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El gobierno de Lázaro Cárdenas ofreció ciudadanía sin trabas a miles de republicanos españoles mientras el franquismo los convertía en apátridas. Hoy, quienes blanquean aquella dictadura criminalizan la migración con la misma retórica del odio.

En 1939, mientras medio millón de españoles huían despavoridos de las tropas franquistas hacia Francia, donde serían recluidos en campos de concentración en condiciones infrahumanas, el presidente mexicano Lázaro Cárdenas tomó una decisión que avergüenza retrospectivamente a quienes hoy gobiernan o aspiran a gobernar España desde la derecha y la ultraderecha: ofrecer documentación, ciudadanía y acogida incondicional a los republicanos que el régimen de Franco había convertido en parias.

Entre 22000 y 25000 exiliados españoles encontraron en México lo que su propio país les negaba: dignidad, papeles y futuro. No hubo cuotas. No hubo requisitos de «integración». No hubo discursos sobre «avalanchas» ni «efecto llamada». Solo un principio jurídico y humanitario: la Convención de Montevideo de 1933, que reconocía el derecho de las personas a solicitar nacionalidad en países que quisieran acogerlas. México dijo sí cuando España dijo nunca.

La generosidad que incomoda

Esta historia debería ser motivo de gratitud eterna por parte de cualquier demócrata español. Sin embargo, resulta profundamente incómoda para quienes, como el Partido Popular y especialmente VOX, han construido su proyecto político sobre la criminalización de la migración, el nacionalismo excluyente y la rehabilitación soterrada del franquismo.

¿Cómo compatibilizar el homenaje a los «caídos por España» franquistas con el reconocimiento a quienes acogieron a sus víctimas? ¿Cómo defender la «España que madruga» mientras se demoniza a quienes huyen de la violencia y la miseria, exactamente igual que huyeron nuestros abuelos republicanos? La respuesta es simple: mediante el silencio selectivo, la manipulación histórica y la doble moral.

VOX, que ha convertido la hispanidad en un fetiche identitario, omite sistemáticamente que fueron gobiernos progresistas latinoamericanos —México, Chile de Allende, Argentina— quienes salvaron el honor de España cuando esta se manchaba con la sangre de sus propios hijos. Santiago Abascal y los suyos rinden pleitesía a una «madre patria» imaginaria mientras insultan la memoria de quienes realmente defendieron los valores democráticos que dicen representar.

El PP, por su parte, mantiene una ambigüedad calculada. Acepta formalmente la democracia pero se niega a condenar sin matices el franquismo, ese régimen que obligó al exilio a lo más brillante de la intelectualidad, la ciencia y la cultura españolas. Acepta que México es «país hermano» pero guarda silencio cuando VOX califica de «invasores» a migrantes centroamericanos que cruzan precisamente México buscando lo mismo que buscaban los republicanos: salvar la vida.

La Convención de Montevideo frente a la Europa fortaleza

La Convención de Montevideo de 1933 estableció criterios claros sobre nacionalidad y reconocimiento de personas en el ámbito internacional. México la utilizó como fundamento jurídico para naturalizar a los españoles exiliados mediante un procedimiento expedito: bastaba la solicitud. No había exámenes de «valores constitucionales», ni pruebas de idioma, ni períodos de espera kafkianos. Se entendía que quien huía de una dictadura fascista merecía protección, no burocracia punitiva.

Comparemos esto con la actual política migratoria europea, diseñada desde el miedo y la exclusión, y que PP y VOX querrían endurecer aún más. Fronteras militarizadas, devoluciones ilegales, centros de internamiento que son cárceles sin condena, discursos deshumanizadores que convierten a personas desesperadas en «problemas de seguridad». La Europa que cierra el Mediterráneo a quienes huyen de la guerra es la misma que cerró los Pirineos a los republicanos españoles.

México no era entonces una potencia económica. Era un país en desarrollo, marcado por su propia revolución, con enormes desafíos internos. Y aun así acogió. Porque Lázaro Cárdenas entendió algo que la derecha española actual se niega a comprender: que la solidaridad no es un lujo de ricos sino una obligación de demócratas.

Los herederos del exilio votan, los nietos del franquismo olvidan

Hoy, miles de descendientes de aquellos exiliados viven en México manteniendo viva la memoria republicana. Muchos han solicitado la nacionalidad española gracias a la Ley de Memoria Histórica y sus ampliaciones. Es profundamente irónico que reclamen pasaportes de un país que sus abuelos tuvieron que abandonar para no ser fusilados, y que ese derecho sea cuestionado precisamente por formaciones políticas que nunca han roto completamente con el legado franquista.

VOX se opone frontalmente a las políticas de memoria histórica. El PP las tolera a regañadientes y las boicotea donde gobierna. Ambos consideran «reabrir heridas» el simple acto de honrar a las víctimas del fascismo. Pero no tienen problema en reclamar para España un papel de liderazgo moral en Iberoamérica, apropiándose sin rubor de la herencia de quienes realmente defendieron la libertad.

Una lección para el presente

La historia de la acogida mexicana a los republicanos españoles no es solo un episodio conmovedor del pasado. Es un espejo incómodo para el presente. Nos recuerda que los «papeles para todos» no son una utopía irresponsable sino una realidad que funcionó, que salvó vidas y que enriqueció culturalmente a México con lo mejor del talento español.

Nos recuerda también que quienes hoy criminalizan la migración, levantan muros y hablan de «invasiones» son herederos morales de quienes obligaron al exilio a cientos de miles de españoles. Y que quienes entonces abrieron las puertas —gobiernos progresistas, solidarios, valientes— están del lado correcto de la historia.

PP y VOX pueden seguir manipulando la memoria, blanqueando el franquismo y vendiendo miedo al diferente. Pero los hechos son tozudos: cuando España expulsaba, México acogía. Cuando el fascismo triunfaba aquí, la solidaridad triunfaba allí. Y ningún revisionismo podrá borrar esa verdad incómoda.

Generado por Claude sonnet 4 5 20250929


admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.