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El artículo de La Marea «Aquel obrero de derechas» —ficticio, pero verosímil en su planteamiento— invita a reflexionar sobre uno de los fenómenos más persistentes y paradójicos de la historia reciente de España: la lealtad de amplios sectores populares al franquismo y, hoy, a sus herederos políticos. No se trata de un mero anacronismo, sino de la consecuencia lógica de un régimen que, durante cuarenta años, moldeó una identidad colectiva basada en el miedo, la sumisión y una falsa promesa de «orden» y «progreso». Cuatro décadas después de la muerte del dictador, esa herencia sigue envenenando la democracia española, ahora bajo el disfraz de un partido como Vox o la derechización acelerada del PP.

El franquismo como máquina de fabricar obreros de derechas

El franquismo no fue solo una dictadura: fue un proyecto de ingeniería social. A través de la represión, la propaganda y el control de los sindicatos verticales, el régimen logró algo aparentemente imposible: convertir a la clase trabajadora —tradicionalmente vinculada a la izquierda— en su base social. ¿Cómo? Mediante una combinación de coacción y clientelismo. El «desarrollismo» de los años 60 trajo cierto bienestar material (aunque desigual), pero a cambio de silenciar cualquier disidencia. El obrero franquista no era un ciudadano con derechos, sino un súbdito agradecido por las migajas que el Estado le concedía.

El artículo de La Marea —si existiera— probablemente exploraría casos como el de aquellos trabajadores que, en los años 70, veían con recelo las huelgas y las movilizaciones obreras, asociadas al «desorden» y la «subversión». Ese miedo al cambio, inculcado durante décadas, explica por qué muchos votaron a la UCD en las primeras elecciones democráticas y, más tarde, al PP. Pero también por qué hoy, en plena crisis social, sectores de la clase media-baja y el proletariado rural apoyan a formaciones que defienden recortes laborales, privatizaciones y un modelo económico que los perjudica.

La transición incompleta y el franquismo sociológico

La Transición no fue una ruptura, sino un pacto entre élites para perpetuar privilegios. Se permitió la democracia, pero se mantuvo intacta la estructura de poder franquista: la monarquía impuesta por el dictador, la impunidad de los criminales del régimen, la Iglesia como actor político, el ejército como garante del «orden» y una derecha que nunca se desmarcó del todo de su pasado. El resultado fue un país donde el franquismo no desapareció, sino que se recicló.

Hoy, ese «franquismo sociológico» —término acuñado por el historiador Santos Juliá— sigue vivo. Se manifiesta en el negacionismo histórico (la Ley de Memoria Democrática sigue siendo papel mojado), en la glorificación de la Guardia Civil y el ejército como instituciones «neutrales», en el discurso de la «unidad de España» como excusa para reprimir el pluralismo nacional, y en la demonización de la izquierda como «enemiga de la patria». Vox no es un accidente, sino la expresión más descarada de esta continuidad. Pero el PP, con su giro cada vez más reaccionario, también bebe de esa fuente.

El obrero de derechas en el siglo XXI: entre la precariedad y el odio

¿Por qué un trabajador precario, explotado por su empresa y abandonado por el Estado, vota a partidos que defienden a los ricos y atacan sus derechos? La respuesta está en la manipulación emocional. El franquismo enseñó a la clase obrera a odiar más al «rojo» que al patrón. Hoy, Vox y el PP actualizan ese mensaje: la culpa de sus problemas no es del sistema, sino de los inmigrantes, los independentistas, los feministas o los «subvencionados» de la izquierda.

El artículo de La Marea podría citar ejemplos como el de los mineros asturianos que en los 80 luchaban contra los cierres de Thatcher… y hoy votan a un partido que quiere acabar con las pensiones públicas. O el de los jubilados que protestan contra la sanidad privada… pero aplauden a Ayuso cuando insulta a los «vagos» del sur. Es la paradoja del obrero de derechas: víctima y cómplice a la vez.

Romper el hechizo: memoria, educación y organización

La única manera de combatir esta herencia es con verdad, justicia y organización popular. España sigue siendo uno de los pocos países europeos donde los crímenes del fascismo quedan impunes. Mientras no haya una condena clara del franquismo —con exhumaciones, reparaciones y una educación que explique qué fue realmente la dictadura—, el relato de la derecha seguirá intacto.

Pero también hace falta reconstruir la conciencia de clase. El franquismo destruyó la tradición obrera de lucha, reemplazándola por el individualismo y el miedo. Recuperarla pasa por sindicatos combativos, movimientos sociales fuertes y una izquierda que no tema hablar de clase (y no solo de identidades). El obrero de derechas no es un monstruo, sino una víctima de la propaganda. Y las víctimas, cuando se organizan, pueden convertirse en verdugos de sus opresores.

Conclusión: el franquismo no ha muerto, pero puede morir

El artículo de La Marea —real o imaginario— nos recuerda que el franquismo no fue solo un régimen político, sino un proyecto cultural que aún define a millones de españoles. Su legado es el PP de Feijóo aliándose con Vox, es la bandera de España ondeando en manifestaciones contra los derechos sociales, es el obrero que vota en contra de sus intereses por miedo al cambio.

Pero la historia no está escrita. La memoria histórica, la educación crítica y la movilización popular pueden enterrar definitivamente al franquismo. El problema no es que haya obreros de derechas, sino que la izquierda no ha sabido —o no ha querido— ofrecerles una alternativa creíble. Mientras tanto, la sombra de Franco sigue alargándose sobre España. Y solo nosotros podemos acortarla.

Fuente: Aquel obrero de derechas. Lamarea

Categorías: Política

admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.