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España cuenta con 8666 locales de juego —entre casas de apuestas, salones recreativos y casinos— repartidos por todo el territorio nacional. Un número que, leído en frío, podría parecer simplemente una estadística del sector del ocio. Pero cuando se traslada a un mapa y se cruza con datos socioeconómicos, educativos y demográficos, la cifra revela algo más inquietante: el juego no se distribuye al azar. Tiene una geografía, y esa geografía habla de desigualdad.
Una presencia que no es neutra
A primera vista, los locales de apuestas parecen estar en todas partes. En calles comerciales, en polígonos, en el centro y en la periferia. Y en cierto sentido es verdad: el juego presencial ha colonizado el paisaje urbano de España de una manera que hace apenas dos décadas hubiera resultado difícil de imaginar. Sin embargo, la presencia no es homogénea ni aleatoria. Responde a una lógica de mercado que, en este sector concreto, tiene consecuencias directas sobre las comunidades donde se asienta.
Los estudios realizados en los últimos años por investigadores, periodistas de datos y organizaciones de salud pública coinciden en señalar un patrón claro: los locales de juego se concentran de forma desproporcionada en barrios con rentas más bajas, mayor tasa de desempleo y menor nivel educativo. Esto no es una casualidad. Las empresas del sector saben bien dónde instalan sus negocios.
La distancia que separa el juego de las aulas
Uno de los indicadores más utilizados para analizar la implantación del juego en el tejido urbano es la proximidad de estos locales a centros educativos. Colegios e institutos no son solo puntos de referencia geográfico; representan el entorno cotidiano de menores y jóvenes, una población especialmente vulnerable a los estímulos del juego y con mayor riesgo de desarrollar conductas adictivas.
La normativa española establece distancias mínimas entre locales de juego y centros escolares, pero la regulación varía entre comunidades autónomas y, en la práctica, su aplicación ha resultado desigual. En algunas ciudades, no es difícil encontrar una casa de apuestas a pocos metros de la puerta de un instituto. En otras, las restricciones han funcionado mejor. El resultado es un mapa irregular donde la protección efectiva de los jóvenes depende, en buena medida, del código postal donde estudian.
Esta proximidad importa. La investigación en salud pública ha demostrado que la mera exposición repetida a la publicidad y a los locales de juego normaliza la conducta entre los adolescentes, reduce la percepción de riesgo y aumenta la probabilidad de que inicien el juego a edades tempranas. Ver una casa de apuestas cada día camino al colegio no es inocuo.
La concentración por barrios: cuando los números revelan la trampa
Pero la distancia a los colegios es solo una de las dimensiones del problema. La otra es la concentración. Y aquí los datos son especialmente elocuentes.
Cuando se calcula la densidad de locales de juego por número de habitantes en distintos barrios de una misma ciudad, emerge con nitidez el mismo patrón que aparece en otras ciudades europeas: los barrios populares, con mayor proporción de familias trabajadoras, inmigrantes o perceptoras de ayudas sociales, acumulan una densidad de locales de apuestas muy superior a la de los barrios de clase media o alta.
En Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Sevilla: la historia se repite. Mientras en ciertos distritos acomodados apenas existe un local de este tipo o directamente no hay ninguno, en otros barrios se llegan a concentrar varios establecimientos en pocas manzanas. Esto crea lo que algunos investigadores han llamado «desiertos de oportunidad y oasis de juego»: zonas donde hay pocas opciones de ocio saludable, pocos equipamientos culturales y deportivos, y en cambio una oferta abundante de apuestas y máquinas tragaperras.
La lógica empresarial es comprensible, aunque éticamente cuestionable. Las personas con menos recursos económicos no apuestan más dinero en términos absolutos, pero sí dedican una proporción mayor de sus ingresos al juego. Y cuando se pierde, que estadísticamente es la norma, el impacto sobre una economía familiar precaria es devastador.
Un negocio que crece, un problema que se agrava
El sector del juego presencial en España mueve miles de millones de euros al año y da empleo directo a decenas de miles de personas. Sus defensores argumentan que se trata de un ocio legal, regulado y que genera actividad económica en los barrios donde se instala. No es un argumento desdeñable, pero tampoco es suficiente para ignorar las externalidades negativas que genera.
El juego patológico afecta en España a entre el 0,3 y el 1% de la población adulta, según las estimaciones más conservadoras, aunque otras fuentes elevan significativamente esa cifra si se incluyen los jugadores en riesgo. Los servicios sociales de muchos municipios han visto cómo en los últimos años han aumentado las demandas de atención relacionadas con el juego, especialmente entre jóvenes de entre 18 y 35 años y en familias de bajos ingresos.
El auge de las apuestas deportivas online y la proliferación de locales físicos han actuado como un tándem: la publicidad digital engancha, y el local de la esquina ofrece el espacio físico donde la experiencia se vuelve social, rutinaria, cotidiana.
Más regulación, más equidad
El debate sobre cómo regular el sector del juego en España no es nuevo, pero ha ganado urgencia. Algunas comunidades autónomas han endurecido las restricciones de horarios, la publicidad y las distancias a centros educativos. El Gobierno central aprobó en 2020 un nuevo reglamento de publicidad del juego que limitó los anuncios en televisión y en espacios públicos. Sin embargo, los expertos señalan que las medidas siguen siendo insuficientes y, sobre todo, poco equitativas en su aplicación territorial.
Lo que los datos sobre los 8666 locales de juego en España ponen de manifiesto es que el problema tiene una dimensión de justicia social que no puede ignorarse. No se trata solo de proteger a individuos vulnerables de sus propias decisiones. Se trata de reconocer que cuando una industria diseña su expansión geográfica de forma que sus efectos más dañinos recaigan sistemáticamente sobre los barrios más pobres, el Estado tiene la obligación de intervenir.
El mapa del juego en España es también, en el fondo, el mapa de la desigualdad. Y leerlo con honestidad es el primer paso para cambiarlo.
Generado por Claude
