Getting your Trinity Audio player ready...

La criptozoología lleva décadas ocupando un espacio incómodo entre la cultura popular y la pretensión académica. Sus practicantes buscan animales cuya existencia no ha sido demostrada —el Yeti, el Chupacabras, el Monstruo del Lago Ness— y reclaman para esa búsqueda el estatus de disciplina científica. No lo es. Y conviene explicar por qué con precisión, sin condescendencia, pero sin condescender tampoco a la imprecisión.

El problema no es buscar animales desconocidos

Antes de la crítica, una concesión necesaria: la ciencia descubre especies nuevas constantemente. El okapi, el celacanto, el calamar gigante vivo: todos fueron en algún momento criaturas «legendarias» que la zoología terminó confirmando. Esto lo esgrimen los criptozoólogos como argumento de autoridad, y es un argumento legítimo hasta cierto punto.

El problema no es la búsqueda. El problema es el método —o más exactamente, su ausencia.

La zoología trabaja con especímenes, restos óseos, muestras de ADN, registros fotográficos sometidos a escrutinio independiente. La criptozoología trabaja, en su mayor parte, con testimonios anecdóticos, fotografías desenfocadas y la lógica inversa de que «la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia». Esa frase es verdadera como principio epistemológico general. Usarla para sostener indefinidamente la existencia de un animal de varios metros en un lago escocés bien estudiado es otra cosa: es inmunización frente a la refutación, el signo más claro de pseudociencia según Karl Popper.

Cuando la hipótesis no puede fallar

Una afirmación científica debe poder ser falsificada. Si diseño un experimento cuyo resultado, sea cual sea, confirma mi teoría, no tengo una teoría: tengo una creencia disfrazada de método.

La criptozoología cae sistemáticamente en esta trampa. Cuando el ADN tomado del Lago Ness en 2018 no reveló ningún animal de gran tamaño, parte de la comunidad criptozoológica respondió sugiriendo que quizá el monstruo vive en cuevas subacuáticas inaccesibles, o que emerge tan raramente que la muestra fue insuficiente. Cada resultado negativo genera una hipótesis auxiliar que salva al criptido de la refutación. El monstruo retrocede siempre un paso más allá de lo que la ciencia puede alcanzar. Eso no es misterio: es diseño.

El sesgo de confirmación como metodología

La criptozoología institucionaliza el sesgo de confirmación. Sus bases de datos acumulan avistamientos sin filtrarlos por calidad. Sus publicaciones —en su mayoría revistas sin revisión por pares— priorizan el relato sobre el rigor. Sus investigadores interpretan cualquier huella ambigua, cualquier sonido no identificado, cualquier mancha en el agua como evidencia potencial del animal buscado.

Este no es el proceder de alguien que quiere saber si el animal existe. Es el proceder de alguien que ya ha decidido que existe y busca confirmación. La diferencia es capital: la ciencia trata de refutar sus propias hipótesis; la pseudociencia trata de sostenerlas.

El contraste con la ciencia forense o la paleontología es ilustrativo. Cuando los paleoantropólogos encontraron en 2004 los restos del Homo floresiensis —un humano diminuto en Indonesia, apodado «el hobbit»— pasaron años debatiendo si era una especie nueva o individuos con patología. El debate fue metodológico, acalorado, y finalmente resuelto con evidencia. La criptozoología no produce ese tipo de debates porque no produce ese tipo de evidencia.

El coste de la confusión

Se podría argumentar que la criptozoología es inofensiva: entretenimiento disfrazado de ciencia, nada más grave que una novela de aventuras. Este argumento subestima el daño real que hace la confusión entre pseudociencia y ciencia.

Primero, distrae recursos. Las expediciones al Himalaya en busca del Yeti, los estudios del lago Ness, consumen tiempo, dinero y atención que podrían invertirse en zoología real, en la que quedan miles de especies por catalogar —sobre todo invertebrados, hongos, microorganismos— sin glamour mediático ni turismo asociado.

Segundo, erosiona la comprensión pública del método científico. Cuando los documentales de televisión presentan la criptozoología con la misma seriedad que la biología evolutiva, contribuyen a una cultura en la que la forma importa menos que el contenido emocional. Esa confusión tiene consecuencias que van mucho más allá de los monstruos lacustres.

Lo que sí merece respeto

Hay algo genuinamente valioso en el impulso que alimenta la criptozoología: la fascinación por lo desconocido, el rechazo a asumir que ya lo sabemos todo, la disposición a mirar donde otros no miran. Esas son virtudes científicas. El problema es que virtudes sin método producen mitología, no conocimiento.

Si los entusiastas de los criptidos canalizaran esa energía hacia la zoología formal —hacia la búsqueda de especies realmente desconocidas en hábitats realmente inexplorados, con protocolos reales de documentación— harían una contribución genuina. Mientras sigan operando al margen del método científico, seguirán produciendo algo más parecido al folclore que a la ciencia. Lo cual tiene su propio valor, por supuesto. Pero debería llamarse por su nombre.


Generado por Claude


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.