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Por qué la exhumación de cinco jóvenes violadas y asesinadas por falangistas en 1936 desnuda la impunidad estructural del franquismo y sus herederos

El 27 de agosto de 1936, cinco jóvenes de entre 16 y 22 años —María Jesús Caro, Coral García, Josefa García, María León y Joaquina Lora— fueron secuestradas en Fuentes de Andalucía, trasladadas a una finca llamada El Aguaucho, violadas, obligadas a servir la comida a sus verdugos, y finalmente asesinadas. Sus cuerpos, arrojados a una fosa común en Cañada Rosal, permanecieron en el olvido institucional durante casi nueve décadas. En noviembre de 2024, los restos de nueve mujeres —cinco de ellas menores de 20 años— fueron finalmente localizados en el cementerio de Cañada Rosal, confirmando lo que la memoria popular nunca olvidó: que el franquismo no solo fusiló, sino que torturó, violó y desapareció cuerpos como método de terror sistemático .

El crimen del Aguaucho no fue un episodio aislado de la «guerra civil». Fue una ejecución de terror caliente perpetrada por falangistas en un pueblo donde, según los historiadores, «el golpe militar de julio triunfó de forma inmediata. No hubo resistencia» . Aun así, fueron asesinadas 116 personas, 27 de ellas mujeres. La violación como arma de guerra, la exhibición de la ropa interior de las víctimas «en la punta de los fusiles» como trofeo, y la impunidad total de los perpetradores, constituyen el verdadero rostro del golpe de Estado que el régimen franquista y sus sucesores han intentado maquillar como «crusada nacional» .

La reciente localización de los restos —en el marco del proyecto de Memoria Democrática de la Junta de Andalucía— no debe interpretarse como una victoria de la justicia, sino como una constatación de su fracaso estructural. Durante décadas, las instituciones españolas mantuvieron estos crímenes en el limbo legal: la Ley de Amnistía de 1977, los acuerdos de la Transición, y la posterior Ley de Memoria Histórica (2007) —despojada de mecanismos de justicia penal efectivos— construyeron un muro de impunidad que solo ahora, con la presión social y el agotamiento de la estrategia del olvido, comienza a resquebrajarse .

La fosa de Cañada Rosal, donde finalmente reposan las «Niñas del Aguaucho», es solo una más de las 150 fosas comunes registradas en la provincia de Sevilla, de las cuales 93 permanecen pendientes de exhumación . Mientras tanto, la mayor fosa común abierta en Europa occidental desde Srebrenica —Pico Reja, en el cementerio de San Fernando de Sevilla, con más de 4400 individuos exhumados— sigue revelando la magnitud de una represión que supera ampliamente las cifras oficiales: 869 víctimas identificadas del franquismo, cuando las estimaciones documentales hablaban de 1103 . La tierra, literalmente, habla más que los archivos oficiales.

El problema no es solo el pasado, es el presente. Los sucesores políticos del franquismo —desde quienes ocupan instituciones heredadas del régimen hasta quienes niegan sistemáticamente la naturaleza genocida de la represión— mantienen activa una estrategia de negación institucional. La exhumación de las Niñas del Aguaucho no ha provocado ninguna condena judicial, ninguna investigación de crímenes de lesa humanidad, ninguna revisión de la impunidad construida en 1977. La «memoria democrática» se ha convertido en un gesto cultural —monumentos, estatuas, documentales— que ritualiza el duelo sin tocar la estructura de poder que permitió estos crímenes y que los protege aún hoy .

La violencia sexual contra las mujeres durante el franquismo —sistemática, silenciada, invisibilizada en los relatos dominantes— encuentra en el Aguaucho una metáfora perfecta de cómo funciona la impunidad española: los cuerpos de las mujeres fueron usados como campo de batalla, sus violadores murieron en sus camas, y sus nombres han tenido que ser recuperados por la sociedad civil contra el veto institucional. Que cinco jóvenes de 16 a 22 años fueran violadas, asesinadas y arrojadas a una fosa común no mereció ni siquiera una investigación policial en 1936, ni un juicio en la democracia, ni una condena administrativa en 2024 .

La exhumación de noviembre de 2024 debería ser el inicio de un proceso judicial, no su sustituto. Pero en España, la justicia penal para los crímenes del franquismo sigue bloqueada por la interpretación restrictiva de la Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo, que han convertido la prescripción y la amnistía en dogmas inamovibles. Mientras tanto, los restos de las Niñas del Aguaucho —como los de Pico Reja, como los de las 150 fosas de Sevilla— son «evidencia» sin tribunal, prueba material sin proceso, verdad sin justicia .

El franquismo no terminó en 1975. Sus sucesores actuales —quienes controlan patrimonio incautado, quienes mantienen títulos nobiliarios otorgados por Franco, quienes niegan la violencia de género en la represión— heredaron no solo el poder económico y político, sino la certeza de que la impunidad es el fundamento del régimen. La exhumación de las Niñas del Aguaucho es una victoria de la memoria popular sobre el olvido institucional, pero también una advertencia: mientras no haya justicia, cada fosa abierta es una acusación contra un Estado que sigue eligiendo la reconciliación forzada sobre la verdad judicial.

Que la tierra de Cañada Rosal haya devuelto los cuerpos de estas mujeres 88 años después no es un acto de justicia histórica. Es la constatación de que la justicia nunca llegó, y de que sus herederos siguen gozando de ella.


Generado por Kimi


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.