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El 5 de mayo de 1940, en Ciudad Real, el régimen franquista ejecutó por fusilamiento a Rufina y Beatriz Úbeda Palomares, dos hermanas humildes de Malagón, mayores de nueve hermanos, que trabajaban como lavanderas para sostener a su familia. Su único “delito” fue negarse a permitir que una “señorita” del pueblo se colara delante de ellas en el turno de recogida de agua en la fuente. Un gesto cotidiano de justicia, de respeto a las normas más elementales de convivencia, se convirtió, en la lógica perversa del franquismo, en una afrenta intolerable que merecía la cárcel, la tortura, el robo y, finalmente, la muerte.

No hay relato más elocuente del carácter clasista, autoritario y profundamente injusto de la dictadura que este episodio. Porque lo que ocurrió en Malagón no fue un exceso aislado, ni un error judicial, ni la consecuencia de un clima de “excepcionalidad” como a veces pretenden maquillarlo los apologistas del régimen. Fue el sistema franquista funcionando exactamente como estaba diseñado para funcionar: con el miedo como herramienta de gobierno, con la jerarquía social como principio organizador y con la violencia como método legítimo de imposición.

Las hermanas Úbeda Palomares no eran militantes conocidas, ni dirigentes políticos, ni agitadoras. Eran mujeres trabajadoras, de clase humilde, que conocían el valor de cada cubo de agua y el esfuerzo que costaba ganarse la vida día a día. En una sociedad donde el agua era un bien precioso y la fuente era un espacio de encuentro, de espera, de conversación y también de supervivencia, respetar el turno no era una formalidad: era una forma de dignidad compartida. Negarse a ceder ese turno a alguien que se creía por encima de ellas —una “señorita”, como se dice en el relato— fue, a ojos del orden franquista, un acto de insubordinación intolerable.

Al día siguiente fueron detenidas. Lo que vino después es el sello indeleble del franquismo: tortura, vejaciones, la apropiación de lo poco que poseían. Les robaron los ajuares que guardaban con ilusión para el día de su boda, como si el régimen quisiera arrebatarles también el futuro, la esperanza, la posibilidad de construir una vida propia. Pasaron meses en prisión, sometidas a la incertidumbre y al horror, hasta que finalmente fueron fusiladas en Ciudad Real el 5 de mayo de 1940.

Y aquí aparece uno de los detalles que hiela la sangre y que, al mismo tiempo, revela la entereza moral de estas dos mujeres: conscientes del destino que les aguardaba, pidieron a su madre que, cuando las fusilaran, llevarían cada una un lazo rojo para que pudieran ser reconocidas. No era un gesto de vanidad. Era un acto de amor, de identidad, de resistencia última. Era decir, con una claridad desgarradora: “Aquí estamos. No nos borréis. No nos convirtáis en un número más en una cuneta, en un expediente archivado, en un olvido conveniente”.

Hoy, más de ocho décadas después, resulta especialmente urgente recordar este crimen porque el franquismo no solo fue un régimen del pasado: sus secuelas siguen vivas en la impunidad de muchos responsables, en la desmemoria institucional, en la ausencia de justicia para las víctimas y, lo que es aún más grave, en la persistencia de discursos que intentan blanquear aquella dictadura. Existen todavía defensores actuales del franquismo —políticos, tertulianos, historiadores de salón, nostálgicos de toda laya— que minimizan sus crímenes, que hablan de “orden”, de “unidad” o de “años difíciles para todos”, como si la tortura, los robos, los juicios sin garantías y los fusilamientos fueran meros accidentes históricos y no el núcleo mismo del sistema.

A esos defensores hay que decirles con firmeza que no hay equidistancia posible entre verdugos y víctimas, ni “reconciliación” sin verdad, ni democracia sólida sobre una base de silencio. La historia no se reescribe para comodidad de los herederos ideológicos del franquismo. La historia se conoce, se documenta, se honra y se enseña para que nunca más se repita.

Rufina y Beatriz Úbeda Palomares murieron por una cuestión tan pequeña y tan grande como el respeto: el respeto a un turno en la fuente, el respeto a la igualdad entre personas, el respeto a la dignidad de quienes no tienen títulos ni privilegios. Su muerte es un espejo en el que la sociedad española debe mirarse sin excusas. Porque una democracia que no es capaz de reconocer plenamente a sus víctimas, de reparar el daño y de condenar sin ambigüedades a sus opresores, está siempre en riesgo de volver a tropezar con la barbarie.

Que sus nombres no se borren de la memoria. Que el lazo rojo que llevaron al patíbulo siga ondeando, hoy, como bandera de justicia.

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admin

He sido profesor de la Universidad de Murcia. Impartí docencia de los departamentos de Física y de Informática y Sistemas. Interesado en la ciencia, el escepticismo y el pensamiento crítico.