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Hubo un tiempo en que subirse a un escenario TED significaba algo. En 1984, cuando la primera conferencia TED reunió en Monterey, California, a mentes de la tecnología, el entretenimiento y el diseño, la premisa era poderosa: ideas worth spreading. Ideas que merecían ser difundidas. Por aquel escenario desfilaron científicos como Stephen Hawking, neurocientíficos como Oliver Sacks, visionarios como Al Gore. Las charlas TED eran una ventana al pensamiento de frontera, un espacio donde un investigador podía condensar años de trabajo en dieciocho minutos densos, rigurosos y, a veces, transformadores.
Hoy, ese mismo formato alberga a Llados.
Para quien no lo conozca, Llados —nombre artístico de un influencer español de fitness— representa una nueva especie de orador TEDx: sin producción científica, sin trayectoria intelectual verificable, pero con millones de seguidores en redes sociales y un mensaje motivacional que se reduce, en esencia, a la disciplina como panacea universal. Su presencia en un escenario TEDx no es una anomalía: es el síntoma más visible de una transformación que lleva años gestándose.
El sociólogo Benjamin Bratton lo advirtió en 2013, cuando pronunció una charla TEDx titulada, con ironía quirúrgica, What’s Wrong with TED Talks?. Bratton denunciaba que el formato fomentaba una «sociología pop» donde ideas complejas se comprimían hasta perder su sustancia. «Ayudaron a crear una audiencia incapaz de procesar ideas complejas», declaró años después al diario El País, «y ahora son víctimas de su propio éxito». [^1] El diagnóstico era incómodo, pero profético.
La caída no fue repentina. Fue, más bien, un deslizamiento gradual catalizado por dos decisiones estratégicas. La primera fue la apertura de la marca TEDx en 2009, que permitió a cualquier organizador local replicar el formato. La democratización era noble en su intención, pero devastadora en sus consecuencias. De pronto, el escenario rojo dejó de ser un filtro de excelencia para convertirse en una franquicia. Como señaló el analista de datos Victoriano Izquierdo, la multiplicación de eventos «diluyó la marca»: las charlas se volvieron más numerosas pero menos relevantes, y sus audiencias cayeron incluso descontando el efecto de acumulación temporal. [^1]
La segunda decisión fue la adaptación al ecosistema digital. Las charlas pasaron de durar una media de veinte minutos a principios de los 2000 a rondar los diez en la actualidad. [^1] El recorte no solo afectó la extensión sino la profundidad. Cuando David Christian explicó la historia del universo en diecisiete minutos, la proeza narrativa era innegable; pero la pretensión de que ese nivel de síntesis funciona para cualquier problema serio resulta, como mínimo, ingenua.
El periodista Jesse Singal acuñó el concepto de primeworld para describir esta cosmovisión: la idea de que podemos resolver los principales problemas sociales con intervenciones sencillas y de bajo coste. Las charlas TED, argumenta Singal, se convirtieron en el vehículo perfecto para este optimismo simplificador. [^1] Recuérdense los casos de Amy Cuddy y sus «power poses» —posteriormente cuestionadas por la crisis de replicabilidad en psicología— o de Angela Duckworth y su concepto de grit, extrapolado desde un estudio limitado hasta convertirse en receta universal para la superación personal.
En su defensa, la exproductora de TED June Cohen argumenta que antes de estas charlas «no había lugar en la cultura pop para las ideas», al menos en Estados Unidos. [^1] El argumento tiene mérito: TED creó un mercado de divulgación que antes no existía. Pero ese mismo éxito generó los incentivos perversos que terminaron degradando el producto. Como en toda industria cultural, la escala exigió concesiones. La presión por viralizar empujó a los organizadores a premiar lo emocional sobre lo riguroso, lo contraintuitivo sobre lo sólido, la historia personal conmovedora sobre la evidencia científica incómoda.
El resultado es un espectro que va de lo sublime a lo grotesco y que coexiste bajo la misma marca. En un extremo, la charla de Hans Rosling desmontando mitos sobre el desarrollo global con datos y burbujas animadas: divulgación en estado puro. En el otro, un influencer de gimnasio repitiendo mantras de superación personal a un público que confunde carisma con autoridad. Entre ambos extremos, miles de charlas TEDx donde profesores de universidad, emprendedores y coaches comparten escenario sin que el espectador tenga herramientas para distinguir quién habla con evidencia y quién con opinión.
El problema no es que Llados suba a un escenario. El problema es que lo haga al mismo escenario, con el mismo logo, el mismo formato y la misma pretensión de legitimidad que un premio Nobel. Julia Ludewig, en su análisis del género TED como forma retórica híbrida, identificó ya en 2017 que las charlas habían evolucionado hacia una combinación de pitch comercial, memorias personales y conferencia académica. [^2] Esa hibridación, inicialmente fértil, terminó por borrar las fronteras entre conocimiento y entretenimiento.
Existe, además, una dimensión económica que rara vez se menciona. La entrada más barata a la conferencia TED anual cuesta cinco mil dólares; la más cara, doscientos cincuenta mil. [^1] Este modelo financiero crea una burbuja de élite donde los patrocinadores corporativos influyen, al menos indirectamente, sobre quién habla y de qué. Cuando el CEO de Shell subió al escenario de TED para hablar de cambio climático y la activista Lauren MacDonald rompió el guion para acusarlo de greenwashing, la organización reaccionó con incomodidad, no con gratitud. El sistema estaba diseñado para inspirar, no para incomodar.
La trayectoria de TED a TEDx y de TEDx a la irrelevancia ilustra un patrón recurrente en la cultura digital: la democratización sin criterio produce abundancia sin valor. No se trata de nostalgia por un pasado elitista, sino de reconocer que cuando todo es «una idea que merece ser difundida», nada lo es realmente. El formato que nació para acercar el pensamiento profundo al gran público terminó enseñando al gran público que el pensamiento profundo cabe en diez minutos, no requiere credenciales y se mide en visualizaciones.
De Hawking a Llados no hay un salto: hay una pendiente. Y la pendiente, como toda buena charla TED, se recorre sin darse cuenta de que se está bajando.
[^1]: Alpañés, 2021. Charlas TED: los riesgos del pensamiento pop | Ideas – EL PAÍS.
[^2]: Ludewig, 2017. TED Talks as an Emergent Genre.
