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Durante siglos, la humanidad no supo qué hacer con los muertos. No existía el infierno tal como lo conocemos. Fue necesario inventarlo, y esa invención cambió todo.
Si le preguntas a cualquier persona en la calle qué es el infierno, probablemente te describa un lugar de fuego eterno, gritos incesantes y castigo sin fin. Parece algo tan obvio, tan arraigado en la cultura, que resulta difícil imaginar que esa idea no siempre existió. Pero no existió. El concepto de infierno —entendido como un lugar de tormento literal, consciente y eterno— es una invención relativamente reciente en la historia del pensamiento humano. Y su origen revela mucho más sobre nosotros que sobre cualquier divinidad.
El silencio del Antiguo Testamento
Para entender cómo se inventó el infierno, primero hay que entender qué había antes. En la tradición hebrea más antigua, los muertos iban a un lugar llamado Sheol. Pero Sheol no era el infierno. No había fuego, ni castigo, ni demonios. Era simplemente la morada de los muertos: un espacio oscuro, silencioso e indiferenciado donde tanto justos como injustos yacían en un estado de somnolencia eterna. No era un lugar de sufrimiento; era un lugar de ausencia.
El Antiguo Testamento apenas menciona el castigo postmortem. Cuando lo hace, se refiere al Gehenna o Valle de Hinom, un lugar real a las afueras de Jerusalén donde, según la tradición, se quemaba basura y se practicaban sacrificios. Con el tiempo, ese valle se convirtió en símbolo de destrucción y juicio. Pero incluso así, la idea de un tormento eterno y consciente brillaba por su ausencia. Los profetas hebreos amenazaban con destrucción, con exilio, con la espada, pero rara vez con un infierno eterno.
Entonces, ¿de dónde salió la idea?
La influencia griega: el regalo envenenado de Platón
Aquí entra uno de los giros más fascinantes de la historia intelectual. Cuando Alejandro Magno conquistó el Medio Oriente en el siglo IV a.n.e., trajo consigo algo tan poderoso como cualquier ejército: la filosofía griega. Y con ella llegó Platón.
Platón, en diálogos como La República y El Fedro, describió un alma inmortal que, tras la muerte, era juzgada y enviada a lugares de recompensa o castigo eterno. El alma de los malvados sufría en el Tártaro; la de los justos disfrutaba en los Campos Elíseos. Esta idea —alma inmortal, juicio individual, castigo eterno— no existía en el pensamiento hebreo original. Los hebreos no creían que el alma fuera inmortal por naturaleza. Creían que la vida entera, cuerpo y alma, era un regalo de Dios, y que la muerte era su fin.
Pero la filosofía griega era seductora. Elegante. Lógica. Y durante los siglos que separan el Antiguo del Nuevo Testamento —el llamado período intertestamentario, aproximadamente entre el 200 a.n.e. y el 100— el judaísmo absorbió masivamente estas ideas. El libro de Daniel, escrito en esa época, menciona por primera vez en la literatura judía una «resurrección de los muertos» y un castigo eterno: «Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua.»
Ese versículo es, en muchos sentidos, el acta de nacimiento del infierno moderno.
Jesús y la retórica del fuego
Jesús de Nazaret, criado en esta tradición híbrida, habló del infierno con una frecuencia y una intensidad que sorprenden. Usó la palabra Gehenna al menos doce veces. Habló de un fuego que no se apaga, de un gusano que no muere, de llanto y crujir de dientes. Pero hay un detalle crucial que muchos pasan por alto: Jesús hablaba principalmente a judíos. Y para un judío del siglo I, esas imágenes no evocaban necesariamente un lago de fuego literal. El Gehenna era conocido: era el vertedero de Jerusalén, donde el fuego ardía constantemente y la carroña se consumía. Era una metáfora poderosa de destrucción total, de aniquilación.
Muchos estudiosos sostienen que Jesús no enseñaba un infierno de tormento eterno, sino la posibilidad real de la destrucción definitiva para quienes rechazaran el camino de justicia. La diferencia es enorme: aniquilación no es tormento eterno. Es el fin.
Agustín y la cristalización del horror
Si Jesús plantó la semilla, fue Agustín de Hipona quien la convirtió en doctrina inamovible. En el siglo V, este teólogo norteafricano sistematizó la idea del infierno como castigo literal, consciente y eterno, influenciado profundamente por el neoplatonismo. Para Agustín, el alma era inmortal por definición, y por tanto el castigo debía ser eterno. Un Dios justo no podía simplemente destruir a los malvados; debía hacerlos sufrir para siempre.
Esa visión se impuso en la Iglesia católica y, siglos después, en el protestantismo. Calvino la radicalizó aún más: el infierno no era solo un castigo, era prueba de la gloria divina. Dios se complacía en la condenación eterna de la mayoría de la humanidad, y eso era motivo de alabanza.
¿Y si nos equivocamos?
Hoy, la teología contemporánea vive un debate apasionado. El aniquilacionismo —la idea de que los malvados simplemente dejan de existir— ha resurgido con fuerza académica. El universalismo —la creencia de que todos serán finalmente salvos— gana adeptos incluso entre evangélicos. Y la historia nos recuerda algo incómodo: el infierno tal como lo conocemos es, en buena medida, un producto cultural. Una mezcla de tradición hebrea, filosofía griega, política eclesiástica y miedo humano.
La pregunta que queda no es si el infierno existe. La pregunta es por qué necesitamos tanto que exista. Y esa respuesta dice más sobre nuestra especie que sobre cualquier otro mundo.
Fuente: De avanzada
