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En la base militar de Bétera, un enclave estratégico que actúa bajo los protocolos y la supervisión de la OTAN, el ruido de los motores a reacción y la sofisticación de la logística militar deberían marcar el ritmo de la cotidianidad. Sin embargo, en un giro de guion que parece extraído de un drama medieval y no de un cuartel moderno del siglo XXI, el recinto ha servido recientemente como escenario para una conferencia sobre el exorcismo. El acto, presentado ni más ni menos que por el coronel jefe de la base, ha abordado «las maldiciones» como una supuesta «puerta de entrada de los demonios a nuestra vida».
Resulta asombroso, y a todas luces preocupante, que una institución financiada con dinero público, cuyo fin último es la defensa nacional y la seguridad internacional, destine sus instalaciones y su prestigio a la difusión de creencias que no solo pertenecen al terreno de la fe más cerrada, sino que flirtean peligrosamente con la pseudomedicina y el oscurantismo anticientífico.
El peligro de confundir el alma con la patología
El problema de fondo no es el acto de fe en sí mismo, sino la peligrosa intersección entre la superstición y la salud mental. Cuando se habla de «maldiciones» o «demonios» en contextos de autoridad, se está reactivando un lenguaje que, históricamente, ha sido la excusa perfecta para ignorar la evidencia científica. Durante siglos, la epilepsia, la esquizofrenia, la depresión o el estrés postraumático fueron tildados de posesiones demoníacas.
En un entorno militar, donde el estrés, el trauma y los desequilibrios psicológicos son riesgos laborales cotidianos y muy reales, la introducción de conceptos como el exorcismo no es una anécdota inofensiva; es un acto de negligencia. ¿Qué mensaje se le está enviando al soldado que sufre una crisis de salud mental? ¿Debe buscar un psiquiatra o un exorcista? Al legitimar el discurso del antiguo exorcista bajo el sello institucional de la base de Bétera, el Ejército, consciente o inconscientemente, está validando la idea de que los problemas mentales pueden tener causas sobrenaturales y, por ende, soluciones basadas en rituales y no en la medicina.
La pseudomedicina es un cáncer para la sociedad moderna porque desvía a los vulnerables de los tratamientos efectivos hacia un laberinto de misticismo donde las promesas de cura son falsas y los riesgos son incalculables. Que este tipo de retórica se instale en una base militar es una falta de respeto hacia la ciencia, hacia los profesionales de la salud y hacia la propia institución militar, que debería basarse exclusivamente en la disciplina, el rigor técnico y la evidencia.
La erosión de la laicidad institucional
El hecho de que Compromís haya registrado preguntas en el Congreso dirigidas a los ministerios de Defensa y de Ciencia y Universidades es no solo pertinente, sino necesario. Estamos ante un claro ejemplo de la vulneración del principio de aconfesionalidad del Estado. España, constitucionalmente, es un Estado aconfesional. El Ejército, como parte fundamental del aparato estatal, tiene la obligación de ser un bastión de neutralidad.
Cuando un coronel, en ejercicio de su cargo y utilizando la infraestructura de una base de la OTAN, presenta un acto que promueve dogmas religiosos sobre la realidad física y mental, está utilizando el uniforme y la estructura jerárquica para dar validez a una visión del mundo que excluye a quienes no comparten dicha fe. ¿Es el cuartel de Bétera una base de operaciones para la seguridad colectiva o un púlpito para el proselitismo?
La OTAN, una organización que se jacta de su capacidad de despliegue tecnológico, análisis geoestratégico y coordinación multinacional, debería observar con preocupación cómo sus infraestructuras son utilizadas para difundir supersticiones que, precisamente, son contrarias al espíritu de ilustración y razón sobre el que se han construido las democracias occidentales que la Alianza defiende.
El silencio del mando y la responsabilidad política
Lo más inquietante es el silencio cómplice de los mandos superiores. ¿No hubo nadie en la cadena de mando que considerara inapropiado un evento de esta naturaleza? La falta de capacidad crítica en este eslabón es un problema de cultura institucional. Si dentro de las Fuerzas Armadas se permite que el pensamiento mágico se infiltre en la gestión del conocimiento y la moral de las tropas, estamos ante un retroceso alarmante.
La ciencia es la herramienta fundamental de las Fuerzas Armadas modernas: la balística, la ingeniería, la psicología militar y la ciberseguridad se basan en el método científico. Si el mando permite que en su casa se le dé la misma importancia a una «maldición» que a una doctrina militar, está debilitando la autoridad moral y el prestigio de la institución. Un ejército que se aleja de la razón es un ejército que, a la larga, pierde eficacia, porque la toma de decisiones basada en hechos es reemplazada por dogmas y creencias irracionales.
Un llamado a la cordura
Las preguntas de Compromís en el Congreso no son un ataque contra la religión de nadie, sino una defensa del Estado laico y de la salud pública. Los políticos tienen la obligación de pedir explicaciones: ¿Se autorizó este acto por parte de los superiores del coronel? ¿Se considera compatible la promoción de «exorcismos» con los valores de una institución que debe ser científica y racional?
La pseudomedicina y la superstición encuentran en la desinformación su mejor caldo de cultivo. Cuando estas ideas se visten con uniformes militares, se vuelven aún más peligrosas porque se presentan bajo una pátina de autoridad incuestionable. Necesitamos un Ejército profesional, moderno y, sobre todo, secular. Un lugar donde los problemas se resuelvan con inteligencia y ciencia, y no con conjuros ni con la expulsión de demonios imaginarios.
El episodio de Bétera no es una simple curiosidad; es una señal de alarma. Es un recordatorio de que, incluso en las estructuras más modernas y tecnológicas, las sombras del oscurantismo siguen acechando. Corresponde al Ministerio de Defensa dejar claro, sin ambigüedades, que los cuarteles son para la defensa y la preparación profesional, y que el terreno de la superstición no tiene cabida en una institución que se debe a la razón, a la Constitución y, en última instancia, a la verdad científica. La sociedad merece respuestas, y el Ejército, una rectificación inmediata. Que la luz de la razón vuelva a brillar en los cuarteles; el miedo y los demonios, si es que existen, que se queden fuera de la puerta.
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