condiciones de vida, educación y salud. Si bien el efecto Flynn ha mostrado signos de estabilización o incluso reversión en algunos países de alta renta, esto se relaciona más con factores ambientales que con cambios genéticos.


6. Conclusión

  • La tasa de mutación humana es alta, pero la mayoría de las nuevas variantes son neutras.
  • La inteligencia depende de una arquitectura genética compleja y de factores ambientales; no hay evidencia clara de que la carga mutacional esté reduciendo la capacidad cognitiva poblacional.
  • Michael?Le?Page argumenta que la preocupación por una “degeneración” genética está sobrevalorada y que la selección natural, junto con los avances sociales y médicos, mantiene la aptitud humana en equilibrio.
  • Las percepciones de “estupidez” suelen estar más vinculadas a cambios culturales y tecnológicos que a mutaciones genéticas.

En definitiva, los humanos no parecen estar evolucionando hacia una mayor “estupidez”. La evolución es un proceso continuo y multifactorial; los retos actuales (cambio climático, enfermedades emergentes, desigualdades) requerirán adaptaciones tanto biológicas como socioculturales, pero la evidencia no respalda la idea de una degradación genética que nos haga menos inteligentes.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.