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Hay algo desconcertante en la coincidencia entre la primavera y la Semana Santa. Mientras la naturaleza estalla en color, en luz y en vida renovada, la tradición cristiana impone una semana entera consagrada al luto, la penitencia y el sufrimiento. Esta paradoja no es accidental: refleja una tensión profunda entre la biología humana, que nos empuja hacia el placer y la alegría, y una narrativa religiosa que históricamente ha elevado el dolor a categoría de virtud.

Desde una perspectiva racional, cuesta justificar las procesiones de semblantes afligidos, los pasos con imágenes ensangrentadas, los cilicios y los compases fúnebres. Sin embargo, su arraigo popular es innegable. La explicación quizás la dio Aristóteles hace veinticinco siglos: la catarsis. El espectador que contempla el dolor escenificado conecta con su propio dolor reprimido y obtiene un alivio emocional. En sociedades con enormes cargas de culpa acumulada —precisamente las de tradición católica— esa válvula de escape tiene una función psicológica real, aunque paradójica.

Porque el problema no es la catarsis en sí, sino el relato de fondo que la sostiene. El cristianismo ha construido durante siglos una visión de la existencia como «valle de lágrimas», donde sufrir es casi un mérito espiritual y la felicidad terrena, una sospecha de frivolidad. Esta narrativa choca frontalmente con lo que la ciencia de la mente nos dice hoy: el cerebro humano está mejor equipado para la felicidad que para el sufrimiento. No nacemos para padecer, sino para prosperar.

La comunidad internacional reconoció esta evidencia en 2012, cuando la Asamblea General de la ONU proclamó el Día Internacional de la Felicidad. La resolución afirmaba que el bienestar y la felicidad son aspiraciones universales legítimas que deben incorporarse a las políticas de los gobiernos. Un enfoque más solidario y equitativo del desarrollo, la erradicación de la pobreza y el cuidado del medio ambiente fueron señalados como condiciones para alcanzarla. Es decir, la felicidad colectiva requiere justicia, no sacrificio.

Esta perspectiva contrasta con la actitud de ciertos poderes —tanto religiosos como políticos— que parecen encontrar su razón de ser precisamente en el sufrimiento ajeno. El artículo de Coral Bravo, publicado en El Plural, traza una línea directa entre la exaltación religiosa del dolor y determinadas políticas de derechas que se traducen en recortes sociales, guerras, derogación de derechos y empobrecimiento ciudadano. La coincidencia no es casual, apunta la autora: ambos fenómenos comparten una misma lógica de control a través de la pena.

El caso de Noelia, la joven de poco más de veinte años que durante dos años luchó judicialmente para que se le aplicara la eutanasia, ilumina esta tensión con dolorosa claridad. Su historia, marcada por un sufrimiento físico y psíquico insoportable, se convirtió en campo de batalla entre su voluntad —avalada por sucesivas sentencias judiciales, incluida la del Tribunal Europeo de Derechos Humanos— y la oposición de su padre, apoyado por la organización Abogados Cristianos. La eutanasia fue finalmente aplicada, convirtiendo a Noelia en el primer precedente judicial de muerte asistida en España.

El caso recuerda otros precedentes igualmente dramáticos: Ramón Sampedro, que durante décadas reclamó su derecho a morir con dignidad, o Eluana Englaro, la italiana que permaneció quince años en estado vegetativo mientras su padre peleaba contra la Iglesia para poder desconectarla. En todos ellos, la institución religiosa se erigió en defensora de una vida que ya no era vida, ignorando el deseo de quien la vivía y el sufrimiento que esa prolongación imponía.

Lo verdaderamente llamativo, como señala Bravo, es la selectividad moral de esa defensa. Quienes combaten con tanto fervor cualquier ley de eutanasia suelen guardar silencio ante los centenares de mujeres que mueren cada año víctimas del machismo, o ante las consecuencias humanas de las políticas que ellos mismos promueven. La vida parece importar mucho más cuando puede convertirse en símbolo que cuando necesita protección real y cotidiana.

Todo esto nos devuelve a la pregunta de fondo: ¿para qué estamos aquí? Aristóteles, al que la autora cita en dos ocasiones, tenía una respuesta clara: la felicidad es el fin último de la vida humana. No el sufrimiento, no la expiación, no la renuncia. La felicidad entendida no como hedonismo superficial, sino como florecimiento pleno de las capacidades humanas en una comunidad justa.

Morir dignamente, cuando la vida se ha vuelto insoportable, forma parte de ese derecho al florecimiento. No es una derrota ni una renuncia: es el último acto de autonomía de un ser humano sobre su propia existencia. Las instituciones, religiosas o políticas, que se empeñan en arrebatarlo no lo hacen por amor a la vida. Lo hacen por necesidad de control.

La primavera, con su insistencia en renacer, quizás nos recuerde precisamente eso: que la vida, cuando es vida de verdad, no necesita celebrar el dolor. Le basta con florecer.

Fuente: La religión y la infelicidad

Categorías: PsicologíaReligión

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.