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Bertrand Ndongo, ese agitador de pacotilla que ha convertido el Congreso en su patio de recreo y las calles de Madrid en un campo de batalla dialéctica, ha publicado un vídeo en el que, con la solemnidad de un actor de tercera, pide perdón por haber fotografiado a los hijos de la ministra Mónica García a la salida de su colegio. «Crucé todos los límites», dice, con la voz quebrada de quien acaba de descubrir que la crueldad tiene consecuencias. «Me siento asqueado de mí mismo», añade, como si el remordimiento le hubiera caído del cielo en lugar de ser la consecuencia lógica de años de hostigamiento sistemático.

Pero, oh sorpresa, este arrepentimiento tardío llega tres años después del hecho. Tres años en los que Ndongo, ese paladín de la «libertad de expresión» que tanto le gusta invocar cuando le conviene, no movió un dedo para disculparse. ¿Por qué ahora? La respuesta es tan obvia como el circo que montó en la sala de prensa del Congreso hace solo unos días, gritando como un energúmeno y amenazando a periodistas. Porque, como bien señala Mónica García, su lista de víctimas es larga, y ahora mismo tiene un problema: Vito Quiles, su competidor en el circo ultra, le está comiendo el terreno.

La guerra de egos en el estercolero digital

Ndongo y Quiles son dos caras de la misma moneda: dos matones con micrófono que han convertido el acoso a políticos y periodistas en un reality show de bajo presupuesto. Mientras Quiles lleva el acoso a un nivel casi delictivo —desde seguir a sus víctimas hasta sus domicilios hasta difundir datos personales—, Ndongo se contentaba con el bullying callejero y los gritos en el Congreso. Pero ahora que Quiles le está ganando en audiencia y radicalismo, Ndongo necesita reinventarse. ¿Cómo? Pidiendo perdón por algo que hizo hace tres años, claro. Porque en el mundo de la ultraderecha, la autocrítica es un trending topic, siempre que sirva para atacar al rival.

La maniobra es tan transparente que hasta un ciego la vería. Ndongo no se arrepiente de haber hostigado a los hijos de una ministra —algo que, por cierto, es delito en cualquier país civilizado—, sino que intenta desmarcarse de Quiles para no quedarse atrás en la carrera por el likes fácil. Porque en este mundillo, la moral es un producto de consumo: se compra cuando conviene y se vende cuando hay que escalar en la jerarquía ultra.

La hipocresía de la derecha: victimizarse mientras victimiza

Lo más grotesco de este episodio no es la disculpa tardía de Ndongo, sino la hipocresía de una derecha que se rasga las vestiduras cuando se le recuerda su propia basura. Porque, seamos claros: Ndongo no es una excepción, sino la norma. La ultraderecha española —y europea— lleva años normalizando el acoso, la difamación y la intimidación como herramientas políticas. Desde los trolls de Vox hasta los periodistas que justifican el linchamiento digital, el mensaje es el mismo: si no estás con nosotros, eres un enemigo al que hay que destruir.

Y lo peor es que, cuando alguien les recuerda que sus métodos son repugnantes, recurren al victimismo. «Nos censuran», «nos atacan», «nos persiguen». Como si el hecho de que Mónica García les recuerde que llevan años acosando a sus familias fuera un ataque a la libertad de expresión en lugar de un recordatorio de que, efectivamente, son unos cobardes que prefieren hostigar a niños antes que debatir ideas.

¿Dónde está la línea roja?

La pregunta que nadie se hace —o que la derecha se encarga de silenciar— es esta: ¿dónde está la línea roja para estos personajes? Porque, al parecer, fotografiar a los hijos de una ministra a la salida del colegio no la cruza. Gritar en el Congreso a periodistas no la cruza. Difundir datos personales de políticos y sus familias no la cruza. Lo único que sí la cruza es que, de repente, alguien les recuerde que su comportamiento es el de unos energúmenos sin escrúpulos.

Y lo más irónico es que, mientras Ndongo se disculpa en vídeo, Vito Quiles sigue campando a sus anchas, acosando a periodistas y políticos sin que nadie le pida cuentas. Porque en la ultraderecha, la impunidad es un derecho adquirido. Mientras no toquen sus intereses, todo vale. Y cuando alguien les recuerda que no todo vale, recurren al teatro de las disculpas tardías o a la victimización barata.

Conclusión: el circo continúa

Bertrand Ndongo no es más que un peón en el juego sucio de la ultraderecha. Su «disculpa» no es sincera, sino un movimiento táctico en una guerra de egos que solo beneficia a quienes, como él, viven de alimentar el odio y la polarización. Porque al final, da igual si piden perdón o no: lo que importa es que sigan ahí, gritando, acosando y difundiendo mentiras, mientras se escudan tras el argumento de que «ellos también son víctimas».

La derecha española —y europea— lleva años construyendo un discurso basado en la mentira, la intimidación y la deshumanización del contrario. Y cuando alguien les recuerda que eso tiene consecuencias, recurren al mismo guion: victimizarse, culpar a los demás y seguir adelante como si nada hubiera pasado.

Porque en el mundo de la ultraderecha, la moral es flexible, la ética es opcional y la hipocresía es un deporte nacional. Y mientras tanto, los niños de los políticos, los periodistas y cualquier persona que se atreva a disentir siguen siendo el blanco perfecto.

Generado por mistral small 2603


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.