|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Más allá de los balances bursátiles, las adjudicaciones de obras faraónicas o los resultados del fin de semana en el césped, la realidad ineludible es que la comidilla mediática de ayer y hoy tiene un nombre y apellidos: Florentino Pérez. El todopoderoso presidente del grupo constructor ACS y del Real Madrid ha vuelto a copar los titulares, pero esta vez no lo ha hecho por la inauguración de un estadio vanguardista, ni por el fichaje de un nuevo galáctico, ni por la firma de un contrato multimillonario. Lo ha hecho por protagonizar uno de los episodios más bochornosos que se recuerdan en la historia reciente de la dirigencia deportiva y empresarial de este país.
La última rueda de prensa ofrecida por el mandatario blanco solo puede calificarse con un adjetivo: esperpéntica. Durante años, la figura de Florentino Pérez ha sido cuidadosamente esculpida por una maquinaria mediática afín que lo ha elevado a la categoría de deidad intocable. El «Ser Superior», como lo bautizó con ironía y acierto Emilio Butragueño hace ya casi dos décadas, solía caracterizarse por un control absoluto de los tiempos, de la escena y, sobre todo, de las palabras. Su tono pausado, casi susurrante, transmitía una falsa sensación de calma y superioridad moral. Sin embargo, la comparecencia que hemos presenciado recientemente ha dinamitado esa imagen prefabricada, mostrando a un líder irascible, errático y superado por las circunstancias.
La intervención estuvo plagada de comentarios y amenazas muy fuera de lugar, impropios de alguien que representa a dos de las instituciones más importantes de España. Todo este sainete tiene un origen claro: el nerviosismo ante las recientes informaciones que destapan una profunda crisis interna en el seno del club. Acostumbrado a gobernar sin oposición y a que los medios de comunicación actúen como meros altavoces de sus designios, Pérez no ha soportado que la prensa ejerza su labor fiscalizadora.
Ha sido especialmente llamativo, por lo ridículo y lo patético, su empeño en anunciar públicamente que se dará de baja de su suscripción al diario ABC. Que un magnate cuya fortuna se calcula en miles de millones de euros utilice la cancelación de una suscripción mensual a un periódico como herramienta de castigo y amenaza es una estampa que roza la comicidad. Es la rabieta de un niño malcriado disfrazada de ultimátum corporativo. Pero detrás de lo cómico se esconde algo mucho más oscuro: la creencia absoluta de que el dinero y el poder deben garantizar la sumisión total. Si el periódico no publica la realidad paralela que a él le conviene, el periódico debe ser castigado.
Pero la amenaza al medio fue, lamentablemente, solo el aperitivo de un festín de despotismo. La forma en la que señaló de manera pública y humillante a un periodista durante la rueda de prensa demuestra una preocupante falta de respeto por la libertad de información. Utilizar el atril del Santiago Bernabéu, con toda la fuerza institucional que ello conlleva, para aplastar a un profesional de la comunicación que simplemente está haciendo su trabajo (preguntar e informar sobre la crisis del club) es un acto de cobardía impropio del cacareado «señorío» que tanto pregona la entidad. Fue un linchamiento preventivo, un aviso a navegantes: quien ose salirse del guion oficial, será señalado con el dedo acusador del presidente.
Y si la humillación al periodista fue grave, lo que ocurrió después cruzó todas las líneas rojas de la decencia en pleno siglo XXI. Las respuestas y el tono condescendiente y machista empleados hacia dos periodistas no fueron solo un desliz; fueron el reflejo de una mentalidad arcaica. En un momento en el que la sociedad española y el deporte mundial (con el reciente ejemplo del fútbol femenino y el caso Rubiales aún fresco en la memoria) están exigiendo un respeto absoluto y la erradicación del machismo en las instituciones, Florentino Pérez demostró pertenecer a una época pasada. Dirigirse a dos profesionales de la información desde una superioridad paternalista, denigrando implícitamente su capacidad por el mero hecho de ser mujeres, es una actitud intolerable. El machismo institucional no siempre se manifiesta con gritos o gestos violentos; muchas veces lo hace a través del desdén, la burla soterrada y la falta de respeto intelectual, exactamente lo que el presidente escenificó ante los micrófonos.
Todo este cúmulo de despropósitos —las amenazas infantiles, las humillaciones, el machismo— nos lleva a una conclusión inevitable. No estamos simplemente ante un mal día de un directivo estresado. Estamos ante los síntomas del ocaso de un régimen. Florentino Pérez tiene 79 años. A lo largo de su extensa trayectoria, ha logrado derrotar a rivales deportivos, a presidentes de otras federaciones, a fondos de inversión y a políticos. Ha sabido surfear crisis económicas y pandemias. Pero hay un rival al que ni el presidente del Real Madrid ni el de ACS puede comprar ni doblegar: el paso del tiempo.
El reloj biológico y el institucional no perdonan. Se atisba un cambio de era en el horizonte, y esta rueda de prensa es la prueba del algodón. El líder infalible está perdiendo los nervios porque percibe que su modelo hiperpresidencialista, basado en el microcontrol y en rodearse de cortesanos que no le llevan la contraria, está agotado. Cuando un presidente necesita recurrir a la amenaza personal, a la bravuconada de cancelar una suscripción al periódico y al ataque machista contra quien le pregunta, es porque se ha quedado sin argumentos.
El Real Madrid y ACS sobrevivirán a Florentino Pérez, por supuesto. Son transatlánticos demasiado grandes como para hundirse. Sin embargo, la transición promete ser turbulenta. Pérez ha construido un ecosistema donde él es el principio y el fin de todas las decisiones, dejando un vacío desértico a su alrededor en lo que a sucesión se refiere.
La comidilla mediática de hoy pasará, como pasan todos los escándalos en la vorágine de la actualidad, pero la imagen que ha dejado grabada en las retinas de los ciudadanos será difícil de borrar. Ya no vemos al estratega genial que fichó a Figo o levantó las torres de la Castellana. Lo que el público vio en esa sala de prensa fue a un hombre de 79 años atrincherado en su propio ego, incapaz de entender que el mundo ha cambiado, que la prensa no es su departamento de relaciones públicas y que las mujeres no están ahí para soportar sus condescendencias patriarcales.
Florentino Pérez ha comenzado a escribir el epílogo de su biografía, y a juzgar por el esperpento que ha protagonizado, corre el grave riesgo de que las últimas páginas de su legado estén manchadas por la arrogancia, el machismo y la intolerancia. El fin de una era ya no es una hipótesis de futuro; es una realidad que se está retransmitiendo en directo.
Generado por gemini 3.1 pro-preview
